Categoría: Antonio López Piña

  • Lógica del lenguaje operativo

    Antonio López Piña

    Nuestra interpretación del mundo es más operativa cuanto más se aproxima al orden que rige el universo. 

    El mundo al que nos referimos es la naturaleza. 

    El universo al que nos referimos es la naturaleza.

    La naturaleza puede funcionar perfectamente sin nuestro concurso.

    La naturaleza se rige por un orden preexistente a nuestra interpretación. 

    Los primeros filósofos llamaron logos a ese orden interno que sirve de libro de instrucciones a la naturaleza.

    El logos de la naturaleza opera en unos parámetros susceptibles de ser conocidos por la mente humana. 

    La mente humana tiene la capacidad de exigirse a sí misma un esquema riguroso de funcionamiento que se llama lógica.

    La lógica se da en toda aquella aseveración que no incurre en contradicciones. 

    Una contradicción emerge cuando afirmamos una cosa y la negamos al mismo tiempo. 

    Cuando nuestras afirmaciones se contradicen, se distancian del logos, del orden de la naturaleza, por lo que dejan de ser operativas en ese campo. 

    Podemos enunciar, no obstante, sentencias carentes de lógica, pero estarán lejos de darnos capacidad de actuar de manera efectiva sobre el orden de la naturaleza. 

    En el pensamiento filosófico, en la ciencia y en el bien, toda contradicción puesta de relieve se convierte en una vía muerta que nos obliga a retroceder y buscar otro camino. 

    Cuando afirmamos algo que se parece al orden lógico con el que actúa la naturaleza estamos diciendo algo parecido a una verdad. 

    La verdad es más operativa que la mentira porque se aproxima más a la estructura de la naturaleza. 

    La verdad es más autónoma que la mentira. 

    La verdad puede existir sin necesidad de una mentira.

    La mentira, en cambio, solo puede darse en contraposición y coexistencia con una verdad. 

    La mentira es más costosa y menos funcional que la verdad.

    La mentira necesita ser construida y sostenida al mismo tiempo que se recuerda la verdad.

    La mentira no es lo mismo que el error. 

    El error, a efectos ontológicos para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    El error solo sale a la luz a medida que vamos desvelando y aproximándonos a la verdad. 

    El error, a efectos morales para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    En el error no cabe la mala fe.

    El error se fundamenta en una libertad ejercida con buena voluntad.

    La historia del conocimiento es la historia del pulimiento y merma del error. 

    La verdad absoluta tiene una silueta que coincide absoluta y exactamente con el perfil del orden de la naturaleza. 

    La verdad es el logos dicho con una voz humana. 

    La mente humana tiene también la capacidad de actuar siguiendo un esquema de funcionamiento menos riguroso que el de la lógica.

    Este esquema de funcionamiento se sostiene sobre la contradicción. 

    El descubrimiento o demostración de la contradicción invalida moral y operativamente los juicios en los que se sostiene.

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción aspiraba hasta entonces a pertenecer a la categoría de verdad. 

    Toda verdad lo es porque ha constituido, hasta el momento de ser advertida su contradicción, el horizonte explicativo de la realidad. 

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción se convierte, a partir de ese momento, en un error. Nunca antes.

    Es falso que la persistencia en la defensa de postulados contradictorios, y por tanto contrarios a toda lógica, pueda seguir denominándose error. 

    Quien, tras demostrarse contradictorios los postulados que exponía, insiste en defenderlos, transforma el error en mentira. 

    La mentira, lo es por tener menor capacidad operativa que los postulados no contradictorios. 

    Si el mentiroso no descabalga de sus postulados falaces y sigue empleándolos como si fueran verdaderos, entonces quiere decir que ha trascendido el orden de la lógica. 

    Los moralistas, cuando se da esta circunstancia, se escandalizan porque no admiten que se pueda ser riguroso, digno y bueno si se obra con tan mala fe. 

    Los idealistas pecan de extrema ingenuidad moral cuando no son capaces de diferenciar el ser del deber ser. 

    El mentiroso que mantiene sus postulados tras la demostración evidente de la contradicción en que incurren, puede no tener como objetivo el querer ser riguroso, ni digno ni bueno. 

    El paso siguiente a mostrarse insumiso frente a la fuerza ordenadora de la lógica consiste en asumir sin pudor, e incluso con orgullo, el ser llamado indigno, malvado o mentiroso o genocida.

    Cuando la vergüenza pública, la decencia o la mínima apelación a la humanidad no funcionan como frenos en su comportamiento, entonces hay que interpretar que el individuo está obrando de mala fe y que no está dispuesto a avenirse a razones lógicas. 

    Quien desarrolla esta práctica malintencionada opera de tal modo que la argumentación bien formulada, tendente al bien y la concordia, le es completamente indiferente.  

    Si dicho patrón no varía tras demostrarle de la manera más educada su manifiesto desacierto, el error será seguir insistiendo en la vía racional, que para él es lo mismo que decir la vía irrisoria, ridícula y vana. 

    El mentiroso pertinaz está en disposición de conquistar y apisonar todos los terrenos sin conciencia de culpa o remordimiento alguno.

    Frente a ello, cabe escandalizarse, llorar, lamentarse amargamente porque el mundo no es tan bondadoso como debería o comprender la situación en su complejidad y aplicarle la inapelable fuerza de un lenguaje menos racional y extraordinariamente operativo que no tendrá que esforzarse mucho en entender.

  • Esa es la cuestión

    Antonio López Piña

    Amigo, llevas ya hoy muchas horas de clase. Te toca ahora con el curso en el que hay un grupito de cuatro alumnos que no paran de hablar en toda la hora. No participan, no responden a tus preguntas, no plantean cuestiones, no leen los documentos que cuelgas en la plataforma, no hacen la tarea, no estudian para los exámenes, no presentan los trabajos a tiempo, no dejan de interrumpir. Son tenaces en su persistencia. No están ya en un curso obligatorio, podrían faltar a clase si quisieran, pero no, se toman la asistencia en serio. Llegan con rigurosa puntualidad a clase. Sabes que su comportamiento no forma parte de una confabulación contra ti ni contra tu asignatura, eso por lo menos te otorgaría cierta jerarquía, una diferencia de grado que al menos revelaría alguna lógica. Su comportamiento es absurdo porque no busca ningún fin. A veces les has preguntado cuál es el objetivo de que se comportaran así, esperando, al menos, una entrada al cauce de la lógica discursiva. Nada, responden con vaguedades que no permiten avanzar hacia una argumentación. Les has planteado un reto de honestidad proponiendo que digan sin tapujos qué les mueve verdaderamente a no atender jamás, a interrumpir constantemente. No me interesa, me aburro, se me hace muy larga, es un rollo. Les preguntas qué les interesa y la respuesta, cuando la dan, es igualmente vaga. Casi siempre empieza y termina con un no sé. Piensas en la cantidad de tiempo que le han hecho perder al resto de la clase. Entras por ahí, apelas al compañerismo. Preguntas si tienen amigos dentro de la clase. Pues claro, responde una chica. ¿Os importa que vuestros amigos no puedan nunca asistir a una clase completa? No sé, responde el que responde. Los relatos de valor y dignidad de los delincuentes de los años 80 tampoco logran romper la carcasa de indiferencia. Les cuentas que los atracadores de bandas de aquella época eran despreciados y perseguidos por su crueldad, su violencia y la falta de compasión que demostraban con sus víctimas. Les dices que eran conscientes del miedo y el desprecio que provocaban en la población. Debe ser muy duro el hecho de no ser querido por nadie, afirmas intentando abrir un hueco. Los delincuentes sabían que solo tenían dos cosas, nada más. El botín que conseguían con sus crímenes y la dignidad de no delatar jamás a sus compañeros de banda. Cuando los cogía la policía, sufrían terribles torturas en las comisarías de las que salían con el cuerpo destrozado, pero con la sonrisa en la boca del que ha aguantado la paliza sin chotarse. Te preguntan qué significa chotarse y les respondes. No se chivaban jamás, eran fuertes en su honestidad, en su respeto al grupo. Dejas unos segundos de silencio esperando que establezcan una analogía con la historia y se vinculen emocionalmente con los delincuentes, los antisistema, los fuera de la ley, los bandidos honestos con sus colegas, pero el silencio se espesa y uno saca el móvil para mirar la hora. Piensas que sería muy fácil echarlos a todos de forma sistemática de clase, que todos lo agradecerían, ellos también, pero amigo, te pesa tu humilde filosofía. Te parece que sacarlos de clase es una derrota para ti y también para ellos. ¿Quién gana con que se vayan al patio a seguir haciendo nada? Ganaría la clase, la continuidad, el aprendizaje de los que han venido a aprender, pero piensas que quien verdaderamente ganaría serían los que provocan estructuralmente esa situación, los que quieren convertir la escuela pública en un nido de problemas, los que reducen el gasto a propósito para propiciar la degradación y el desconsuelo. Caminas sobre el filo de la dignidad que merece el ser humano. Lascasas, Rousseau, Kant, Marx, Rawls, te están observando desde el otro lado de la cuerda floja. ¿Qué vas a hacer? Te preguntan. Qué precario equilibrio, qué doloroso dilema sobre la tela de una araña. Expulsar o no expulsar, esa es la cuestión. Quitártelos de encima o mantener un finísimo hilo de esperanza. Continúas la clase, obvias el runrún, te diriges con energía a los que sí te escuchan. Suena el timbre, miras a esos chavales que venían a tomar apuntes y que guardan sus cuadernos con la página de hoy en blanco. Tragas saliva y no te atreves a sentir orgullo al decirte a ti mismo: veinte años y un día sin expulsar a nadie.

  • III.  La salida intermedia: el puritanismo de la inacción

    Antonio López Piña

    Para Kant, en términos intelectuales y mientras está fundamentando su edificio moral, vale con que la acción esté motivada por la buena voluntad, lo cual, de alguna manera detiene la responsabilidad ética en el momento de la toma de decisión. Esta circunstancia pasa por alto el principio de realidad que sostendrán Hegel y los vitalistas (Heidegger, Nietzsche, Ortega), entre otros. Estos filósofos defienden que las decisiones de cualquier ser humano son tomadas indefectiblemente en el marco de la vida, única e inapelable realidad,  y en la vida, las decisiones tomadas conllevan siempre consecuencias. 

    El individuo moral quiere actuar con buena intención tal como propone Kant, puesto que ese es su deber, su máximo deber como ser autónomo y libre, pero eso no es tan fácil. Valdría con la buena intención si la vida (ese sitio real, donde efectivamente vivimos) no rindiera cuentas de los actos realizados. El médico obró con buena voluntad, pero con poca pericia, lo que acarreó finalmente unas consecuencias catastróficas.  

    Sobre el individuo real se ciernen dos problemas. Por un lado, en cada decisión moral, se siente responsable del bienestar ajeno, que también es el suyo. Tiene que calcular el impacto global de su acción, ya que sobre su conciencia recaerá el hecho de ser el representante del «hombre universal» en cada momento. Por otro lado, la vida no se detiene en el instante mágico en que se toma la decisión bienintencionada.

    La razón, ante la complejidad de las situaciones cotidianas y sus ineludibles consecuencias (no en la teoría ideal, sí en la vida real) le empieza a recomendar prudencia y moderación en las decisiones, puesto que actuar es comprometerse éticamente.

    La responsabilidad llevada hasta el extremo en este momento juega en un marco de perfección que sobrecoge al individuo, pero a diferencia de lo que ocurría en el cristianismo, no le ofrece una herramienta de redención. A la absoluta responsabilidad le empieza a acompañar una cautela cada vez mayor.

    El individuo está atrapado en una encrucijada angustiosa y sin aparente salida, pues el deber moral, tan bondadoso y coherente a largo plazo contrasta con el juicio inmediato y civil por las consecuencias que de él se derivan.

    El individuo heroico y valiente de la teoría kantiana se convierte en un puritano que extrema la cautela y evita los riesgos con tal de quedarse siempre en el limbo anterior a la consecuencia. Lo que ocurre es que a esa acción desencadenante solo se la puede combatir de manera efectiva de un modo: evitando la toma de decisión. El peso de la responsabilidad, el miedo a unas consecuencias vinculantes e impredecibles ( bien que tomadas con buena voluntad) hace que el individuo se acobarde y vaya evitando decidir.

    El individuo moral kantiano prefiere no equivocarse, y para ello minimizará el encuentro con la toma de decisiones. En lugar de priorizar el bien comienza a darle más importancia a «evitar el mal». No ser malo se convierte en más importante, en más seguro y garantista, que ser efectiva y comprometidamente bueno. El peso enorme de la responsabilidad hace que el individuo desvíe la trayectoria de la decisión, se ponga a la sombra y deje que sean «las circunstancias» o el «destino» quienes tomen las decisiones por él.

    Este individuo, que ha comprendido el planteamiento kantiano y que quiere ser bueno, no puede estar satisfecho ni contento cuando se refugia en esta cueva. La plenitud humana (que se consuma en cada decisión valiente y universalizable, pero que va seguida de un riesgo impredecible que no admite marcha atrás), se disipa. El individuo se echa a un lado y camina con la máxima precaución por el borde para garantizarse no pisar charcos, para no meterse en problemas. 

    Este comportamiento, en última instancia, permite al individuo abordar la vida sin brillo, pero sin perder tampoco (en el rigor de los términos) su calidad moral, pues técnicamente no está decidiendo y por tanto, tampoco está decidiendo mal.

  • II. La soledad del individuo moral 

    Antonio López Piña

    Kant ha desalojado del templo de la moral a todas las antiguas autoridades y ha dejado al hombre solo en medio de la nave central. Se ha callado la música, no hay libros ni figuras referentes, no hay dónde ni a qué echar mano. 

    Las preguntas acucian al individuo definitivamente libre y le ponen en duda. ¿Soy realmente tan bueno como para no depender de ley alguna? ¿Tengo tanta capacidad como para ser responsable de todos mis actos? 

    Kant no ofrece respuestas que solucionen el problema, lo que ha hecho ha sido establecer unas premisas que configuran una antropología muy honorable: tú, ser humano que piensas, indaga en tu razón porque es ahí donde tienes tu manual de instrucciones para deliberar. Somete el mundo a tu propio juicio. Puedes hacerlo porque eres inteligente y porque solo serás verdaderamente bueno cuando ejerzas tu libertad eligiendo. Ponte en el lugar de cualquier otro, coloca tanto al amigo como al más lejano desconocido en el mismo lugar en el que tú te encuentras y hazlo siempre, en todas las ocasiones, sin descanso nocturno. 

    Este es el espíritu que alienta la fraternidad propia de la ilustración. ¿Qué deseas para tu hermano querido? Espero para él lo mejor y me alegra saber de su dicha y su disfrute. ¿Qué hace a tu hermano ser tu hermano? El vínculo misterioso de la sangre, la vida compartida en virtud de unas circunstancias no elegidas. Todo bien, correcto, pero a partir de ahora el círculo se va a ampliar, se hará universal y se cerrará en los confines del mundo. No será ni la biología ni las contingencias lo que convierta a los demás en hermanos, sino dos factores fundamentales. Por un lado, el hecho de compartir una misma razón que se rige por la lógica de la conservación mutua. Por otro, el deseo voluntario y libre de querer que esto sea así. 

    El individuo racional quiere hacer el bien, necesita hacerlo, no obstante, se siente pequeño frente a un mundo enorme e impredecible. Ya no tiene a quién echarle la culpa por sus errores, pero es precisamente ese vértigo de la libertad responsable el que le coloca de verdad en la vida adulta. 

    El protestantismo había hecho un movimiento parecido casi tres siglos antes. La revolución de Lutero les da valor a los principios de soberanía y autonomía del individuo para interpretar los textos sagrados del cristianismo sin la guía de los padres de la iglesia, sin sacerdotes hermeneutas, sin intermediarios. Al individuo kantiano no lo salva nadie más que su propia acción orientada al bien. 

    Kant es duro y benevolente a la vez. Deja al individuo solo frente al mundo con la responsabilidad de que sea él quien tome las decisiones, pero la corrección, la justicia, la bondad del acto no se medirá de acuerdo a su funcionalidad o pragmatismo. Para Kant la acción no es buena a posteriori, no se convierte en buena a tenor de sus consecuencias, sino que se dirime antes, antes del efecto producido por ella, en el momento mismo de la decisión. Lo único que se le pide al individuo es que cuando decida, lo haga con buena voluntad, de este modo, la decisión tomada con buena intención nace bendecida y no será juzgada sino a priori, en el momento de su propia génesis. 

    Kant piensa que la única y exclusiva cosa que admite siempre más de sí, sin transformarse ni pervertirse, es la buena voluntad. La prudencia es buena, pero en un grado excesivo se convierte en cobardía. La generosidad es buena, pero llevada a su extremo se convierte en dilapidación, el ahorro en ruindad, el comportamiento valiente en temerario. No hay, sin embargo, lado en sombra de la buena voluntad pues la estructura, el logos del mundo concuerda y es coherente con la buena intención. Si la acción o el juicio movido por la buena voluntad se responde con buena voluntad, el universo no sufre ni se quiebra, puesto que no hay razón para la suspicacia, la mentira, el engaño o la trampa. 

    La elegancia de la visión kantiana se asienta en esa acentuación de la mejor de las cualidades que posee el ser humano, y por eso la emplea en su fundamentación del mayor bien susceptible de ser pensado. Tachar a Kant de ingenuo es una manifestación de ignorancia. Él es consciente, claro que lo es, de que la mayoría, si no la totalidad de los actos de las personas se juzgan en función de sus consecuencias. El enriquecimiento de una nación, la felicidad de los ciudadanos, la victoria deportiva en una competición, por ejemplo, son situaciones buenas y deseables. Lo que ocurre es que podrían haberse conseguido por medios inmorales, sacrificando el bien de otros, obrando con mala fe. 

    Un país puede mejorar su economía si explota a una población vecina. Los ciudadanos de una nación pueden ser felices en un territorio construido sobre las ruinas y los cadáveres de antiguos pobladores. El deportista puede llegar antes a la meta si usa métodos ilegales, ayudas no autorizadas. Entiende Kant que la consecución de un objetivo no puede ser tenido, por sí solo, como regla medidora del éxito, pues para conseguirlo, el proceso que se siga debe respetar al otro como a uno mismo. Eso es lo más importante. 

    La consecución del objetivo en y por sí misma no da la medida del bien, como hemos dicho, por eso no puede ser patrón de nada y mucho menos de la moralidad. No es bueno quien consigue sus objetivos, sino aquel que para alcanzarlos (aunque fracase) solo haya empleado medios dignos, es decir, se ha sometido al imperativo categórico, esa máxima que dice “obra de tal modo que quieras que tu comportamiento sea tenido por norma de conducta universal”. 

    Es por eso que la peor de las conductas posibles es aquella que logra sus objetivos traicionando la buena fe del que no desconfió, no fue suspicaz o no anticipó una maldad posible.

  • Filosofía moral de Kant I

    Antonio López Piña

    I. La ineludible responsabilidad 

    La filosofía moral Kant establece un modelo de interpretación de la acción moral no basado en mandamientos ni en normas concretas. Es lo que se conoce como moral “formal». En su lugar lo que plantea es una máxima, una máxima racional que responde a la pregunta “¿cómo debo comportarme para ser bueno?”

    La respuesta de Kant es la siguiente: debes tomarte a ti mismo por ejemplo y referencia porque en ti (y solo en ti) reside el patrón de la ley moral. Debes aplicar tu razón para dirimir si lo que vas a hacer es bueno o no. La fórmula es sencilla. ¿Estoy dispuesto a que mi comportamiento pueda universalizarse? ¿Quiero que esto que voy a hacer yo pueda hacerlo todo el mundo?

    Kant busca fundamentar el mayor bien que pueda ser pensado, en términos lógicos y posibles, por una mente humana. Con ello busca establecer un límite moral del que el ser humano se pueda responsabilizar. Hasta entonces el marco del buen comportamiento había sido impuesto desde fuera. 

    En el cristianismo no es el propio hombre quien fija los límites del bien, sino una entidad extraordinaria y superior como es la figura inconmensurable de Dios (a través de sus ministros terrenales). El problema de una moral externa al ser humano reside en que las potencias de un dios cualesquiera, por su propia naturaleza, trascienden la capacidad (la agencia, dice ahora todo el mundo) del individuo concreto, pues es evidente que un dios todopoderoso cuenta entre sus características esenciales también con la de ser infinitamente justo, equilibrado y bueno. 

    Los mandamientos de la ley de Dios son indicaciones concretas, bien de obligación, bien de prohibición, que vienen impuestas por una entidad superior que no tiene que enfrentarse a las pasiones propias de un ser humano (codiciar, envidiar, mentir, atesorar…). Los mandamientos solo establecen de un modo imperativo el reglamento del juego, pero es tan grande, tan ajena y tan inabarcable la exigencia que proponen, que el propio legislador cristiano prevé su incumplimiento y anticipa soluciones para los que se salgan por los márgenes. 

    El legislador cristiano sabe que no va a poder eliminar las pasiones de los hombres ni sus comportamientos “desviados” y para ello crea dos mecanismos liberadores. 

    Por un lado, el castigo. Ya que la presión es tan grande para el individuo potencialmente pecador, es necesario concretar un pago ostensible que equilibre el error inevitable. La penitencia en sus distintos grados es una válvula de estabilización interna, de redención social y de retorno reseteado a la normalidad. 

    Por otro lado está la confesión. El legislador moral sabe de la necesidad de un mecanismo de comprensión y desahogo que además le reportará una enorme cantidad de información respecto a las prácticas, anhelos y pensamientos privados a la que, de otra forma, sería imposible acceder. 

    Para el cristiano, por tanto, obrar bien es obrar acorde a unos principios impuestos frente a los cuales no tiene más opción que o bien el seguimiento ciego y acrítico o bien la vulneración y la posterior expiación de la culpa. O bien las dos.

    Todo ocurre “fuera” de un sujeto que no cuestiona el origen ni la necesidad de los principios, y que solo tiene que cumplir con ellos (confesarse y pagar también es cumplir). 

    Esto en lo que respecta a la moral religiosa, pero algo parecido ocurre con las morales particulares que regulan el comportamiento mediante las leyes locales, nacionales o imperiales. Un individuo podía estar obrando “nacionalmente» bien y al mismo tiempo estar discriminando, violentando o torturando a una persona. El sujeto al cumplir la ley local se ve eximido por ello de cualquier responsabilidad ulterior (también de la responsabilidad moral) en virtud de la obediencia debida. 

    La relevancia de la visión de Kant se basa en que no solo viene a introducir un nuevo esquema moral sino, sobre todo, una nueva jerarquía del sujeto respecto a su relación con el bien. 

    Que el patrón del buen comportamiento resida en el individuo (lo que Kant llama «la ley moral en mí”) y que no pueda desprenderse de esa prerrogativa implica una responsabilidad desconocida hasta entonces, lo que él entiende como dejar de vivir en una cómoda minoría de edad.

    A partir de entonces el ser humano no podrá apelar a referentes morales sobrehumanos, ni siquiera podrá escudarse en la ley humana que le obliga. Por encima de la ley temporal está la ley moral (ética) que tiene un carácter universal y trascendente a cualquier cultura y circunstancia, y de la que no puede escapar, pues esa trascendencia constituye el elemento ontológico sobre el que se edifica su humanidad.

    Para Kant, por tanto, no tenemos excusa a la hora de seguir un mandato que contravenga la ley moral, ya que es esta la que nos individualiza como personas y, al mismo tiempo, nos permite formar parte de una categoría superior llamada humanidad.

    Esa es la condena y la liberación. El sujeto moral, para Kant, está atrapado en su libertad constante e ineludible para elegir, para elegir el Bien.

  • Función manifiesta, función latente.

    Antonio López Piña

    El funcionalismo estructural ofrece un modelo de lectura que permite interpretar la totalidad de los comportamientos sociales en virtud de su utilidad para el mantenimiento del statu quo.

    Para los funcionalistas, los comportamientos que perviven en un sistema son aquellos que, de algún modo, potencian, subrayan o mantienen el estado de cosas establecido. Estos patrones de acción (usos, hábitos, costumbres, esquemas de pensamiento o de actuación política) son entendidos como comportamientos funcionales, pues cumplen con ese fin estabilizador.

    Sin embargo, constatamos también la existencia de comportamientos que, a primera vista, podrían parecer desestabilizadores y que, pese a su aparente disfuncionalidad para el sistema, persisten y no son eliminados. ¿Cómo se explica esto? El sociólogo Robert Merton ofrecía una explicación detallada a este respecto cuando planteaba que, para entender en su profundidad el valor y la complejidad de los comportamientos que se desarrollan en la sociedad, estos deben ser interpretados a la luz de dos tipos de funciones: la función manifiesta y la función latente.

    La función manifiesta de un comportamiento social coincide con el cometido reconocido y esperado al que idealmente contribuye su cumplimiento.

    La función latente (y por tanto no abiertamente reconocida) de un comportamiento social es aquella que, aunque no lo parezca, con su eficacia material contribuye a dar estabilidad al sistema, pues sirve para conservar el statu quo existente.

    Tomemos como ejemplo la educación institucional pública. En ella, los elementos que la configuran como sistema se esfuerzan por alcanzar su función manifiesta, es decir, proporcionar en un contexto de igualdad de oportunidades el conocimiento, los valores y las competencias que los individuos necesitan para entrar a formar parte de la maquinaria productiva en las mejores condiciones posibles.

    Si ahora interpretamos la educación institucional pública desde la óptica de su función latente (no expresa pero sí efectiva) y profundizamos en sus características materiales dejando a un lado la intención ideal de la que parte, nos encontramos con una realidad mucho más dura. Aulas superpobladas que hacen muy difícil la tarea de los profesores y merman la posibilidad de muchos alumnos para afrontar con éxito las asignaturas más exigentes. Agrupamiento de alumnos atendiendo solo al criterio de edad, falta de ayudas económicas para los más desfavorecidos, abandono de un notable porcentaje de estudiantes y desánimo de muchos docentes. De este modo, la función latente del sistema educativo no sería otra que la de reproducir y perpetuar un patrón de estratificación que mantuviera la desigualdad en los niveles “óptimos”. Esta circunstancia hace mucho más fácil ubicar legítimamente a los estudiantes menos exitosos en los puestos más bajos de la jerarquía laboral, en ese ínfimo escalón que nadie quiere ocupar voluntariamente, pero que es imprescindible que alguien ocupe. Por tanto, la actuación de la administración que sigue esta pauta “disfuncional” es plenamente funcional, puesto que logra llevar a cabo un proceso de selección y ubicación social “natural” que de otra forma sería muy difícil de justificar. Todo, como vemos, al servicio del mantenimiento del statu quo.