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  • Lógica del lenguaje operativo

    Antonio López Piña

    Nuestra interpretación del mundo es más operativa cuanto más se aproxima al orden que rige el universo. 

    El mundo al que nos referimos es la naturaleza. 

    El universo al que nos referimos es la naturaleza.

    La naturaleza puede funcionar perfectamente sin nuestro concurso.

    La naturaleza se rige por un orden preexistente a nuestra interpretación. 

    Los primeros filósofos llamaron logos a ese orden interno que sirve de libro de instrucciones a la naturaleza.

    El logos de la naturaleza opera en unos parámetros susceptibles de ser conocidos por la mente humana. 

    La mente humana tiene la capacidad de exigirse a sí misma un esquema riguroso de funcionamiento que se llama lógica.

    La lógica se da en toda aquella aseveración que no incurre en contradicciones. 

    Una contradicción emerge cuando afirmamos una cosa y la negamos al mismo tiempo. 

    Cuando nuestras afirmaciones se contradicen, se distancian del logos, del orden de la naturaleza, por lo que dejan de ser operativas en ese campo. 

    Podemos enunciar, no obstante, sentencias carentes de lógica, pero estarán lejos de darnos capacidad de actuar de manera efectiva sobre el orden de la naturaleza. 

    En el pensamiento filosófico, en la ciencia y en el bien, toda contradicción puesta de relieve se convierte en una vía muerta que nos obliga a retroceder y buscar otro camino. 

    Cuando afirmamos algo que se parece al orden lógico con el que actúa la naturaleza estamos diciendo algo parecido a una verdad. 

    La verdad es más operativa que la mentira porque se aproxima más a la estructura de la naturaleza. 

    La verdad es más autónoma que la mentira. 

    La verdad puede existir sin necesidad de una mentira.

    La mentira, en cambio, solo puede darse en contraposición y coexistencia con una verdad. 

    La mentira es más costosa y menos funcional que la verdad.

    La mentira necesita ser construida y sostenida al mismo tiempo que se recuerda la verdad.

    La mentira no es lo mismo que el error. 

    El error, a efectos ontológicos para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    El error solo sale a la luz a medida que vamos desvelando y aproximándonos a la verdad. 

    El error, a efectos morales para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    En el error no cabe la mala fe.

    El error se fundamenta en una libertad ejercida con buena voluntad.

    La historia del conocimiento es la historia del pulimiento y merma del error. 

    La verdad absoluta tiene una silueta que coincide absoluta y exactamente con el perfil del orden de la naturaleza. 

    La verdad es el logos dicho con una voz humana. 

    La mente humana tiene también la capacidad de actuar siguiendo un esquema de funcionamiento menos riguroso que el de la lógica.

    Este esquema de funcionamiento se sostiene sobre la contradicción. 

    El descubrimiento o demostración de la contradicción invalida moral y operativamente los juicios en los que se sostiene.

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción aspiraba hasta entonces a pertenecer a la categoría de verdad. 

    Toda verdad lo es porque ha constituido, hasta el momento de ser advertida su contradicción, el horizonte explicativo de la realidad. 

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción se convierte, a partir de ese momento, en un error. Nunca antes.

    Es falso que la persistencia en la defensa de postulados contradictorios, y por tanto contrarios a toda lógica, pueda seguir denominándose error. 

    Quien, tras demostrarse contradictorios los postulados que exponía, insiste en defenderlos, transforma el error en mentira. 

    La mentira, lo es por tener menor capacidad operativa que los postulados no contradictorios. 

    Si el mentiroso no descabalga de sus postulados falaces y sigue empleándolos como si fueran verdaderos, entonces quiere decir que ha trascendido el orden de la lógica. 

    Los moralistas, cuando se da esta circunstancia, se escandalizan porque no admiten que se pueda ser riguroso, digno y bueno si se obra con tan mala fe. 

    Los idealistas pecan de extrema ingenuidad moral cuando no son capaces de diferenciar el ser del deber ser. 

    El mentiroso que mantiene sus postulados tras la demostración evidente de la contradicción en que incurren, puede no tener como objetivo el querer ser riguroso, ni digno ni bueno. 

    El paso siguiente a mostrarse insumiso frente a la fuerza ordenadora de la lógica consiste en asumir sin pudor, e incluso con orgullo, el ser llamado indigno, malvado o mentiroso o genocida.

    Cuando la vergüenza pública, la decencia o la mínima apelación a la humanidad no funcionan como frenos en su comportamiento, entonces hay que interpretar que el individuo está obrando de mala fe y que no está dispuesto a avenirse a razones lógicas. 

    Quien desarrolla esta práctica malintencionada opera de tal modo que la argumentación bien formulada, tendente al bien y la concordia, le es completamente indiferente.  

    Si dicho patrón no varía tras demostrarle de la manera más educada su manifiesto desacierto, el error será seguir insistiendo en la vía racional, que para él es lo mismo que decir la vía irrisoria, ridícula y vana. 

    El mentiroso pertinaz está en disposición de conquistar y apisonar todos los terrenos sin conciencia de culpa o remordimiento alguno.

    Frente a ello, cabe escandalizarse, llorar, lamentarse amargamente porque el mundo no es tan bondadoso como debería o comprender la situación en su complejidad y aplicarle la inapelable fuerza de un lenguaje menos racional y extraordinariamente operativo que no tendrá que esforzarse mucho en entender.