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  • Semana VI (del 4 al 11 de octubre)

    Jose Aurelio Martín

    Sábado

    Que los fines de semana no nos salpique la realidad, por favor, que los fines de semana, la aristocracia obrera (los que no trabajan el finde y tienen medianas condiciones laborales) goce del ocio puro, del cine, del teatro y de una buena comida.

    Hoy sábado es ocio puro y hay una manifestación que recorre el país en nombre de la vivienda digna. Nos encontramos en el espacio público y hablamos de lo intolerable que se ha vuelto la situación para cualquiera, estés donde estés en la cadena social, salvo si tu familia obtiene rentas de varios inmuebles, entonces no saldrás a la calle porque creerás que eso no es que vaya contigo, es que va contra ti. Aunque tengas una plaza de garaje que alquilas por 120 pavos al mes. Incluso así cabes en la palabra propietario, como bien te ha hecho creer el poder, el gran poder.

    Un ministro del franquismo quiso fomentar la propiedad con una frase ingeniosa: vamos a crear un país de propietarios, no de proletarios. Trazar esa raya fue muy inteligente para desmovilizar un posible levantamiento popular cuando el franquismo diera sus últimos coletazos. Pero el franquismo tardó en morir si es que ha muerto, a la luz de las encuestas sobre intención de voto.

    Todavía en la cama, un sábado, permitiéndome media hora de pereza y, sin querer, se me cuela la realidad, la puta realidad. Escucho en la radio el testimonio de Olga, una mujer con dos hijas, de mediana edad y amenazada desde el 2010 por el cáncer del desahucio. Su marido no le pasaba pensión, perdió el curro precario que tenía y la mujer tuvo que pelear en la mierda, porque tratar con bancos, burocracia y caseros es chapotear en el fango, hasta que se cansó y se vio obligada, a pesar de sus hijas pequeñas, a quitarse la vida.

    Olga contaba, y lo escucho en mi cama de pereza, previamente a un desayuno alegre de luz matinal, que el psicólogo al que había visitado ocasionalmente cuando le tocó la cita le dijo que tenía un cuadro de ansiedad y depresión vinculado a su situación socio-económica. Dice Olga, tócate, una carrera para decirme eso. A mí me parece de una crueldad infinita, con lo fácil que hubiera sido ponerlo al revés, es decir, usted tiene un cuadro socio-económico intolerable y, en consecuencia, tiene ansiedad y depresión. Si le hubiera dicho eso, si los psicólogos empiezan a poner las cosas importantes primero, a lo mejor la receta quedaría más clara: reformar inmediatamente la realidad socio-económica, sostenida por la ley y protegida por la violencia (fuerza legítima) de los antidisturbios, dos poderosas herramientas del Estado.

    Basta ya de que los psicólogos apunten al individuo como causa y solución de sus males, que no son propios, son sociales, económicos en la mayoría de los casos. Las soluciones individuales, cuando los problemas son sociales, son un parche, un remiendo que va a reventar de forma inevitable. En el caso de Olga, que se mató cuando ya había entendido que la sociedad (en concreto los buitres: bancos y leyes injustas) la habían asesinado. Con Olga se pone de manifiesto el triunfo absoluto de los buitres: conseguir que sea el individuo el que se mate, y no que tengan que matarles ellos, con lo escandalosa que es la sangre y los crímenes.

    El sábado, este sábado, se ha salpicado de impureza y la tostada con jamón y aceite no me ha entrado con la luz habitual del Atlántico los sábados matinales y puros. Cuánta impureza.

    Domingo

    Obligo a que el domingo sea una tregua, a que el tiempo detenga sus caballos. Procuro estirar cada momento dominical, la cama perezosa, el desayuno profundo, la lectura larga, el comentario de mi turra dominical que envío a amigos y conocidos, la caña refrescante, la comida demorada, la sobremesa conversadora, la siesta que permite algún sueño…, todo por no pensar, por no querer pensar que mañana el presidente del gobierno va a convocar elecciones y que me gustaría desaparecer durante dos meses de aquí, de escuchar monstruosidades, de leer publicaciones envenenadas que replican personas que quiero, o peor, antiguos alumnos que conservo en las redes y que se dejan llevar por todos los cantos de sirena ignorando, como yo les había contado en clase, que Ulises tuvo la fortaleza, la determinación de evitarlos porque sabía que en ello se le iba la vida.

    Es muy doloroso leer en perfiles de alumnos cosas negras del tamaño del miedo, descomunales.

    Por la tarde, cuando el sol declina y anuncia la tormenta del lunes, suenan los primeros tambores. Leo en el canal de wasap de ELPAÍS que el presidente mañana saldrá a dar la noticia. Me retuerzo, el tiempo se me ha escurrido otra vez entre los dedos, ya no lo cojo, otra vez se me ha escapado y me lleva directamente al lunes, al más impuro de los días de la semana.

    Miércoles

    Hoy es fiesta local en Cádiz, la Stma. Virgen del Rosario. Cuando trabajaba fuera de Cádiz, en Medina, me daba mucho coraje este día; hoy que trabajo aquí, en la ciudad, soy devoto del Rosario. Así de fácil me vendo, por un día feriado, lo dé quien lo dé.

    Hay un difícil encaje cuando hay fiesta local, hay un desajuste que puede ser placentero si piensas que, en un día rutinario para el mundo, tú eres una burbujita de paz en el universo porque Dios ha querido que hoy se celebre a su Stma. Virgen del Rosario. Da una extraña fruición.

    Pero esa pureza pretendida empieza, otra vez, a mancharse. Voy al gym, tengo clase de canto y asisto a una asamblea política. La santísima Virgen del Rosario se ha salpicado del estiércol de cualquier miércoles.

    Y llega la puntilla: ha muerto Maricarmen. La mujer símbolo que ha sacado a mucha gente del sofá y de Netflix. A mucha gente joven. Parece que esta temporada de España está siendo interesante, muchos giros de guion, tantos que cuesta asimilarlos. Los primeros titulares me dejan pensando, «Ha muerto Maricarmen». No hacía falta más, todos reconocemos ese nombre que se había convertido en símbolo. Su muerte, en cambio, la volvió a convertir en cuerpo. Sus cenizas la lanzarán, de nuevo, al Olimpo de los símbolos y su nombre se quemará en la larga campaña electoral que nos queda y a la que no voy a poder evitar huyendo.

    Escribo en los estados, «si a Maricarmen no la hubieran desahuciado, ¿hoy seguiría viva? Me resisto a decir que ha muerto: la han matado. Sí, Urbagestión (los buitres) y la ley». Son líneas escritas al calor, y ya sabemos que el fuego deslumbra mucho, fascina y destruye a partes iguales. Observo que el personal y algunos periodistas están incómodos al decir, «Ha muerto Maricarmen». En el fondo todos sabemos quién la ha matado. En algunos titulares hay síntomas de que el titular objetivo no funciona del todo: «Maricarmen ha muerto desahuciada». Ya no es lo mismo. Las palabras tienen sentido si consuenan con la verdad del mundo. Las palabras siempre se abren camino a pesar de todo, y por tanto «Maricarmen ha muerto, pero desahuciada». No podemos decir que Urbagestión y la ley han asesinado a Maricarmen. No podemos decir que la situación socio-económica, protegida por la ley y la fuerza, mató a Olga. No podemos, pero tampoco podemos jugar las palabras en favor de los responsables más inmediatos de estas dos muertes. No debemos, si no queremos caer en la telaraña.

    Si no podemos todavía expresar lo que todos pensamos, habrá que convertir las palabras en síntomas, sembrar dudas sobre lo difícil que lo tienen algunas palabras (en los discursos concretos) por abrir brecha hacia la luz. La prensa extranjera lo sintomatiza, The New York Times, «Maricarmen, cuyo desahucio indignó a los españoles, muere sin llegar a volver a casa»; el diario argentino Clarín también, «La muerte de Maricarmen, la mártir de los inquilinos que reclaman por una vivienda digna…» Estos titulares se rebelan contra el titular informativo y aparentemente neutro: «Ha muerto Maricarmen». Las palabras siempre se orientan hacia la luz, hacia la verdad que consuena con el mundo. Siempre.

    Rafael Alberti escribió su poemario negro y surrealista en 1929, en pleno crack, al que tituló «Sobre los ángeles». El poeta crea el ángel negro, el ángel de la sombra, el ángel malo. Cuatro versos de un poema titulado «Desahucio» los aprovechó Ana Belén para dar ánimos antes del desahucio de Maricarmen: «Sola,/ sin muebles y sin alcobas,/ deshabitada», pero el poema sigue:

    Te pregunto:

    ¿cuándo abandonas la casa,

    dime,

    qué ángeles malos, crueles,

    quieren de nuevo alquilarla?

    Dímelo.

    Los ángeles malos, los buitres, han matado a Maricarmen y han suicidado a Olga, y no puedo decirlo, no podemos decirlo, hasta que esa luz que consuena con la verdad del mundo se abra paso, cedan las sombras, y la realidad duela como el acero de la espada.