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  • Semana III (del 13 al 20 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes
    Septiembre es un mes odioso, es cada vez más un agosto sin cañas, sin siestas largas y sin lecturas a pierna suelta. Septiembre es un verano salvaje y cabrón que te mete la pierna caliente en la cama en el inicio del año laboral. Esto no es buen tiempo, o clima de transición al otoño, es un calor mulo que se agarra en la nuca y te evapora como ser humano.

    Odio septiembre.

    ¿Y a quién coño le importa?

    Los profes, además, recibimos el horario que va a determinar los siguientes 9 meses, incluido el cabrón de septiembre y parte de octubre. Es el arado que hará surco en los próximos meses. Los que confeccionan los horarios son tan odiados como septiembre. Yo sería jefe de estudios para sentir el poder que temporalmente se me otorga para controlar el tiempo de cientos de personas, de cientos de vapuleados profesores. Solo Dios (en el sentido de Zeus) y el jefe de estudios tienen poder por el hecho de regular el tiempo humano, el tiempo de la vida, ese misterio salvaje que se agarra al corazón hasta que un día, también vapuleado, deja de latir.

    Odio y envidio a los jefes de estudios.

    ¿Y a quién ovarios le importa?

    Martes
    He recibido mi óbolo de tiempo para estos 9 meses que me quedan de curso. Estoy hundido. Es un mal horario. Mis compañeros dicen lo mismo. Es una mierda de horario. Odiamos al pequeño Zeus, zeusillo, que va a determinar la vida en estos 9 meses, incluso este confesionario, que ya no cuajará los viernes sino los jueves, que es el día asignado por dios zeusillo para estar más libre, más libérrimo de carga horaria.

    Estoy hundido.

    ¿Crees que a cualquier trabajador le importan tus cuitas privilegiadas, tus condiciones laborales envidiables y tu puto tiempo exquisito para la práctica de tu inútil literatura?

    Estoy hundido, estoy triste, estoy dolido.

    ¡Buah!

    Miércoles
    He ido a comer donde mis padres y he expresado mi hundimiento, mi tristeza, mi duelo. Mis padres me miran y entiendo su amor de no mandarme a tomar por culo. Mis padres, que no han dejado de currar asumiendo horarios salvajes. Largas jornadas de trabajo, sacrificios sin cuento. Me miran y en su silencio entiendo lo que me quieren significar.

    Mi padre dice: bueno, hombre, no está tan mal, al menos no tienes que ir por la tarde. Los jueves puedes dormir un poco más. Le digo que no me sirve de nada, que yo soy de levantarme pronto, como un pastor, que prefiero entrar todos los días a primera y salir pronto, no al revés, como este puto horario de mierda.

    Mi padre calla. Apenas veíamos al trabajador que era mi padre: se levantaba a las siete de la mañana y volvía muchos días a la una de la noche. Después de 9 o 10 horas de atender en una tienda de ropa, se iba a hacer trajes por encargo para sacarse un sobresueldo y mantener a una larga familia. Nunca recuerdo haberle escuchado quejarse más que una frase que la decía más de forma descriptiva que de queja: «El comercio es muy esclavo».

    Yo no me dedico al comercio.
    Tú te dedicas a la enseñanza.
    Tu padre tenía un horario esclavo.
    Tú no tienes un horario esclavo. No eres mano de obra esclava.

    Jueves
    La furia se amortigua en parte por el silencio de mis padres, dos trabajadores con horario esclavo, y en parte cuando conozco al alumnado con el que voy a hacer surco estos nuevos meses que me restan. Son mi debilidad. Es la parte más importante de este trabajo. El trato con los alumnos. Tener buenos compañeros está bien, pero para mí la clave de un curso es la chavalada, lo que pueda cosechar de ellos en estos nueve meses. Lo que podamos cosechar juntos.

    Son tan frágiles algunos, son tan inocentes que me arrancan vendavales de ternura. Y entonces se me olvidan los horarios, los zeusillos y las miserias blandas de la clase trabajadora docente. Esto lo saben los zeúses que confeccionan los horarios, saben que a algunos nos pierde la ternura y la juegan a su favor y en nuestra contra. También saben que somos animales de severa costumbre, que una vez que hacemos surco dos semanas ya no nos saca de ahí ni Cristo Rey.

    Apencar, no me queda otra.
    Apencar, no te queda otra.

    Arranco en cada clase con una pequeña ópera bufa para captar su atención, postularme como profe guay y para meter mi primer mensaje: el silencio.

    Utilizo el silencio como presentación, lo demoro, lo vuelvo significado, lo hago incómodo. No me conocen, luego no saben si tienen delante un loco o un mudo. Tensión. Risas mordidas.

    Lo voy rompiendo y cuando más o menos ven el plan, pregunto: ¿cuándo ha empezado la clase? La mayoría dice que cuando he empezado a hablar, para eso es una clase de Lengua. ¿Y el silencio? Pues es silencio. ¿No es Lengua? No. Pero tiene significado, ¿no? Sí, yo estaba incómoda. ¿Entonces? No sé. La mierda de la sintaxis esa que habéis dado, o cualquier parte de la gramática, ¿estudia el silencio? Sí (me dice una), porque me obligaban a estar callada (risas). No, no, perdón, profe, no se estudia. Sin embargo, en música el silencio se escribe, tiene notación. En Lengua, no. Es verdad (hay muchos músicos en clase, que simultanean estudios con el conservatorio). Solo hay una parte de la clase de Lengua donde se estudia el silencio: la literatura.

    Silencio.

    En los márgenes de cualquier poema, de los mejores (es decir, de los no olvidados), es donde habita el silencio, un silencio enloquecedor que habla con más fuerza que las palabras que decimos a vivo grito. Leed si queréis el mejor soneto de la literatura española, el de Quevedo (no el cantante), titulado Amor constante más allá de la muerte, y tras el último verso, en los márgenes, habla un silencio atronador, el del cosmos, el del universo todo.

    Silencio fruncido por el ceño.

    Profe, ¿tú a qué hora dejas salir? Bravo, compañera, bravo, un aplauso por la compi, has roto el silencio por la verdadera poesía, la del tiempo fuera del horario, la del tiempo azul de la vida, de vuestra vida, que con el tiempo será oro de recuerdo, pretexto contra el olvido devastador.

    ¿A y 20?

    Claro, a la que tú quieras.

    Viernes
    Ni dios ni Zeus, ni los zeusillos que abusan de nuestro tiempo, podrán contra la alegría de los viernes. Estamos hechos para la libertad del tiempo azul, aunque estemos pensados para el trabajo y el surco del horario laboral. Nadie podrá contra ese primer sorbo de la caña del viernes, que contiene toda la promesa del tiempo libre y azul, por mucho que el camarero repugne de tu alegría burguesa, por mucho que al camarero le quede un fin de semana de trabajo esclavo, mal pagado y sin posibilidad de que los clientes, como sí hacen tus alumnos contigo, esbocen siquiera una media sonrisa.

    Cada uno cuenta su historia según le va.

    Por eso, precisamente, hay historias.