Categoría: Empleado del mes

Cada mes empleamos a un escribiente que se da por pagado.

  • Carta a Clara Campoamor

    María Eugenia de la Cruz Palacios

    Queridísima Clara Campoamor:

    Me gusta imaginarte sentada a tu mesa, esa de estilo neorrenacentista, de roble, con las patas torneadas en forma de columna y el borde tallado con hojas. Otros intelectuales perdieron sus bibliotecas, en cambio tú conseguiste llevarte tu pesada mesa al exilio, hasta Lausana, a pesar de las penurias de tu huida. Fue tu refugio, el lugar donde escribiste tus cartas nostálgicas y tus memorias políticas. Quiero tranquilizarte: hoy tu mesa está guardada en el Congreso de los Diputados. Sé lo importante que era para ti, y por eso quería que lo supieras.

    Tengo que confesarte algo. Ante las últimas elecciones generales estaba muy enfadada. Te busqué días antes y estuvimos conversando a través de tus textos. Quería agarrarme a una frase tuya, a un párrafo, a cualquier cosa que le diera sentido a mi voto, porque no había un solo partido, del signo que fuera, que no estuviera instrumentalizando el voto de las mujeres. No estaba dispuesta a seguir rogándole nuestros derechos a un gobierno progresista en el que habíamos depositado nuestra confianza, convencidas de que tras aquel emblemático 8M de 2018 nuestras demandas más urgentes serían, por fin, escuchadas. Pasó todo lo contrario.

    Y tampoco en ti encontré ese párrafo mediador. Encontré a una mujer valiente, valerosa y digna, fiel hasta el final a su conciencia liberal por encima de cualquier consigna. Una mujer incómoda, cuyas reivindicaciones traían polémicas y problemas. Una mujer tan asqueada y tan aburrida como yo, o más, y con muchos más motivos que los míos. ¡Qué inmenso motivo, el voto femenino! Vi también que en tus obras no había más interés que la verdad, aun sabiendo que la verdad no te granjearía amistades en el franquismo (tampoco las deseabas) ni la simpatía de los tuyos, que te veían como una traidora. Te encontré sola y rechazada, abandonada y olvidada. Y se me encogió el corazón, Clara.

    Porque tu trayectoria no es una página cerrada de la Segunda República. Es el prólogo exacto del desierto que hoy habitamos. La descomposición de la legalidad institucional republicana que tú presenciaste tiene su réplica en una izquierda contemporánea completamente vendida al neoliberalismo y al capitalismo más feroz. Ha canjeado la defensa de lo público y del movimiento obrero por retóricas de consumo y subjetividades sentidas, y en ese cambio la categoría “mujer” como sujeto político desaparece y nuestros derechos retroceden. Nos cancelan, nos vetan, nos expulsan de universidades e instituciones. Y lo que más me duele es que esta fractura es el drama de toda una generación de mujeres brillantes, cultas y comprometidas que uníamos fuerza en la lucha porque aquello que nos une es mucho más que lo que nos separa. Ya lo advertías tú en las Cortes, que dejar al margen los derechos fundamentales por cálculos electoralistas era un billete hacia la ruina institucional.

    “No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer”.

    Y en tus cartas, al comienzo de la guerra, describías la asfixia del sectarismo: “quienes estaban fuera eran considerados fascistas y quienes estaban dentro apenas podían abandonarlo sin sufrir graves consecuencias”. ¿Te suena, verdad? A mí me suena demasiado.

    Duele ver cómo una izquierda autoritaria nos echa encima el odio como único argumento, cuando la realidad es la misma de antaño, Clara. Las mujeres seguimos sosteniendo el Estado, haciéndole gratis los cuidados de pequeños, de mayores, de dependientes. Seguimos siendo mayoría en la gestión de las agendas médicas y de las compras semanales de las familias. Encabezamos los índices de pobreza, porque reducimos nuestras jornadas laborales a costa de nuestros ahorros y de nuestras posibilidades futuras de generar riqueza.

    Los hombres siguen definiendo los protocolos médicos y los diagnósticos, y no nos creen cuando les hablamos de nuestros síntomas. Hace meses que las farmacias andan desabastecidas de los tratamientos hormonales que necesitamos. Y si todavía cabe más terror, nos prostituyen, nos violan y nos matan. A diario. Nuestras parejas, nuestras exparejas, los puteros o cualquier machista que tengamos la desgracia de cruzarnos. A diario, Clara. Y nadie hace nada.

    Y ante semejante panorama, resulta que la culpa es nuestra, de nuestra histeria por criticar a la progresía, igual que en 1933 fue culpa de aquellas mujeres que votaron por primera vez, que ahora estemos en el albor de un tiempo oscuro. Como si no supiéramos que seremos las primeras en caer cuando lleguen las bestias. ¿Verdad que lo sabemos, Clara?

    Aquí las formas se han sofisticado con el avance tecnológico. Una señora muy rica llamada Erika Kirk, titulada universitaria ella, que ha tomado el control de los negocios de su difunto marido, nos habla desde Estados Unidos para proponernos a las mujeres que sustituyamos el sufragio femenino individual por un sistema de “voto por hogar” ejercido por el varón. Cuenta, además, con la complicidad de figuras afines al movimiento tradwife (amas de casa tradicionales) como Savanna Faith Stone.

    En España tenemos nuestras propias copias de Erika y también una legión de amas de casa decorando sus hogares y cocinando pasteles, como si esa vida abundante no costase dinero. Ni siquiera hace falta abolir el voto o cualquier otra ley: basta con no dotar de presupuesto ni de recursos a ninguno de nuestros avances legales y sociales hasta darlos por perdidos. Pero lo más inquietante, Clara, es que a la inmensa mayoría de las mujeres les parece una gran idea. Estamos tan agotadas, tan sobrepasadas y tan hartas, que la sola posibilidad de que alguien tome el volante para dejar de sostener nosotras el mundo resulta arrolladoramente seductora. Viene envuelto en el relato de una renuncia voluntaria que rescata los roles de género tradicionales bajo un lenguaje moderno de desarrollo personal y relaciones de pareja: el hombre proveedor, responsable único o principal de los ingresos del hogar, no por obligación sino por el deseo de cuidar y consentir a su pareja; y la mujer “de alto valor” tal como aquella del nacionalcatolicismo, que cultiva la empatía, la elegancia, la maternidad y la creación de un hogar armonioso, el ancla emocional del hombre y de la familia. ¡Es todo tan cruel, Clara! Los hombres educados y aferrados a esa idea de éxito y de ascenso social a través del dinero y las mujeres educadas en buscar a alguien que les proporcione y financie una vida. ¿No es la socialización de género el primer acto de violencia contra nosotras, pero también contra ellos? Y en medio, un ascensor social averiado desde hace ya demasiado tiempo.

    Porque has de saber, Clara, que toda esta desprotección tiene su expresión máxima en la vivienda. Se ha blindado como un activo financiero para los fondos buitre, y la especulación provoca desahucios a diario, convirtiendo el derecho a un hogar seguro en un bien de lujo inalcanzable. Ayer mismo, las fuerzas de la derecha y del rentismo tumbaron los decretos de vivienda del Gobierno. Nos afecta a todos, pero más aún a las madres solas, a las trabajadoras precarias de los cuidados y a las mujeres atrapadas en situaciones de violencia vicaria o de género que no pueden huir porque el mercado inmobiliario les niega un techo. Imagínate, un techo.

    Tú te exiliaste por motivos políticos y sabes mejor que nadie lo que es vivir “con las raíces cortadas”. Así iba a llamarse ese último libro que no pudiste terminar. Las migraciones se siguen dando, solo que ahora es el sistema el que mercantiliza la existencia, y lo que empuja a la gente a irse es la esperanza de una vida mejor. La crisis humanitaria de Ceuta es terrible, con miles de personas malviviendo al raso en chabolas de cañas en las playas. Y como siempre ocurre en las fronteras y en los conflictos bélicos, las mujeres y las niñas cruzan en una vulnerabilidad extrema, expuestas a las redes de trata, a la violencia sexual y a la explotación laboral en los márgenes más oscuros de nuestra economía capitalista.

    Te sigo imaginando en tu mesa, leyendo mi carta, triste pero asintiendo a la vez, comprendiendo, uniendo cabos. Esa mesa representa tu ascenso social de costurera a abogada y congresista, la prueba de tu importancia intelectual en la defensa de los derechos de la mujer, y el lugar donde tu identidad, tejida de escritura y de derecho, tomaba cuerpo. Tú querías que las mujeres votáramos anteponiendo nuestro derecho biológico y político a los resultados, y a si teníamos o no la preparación política adecuada. Lo dijiste sin rodeos:

    “¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad?”.

    Así que aquí estamos, Clara, intentando reconducirnos en medio del sinsentido. Desde aquellas últimas elecciones generales en las que no le encontraba sentido a mi voto, mi objetivo, nuestro objetivo, es defenderlo. Tenemos que aspirar a tener una mesa como la tuya, que nos permita crear y ascender, elevar el debate y que las decisiones se tomen desde la intelectualidad y la memoria histórica. Quiero seguir siendo una ciudadana con voz, quiero seguir reconociéndome como mujer con derechos, y no voy a rogarle a nadie por ellos ni a suplicar que me escuchen. El voto por el que tú luchaste es la palanca que nos impulsa. Aunque nadie lo explica mejor que tú:

    “La mujer no se resigna, se rebela, se revuelve. Siempre. Y cuando todo parece perdido, cree en lo inesperado, cree en el milagro. Digámoslo concretamente: cree en sí misma”.

    Y con la firmeza que nos legaste, me despido por hoy.

    Te pienso mucho, Clara. Hasta pronto.

    María Eugenia es una señora de casi 50 años en conflicto con la razón y la pasión. Escribe para comprender y ser comprendida.