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  • II. La soledad del individuo moral 

    Antonio López Piña

    Kant ha desalojado del templo de la moral a todas las antiguas autoridades y ha dejado al hombre solo en medio de la nave central. Se ha callado la música, no hay libros ni figuras referentes, no hay dónde ni a qué echar mano. 

    Las preguntas acucian al individuo definitivamente libre y le ponen en duda. ¿Soy realmente tan bueno como para no depender de ley alguna? ¿Tengo tanta capacidad como para ser responsable de todos mis actos? 

    Kant no ofrece respuestas que solucionen el problema, lo que ha hecho ha sido establecer unas premisas que configuran una antropología muy honorable: tú, ser humano que piensas, indaga en tu razón porque es ahí donde tienes tu manual de instrucciones para deliberar. Somete el mundo a tu propio juicio. Puedes hacerlo porque eres inteligente y porque solo serás verdaderamente bueno cuando ejerzas tu libertad eligiendo. Ponte en el lugar de cualquier otro, coloca tanto al amigo como al más lejano desconocido en el mismo lugar en el que tú te encuentras y hazlo siempre, en todas las ocasiones, sin descanso nocturno. 

    Este es el espíritu que alienta la fraternidad propia de la ilustración. ¿Qué deseas para tu hermano querido? Espero para él lo mejor y me alegra saber de su dicha y su disfrute. ¿Qué hace a tu hermano ser tu hermano? El vínculo misterioso de la sangre, la vida compartida en virtud de unas circunstancias no elegidas. Todo bien, correcto, pero a partir de ahora el círculo se va a ampliar, se hará universal y se cerrará en los confines del mundo. No será ni la biología ni las contingencias lo que convierta a los demás en hermanos, sino dos factores fundamentales. Por un lado, el hecho de compartir una misma razón que se rige por la lógica de la conservación mutua. Por otro, el deseo voluntario y libre de querer que esto sea así. 

    El individuo racional quiere hacer el bien, necesita hacerlo, no obstante, se siente pequeño frente a un mundo enorme e impredecible. Ya no tiene a quién echarle la culpa por sus errores, pero es precisamente ese vértigo de la libertad responsable el que le coloca de verdad en la vida adulta. 

    El protestantismo había hecho un movimiento parecido casi tres siglos antes. La revolución de Lutero les da valor a los principios de soberanía y autonomía del individuo para interpretar los textos sagrados del cristianismo sin la guía de los padres de la iglesia, sin sacerdotes hermeneutas, sin intermediarios. Al individuo kantiano no lo salva nadie más que su propia acción orientada al bien. 

    Kant es duro y benevolente a la vez. Deja al individuo solo frente al mundo con la responsabilidad de que sea él quien tome las decisiones, pero la corrección, la justicia, la bondad del acto no se medirá de acuerdo a su funcionalidad o pragmatismo. Para Kant la acción no es buena a posteriori, no se convierte en buena a tenor de sus consecuencias, sino que se dirime antes, antes del efecto producido por ella, en el momento mismo de la decisión. Lo único que se le pide al individuo es que cuando decida, lo haga con buena voluntad, de este modo, la decisión tomada con buena intención nace bendecida y no será juzgada sino a priori, en el momento de su propia génesis. 

    Kant piensa que la única y exclusiva cosa que admite siempre más de sí, sin transformarse ni pervertirse, es la buena voluntad. La prudencia es buena, pero en un grado excesivo se convierte en cobardía. La generosidad es buena, pero llevada a su extremo se convierte en dilapidación, el ahorro en ruindad, el comportamiento valiente en temerario. No hay, sin embargo, lado en sombra de la buena voluntad pues la estructura, el logos del mundo concuerda y es coherente con la buena intención. Si la acción o el juicio movido por la buena voluntad se responde con buena voluntad, el universo no sufre ni se quiebra, puesto que no hay razón para la suspicacia, la mentira, el engaño o la trampa. 

    La elegancia de la visión kantiana se asienta en esa acentuación de la mejor de las cualidades que posee el ser humano, y por eso la emplea en su fundamentación del mayor bien susceptible de ser pensado. Tachar a Kant de ingenuo es una manifestación de ignorancia. Él es consciente, claro que lo es, de que la mayoría, si no la totalidad de los actos de las personas se juzgan en función de sus consecuencias. El enriquecimiento de una nación, la felicidad de los ciudadanos, la victoria deportiva en una competición, por ejemplo, son situaciones buenas y deseables. Lo que ocurre es que podrían haberse conseguido por medios inmorales, sacrificando el bien de otros, obrando con mala fe. 

    Un país puede mejorar su economía si explota a una población vecina. Los ciudadanos de una nación pueden ser felices en un territorio construido sobre las ruinas y los cadáveres de antiguos pobladores. El deportista puede llegar antes a la meta si usa métodos ilegales, ayudas no autorizadas. Entiende Kant que la consecución de un objetivo no puede ser tenido, por sí solo, como regla medidora del éxito, pues para conseguirlo, el proceso que se siga debe respetar al otro como a uno mismo. Eso es lo más importante. 

    La consecución del objetivo en y por sí misma no da la medida del bien, como hemos dicho, por eso no puede ser patrón de nada y mucho menos de la moralidad. No es bueno quien consigue sus objetivos, sino aquel que para alcanzarlos (aunque fracase) solo haya empleado medios dignos, es decir, se ha sometido al imperativo categórico, esa máxima que dice “obra de tal modo que quieras que tu comportamiento sea tenido por norma de conducta universal”. 

    Es por eso que la peor de las conductas posibles es aquella que logra sus objetivos traicionando la buena fe del que no desconfió, no fue suspicaz o no anticipó una maldad posible.