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  • Un hueco inesperado

    Antonio López Piña

    Amigo, estás sentado frente al mar. Piensas que esta de ahora debería ser la temperatura del mundo. Podrías vivir a esa temperatura el resto de tu vida. Una brisa suave, unas suaves olas, un sol suave. Ni calor ni frío, ausencia de demandas a tu cuerpo, el punto de la desaparición física, la cota cero. Vivir es todo afuera. Eres un observador que no se observa a sí mismo. Qué descanso de ti, qué libertad de gozador ausente. Piensas en la naturaleza como una inmensa máquina que sabe lo que hacer en todos los momentos. Piensas que en la naturaleza no existe la duda. Todo avanza sin vacilación, sin titubeo, sin presión por conseguir un resultado, solo reaccionando a una causa anterior. Ahora que eres pensamiento puro extraes un elemento y lo combinas con otros. Te fijas en el viento. El viento se viste siempre con ropajes prestados. Te suena bonito, deberías escribirlo en algún sitio. Deberías haber sido un grafitero heterodoxo que aprendió a tirar de espray y dejó en los muros gastados, en los hormigones de los puentes sus poéticas frases. Miras el viento existir gracias a la piel del mar. Justo detrás de ti ves moverse las hojas de los árboles que recogen la presencia de ese animal sordo y ciego que silba y se aparece solamente en lo otro. Miras a una pequeña ave sostenida sobre una colosal transparencia y piensas en el mágico equilibrio que se da ante tus ojos. El ave se mantiene apoyada en el aire y suelta cuando quiere y cuando quiere entra con su flecha en el agua. Pesca a contraviento, pesca a contramar y a contrapeces. Cuando pesca. Se tira varias veces y no obtiene partido. La naturaleza contempla con desidia el tiempo y los acontecimientos transcurridos pues todos le son equivalentes. El ave insiste infructuosa y a la naturaleza le dan lo mismo todas las intenciones, todos los resultados porque sabe que igual seguirá con lo que venga, que nada necesita pues es exactamente en todas las formas susceptibles. El ave persevera en su afán mientras que tú percibes su incipiente fracaso. Insiste y sigue. Insiste y falla, feroz agotamiento. También naturaleza, como igual lo sería su muerte o su victoria. El ave quizá se ha golpeado o puede que haya tragado mucha agua. Imaginas respuestas en tu ignorancia, lanzas interpretaciones equivocadas. Eres algo más que solamente naturaleza, porque dudas. Tú sí dudas, para ti no todo resulta equivalente. Ves que el ave aletea sobre la superficie de las olas. La naturaleza mira neutral, indiferente o ni siquiera mira porque únicamente entiende de transformaciones, no de muerte. Tú sí entiendes de muerte, tú sientes un extraño dolor por algo que hasta entonces funcionaba sin requerir tu ayuda. No puedes llamarle transcurrir al sufrimiento ajeno. Te haces cargo y desordenas un curso que también cabe en lo posible. Te levantas, poeta de las frases nunca escritas. Te metes en un agua movida por el viento, movida por sus propios motores invisibles. Caminas sobre rocas, confrontas olas breves, para ti inofensivas. El ave pequeñísima casi ha dejado de aletear. La extraes del hostil medio, tus manos la tienen con cuidado por encima del mar y por encima del enemigo que antes no lo fuera. La llevas a la orilla, la rodeas de sombra lejos de la espuma. La miras. Esperas. Ignoras. Dudas, hombre. El ave recupera un leve movimiento. Te apartas, dejas aire, dejas sol, dejas tiempo. Se recompone el ave levemente, tartamudea el paso, despliega las alas con torpeza, choca, se retoma y alza el vuelo. Vence la naturaleza como vence igualmente con todo lo que pase, pero durante unos segundos has abierto en el mundo un hueco inesperado. Has trastocado el final previsto con algo que sin ti no habría existido. Levántate a buscar una pared en ruinas, saca tus aerosoles y escribe en letras de brillo figurado: Naturaleza, yo vengo a restaurar tu vacío indolente con mi dolor humano, con mi mano de amor.