
Lunes
Cerramos chiringuito, cerramos año. Otro. Ya van 9. En septiembre haré 10 años escribiendo esta entrada puntualmente cada fin de semana. 10 años. Eso es persistir. Sin nada a cambio. De dinero, digo; de prestigio. Estoy fuera del sistema. Todo lo que no cae bajo su luz, es sombra. Es borrón. Ni siquiera es dato. Estoy fuera de todos los radares del poderoso faro de internet porque estos artículos no se han convertido nunca en dinero. Son datos de cementerio, un pecio en el océano que, salvo familiares y amigos, vosotros, conocéis el mapa de los fondos para encontrarlo. Sin querer, soy antisistema, sin proponérmelo.
Ayer ganamos la Copa del Mundo de fútbol. Ganamos. Un juego y unas reglas (torcidas) nos permitieron por segunda vez decir “ganamos”, así, en plural por fin inclusivo, acercando lo que de natural y de común está lejanísimo, o sea, Serrano por ejemplo, el barrio de Madrid, con Paterna de Rivera, uno de los pueblos con rentas más bajas de Cádiz. Ambos habitantes de dos sitios tan lejanos, tan nuclearmente diferentes, pudieron decir ganamos sin romper la sintonía, desde una garganta común. Y claro, sentirte perteneciente y sentirte ganador es una tentación a la que es muy difícil renunciar. Yo no pude, lo confieso, porque además vengo de un tiempo, de una infancia, de nato perdedor en el mundo, de todas las citas mundialistas y europeas; criamos una conciencia de perdedor que es imposible no decir, “Ganamos, coño, ganamos hostia puta, ganamos joder”. Imposible, yo no pude, confieso, confesionario.
Uno de los condicionantes de ganar, claro, es reducir al rival a mero enemigo, despojado de todo sentimiento y de todo bien posible. Es el mal puro. Es injusto, claro, pero son los implícitos de un juego que tiene una dimensión global. Puedes desconocer a Pedro Sánchez pero nadie en el mundo desconoce a Lamine Yamal. Nadie. Hasta en la aldea más remota de África, sobre todo en la aldea más remota de África. Creo que no somos del todo conscientes de lo que supone ganar la Copa del Mundo. Esos 26 jugadores están bendecidos para siempre. Pueden no hacer nada el resto de su carrera, pueden echarse a dormir si quieren: siempre serán los campeones del mundo. En otro tiempo te valía ser Alejandro Magno o Carlos Magno o Rodrigo Díaz de Vivar, ahora te basta con ser Ferrán, Olmo o Lamine. Aquellos dejaron de ser personas para ser mito, para ser leyenda; estos ya han entrado por el arco de la gloria: el tiempo hará el resto.
Me dio mucha pena no compartir con mis alumnos la victoria porque del partido y de la actitud de la Selección española se pueden desprender muchos pensamientos. El juego verdaderamente en equipo hizo que Lamine no fuera una estrella, sino una parte del mecanismo. España juega lejos del star-system del fútbol internacional, sistema que tienen calcado los americanos hasta la náusea, desde el béisbol hasta el
básquet, y que Europa, el Real Madrid por ejemplo, han copiado estúpidamente.
Martes
España juega bien porque es un equipo. Porque, como dice el entrenador, juegan para el bien común. Lo ha dicho muchas veces. El bien común. Tan aprendido se tenían la lección que incluso Ferrán dijo que el gol lo habían hecho 48 millones de españoles. Esa exageración revela la idea del “bien común”. Argentina venía con la idea del star-system, Messi y diez más. Perdieron en los fundamentos pero eso no te hace ganar en el fútbol. De hecho creíamos, los criados en la conciencia del perdedor, que otra vez se iban a salir con la suya. Porque si Argentina hubiera ganado el domingo, no habría ganado sino que se habría salido, otra vez, con la suya. Y mola que de vez en cuando, aunque sea en lo simbólico del juego, los malos no se salgan con la suya como siempre, que alguna vez, aunque sea en lo simbólico, muerdan el polvo y se obliguen a un reflexión interna. Porque perder te obliga entre otras cosas a reflexionar, cosa que se evitan los ganadores, que solo celebran. De ahí nace el pensamiento, la reflexión, la filosofía, de la conciencia del perdedor.
El partido lo vi con mi padre, como lo vi en el 2010, como vi los mundiales de mi infancia, cuando jugaba Arconada y mi padre me regaló el traje, no sé muy bien por qué, de Arconada, quizá porque era el más barato, el caso es que yo jugué de portero durante mucho tiempo por culpa del traje de Arconada; incluso la primera vez que me subí a un escenario, en el colegio, fue con el traje de Arconada (hay documento gráfico), ese portero silencioso, resiliente y duro. Un vasco rodeado de misterio, de verdad. Un portero que falló en los momentos decisivos y que, solo por eso, se hizo más grande a nuestros ojos. Un mito (este de la pérdida). Mi padre vibró con el partido y con el gol de Ferrán, claro. También con el juego de la Selección y con el hecho de ser capaz de ganar a la mítica Argentina, la Argentina de Maradona y Mario Alberto Kempes.
Miércoles
Hoy, con mi padre también, me toca ir a la notaría. Del campo, del juego, a otro campo no menos ficticio y a otro juego, no del todo verdad. Se trata del reino de la verdad que soportan las leyes, las verdades construidas para que todo lo demás no se caiga, los puntales sobre los que edifica la complejidad de la convivencia, en este caso entre españoles. Nos hacen esperar en dos sillas, nos convierten en espectadores totales de lo que allí pasa. Mi padre comenta los trajes del notario y sus pasantes. Yo me fijo en la luz atronadoramente blanca, en la aparente impolutez del lugar y en la gestualidad de trabajadores y clientes. Los gestos, para mí, revelan a la persona, como los gestos revelan al personaje en la literatura. A través de los gestos construyo a los personajes en literatura y reconstruyo a las personas en la vida. Aquí los gestos son ritualizados, formales y es más difícil ver el aliento humano. Se me revela un detalle.
Una de las personas que trabaja en el mostrador moviendo papeles pronuncia un nombre. Un nombre con sus dos apellidos. Dice que es un testamento. Me quedo enganchado del nombre. Es una cáscara vacía. Un nombre sin cuerpo. Entramos en uno de los despachos a que el notario dé fe y rubrique. Casualmente es el mismo notario con el que firmé la hipoteca de mi casa (y la compraventa) y con la que mi hermana firmó la hipoteca de su casa (y la compraventa). Es un ser fascinante, con las orejas en pico, espigado y con un proceder tan atrayente como repulsivo. Estaría horas viendo cómo lee los documentos y, sobre todo, cómo firma. Coloca la mano de una manera, la tumba, como si fuera un nigromante, y rubrica el documento para que, a partir de este momento, el papel respire la magia negra, la rúbrica que atravesará la combustión del tiempo. En el despacho hay ficheros desde 2010 al menos. Pienso que el nombre que se acaba de pronunciar como cáscara vacía, el del testamento, será pasto de un colosal archivo, como lo será el nombre de mi padre, como lo será el mío algún día, cuando el olvido nos despoje del cuerpo. Lo último que seremos será un nombre vacío, una cáscara en un archivo, ordenado por años, hasta que la ley permita quemar esos nombres que algún día fueron algo, que algún día fueron cuerpo.
Escribir, también este confesionario en sombra fuera del radar del sistema, es trabajar contra el olvido. Inútilmente. Todo será polvo sin duda. Polvo cósmico. Mas polvo enamorado, como quería el poeta. Todo lo bello ocurre en la superficie, en la playa hay cuerpos esplendentes, a pleno pálpito; en los fondos hay seres ambiguos, monstruosos por la falta de luz. Y también hay pecios que algún día fueron barcos de añil y que hoy solo atraen a los grandes exploradores, como tú, que indagas en este pecio fuera del radar, en sombra, con los ojos grandes, como los niños que descubren en cada momento, en cada minuto el mundo. Gracias y en septiembre espero que me acompañes en el año diez de este confesionario.