III.  La salida intermedia: el puritanismo de la inacción

Antonio López Piña

Para Kant, en términos intelectuales y mientras está fundamentando su edificio moral, vale con que la acción esté motivada por la buena voluntad, lo cual, de alguna manera detiene la responsabilidad ética en el momento de la toma de decisión. Esta circunstancia pasa por alto el principio de realidad que sostendrán Hegel y los vitalistas (Heidegger, Nietzsche, Ortega), entre otros. Estos filósofos defienden que las decisiones de cualquier ser humano son tomadas indefectiblemente en el marco de la vida, única e inapelable realidad,  y en la vida, las decisiones tomadas conllevan siempre consecuencias. 

El individuo moral quiere actuar con buena intención tal como propone Kant, puesto que ese es su deber, su máximo deber como ser autónomo y libre, pero eso no es tan fácil. Valdría con la buena intención si la vida (ese sitio real, donde efectivamente vivimos) no rindiera cuentas de los actos realizados. El médico obró con buena voluntad, pero con poca pericia, lo que acarreó finalmente unas consecuencias catastróficas.  

Sobre el individuo real se ciernen dos problemas. Por un lado, en cada decisión moral, se siente responsable del bienestar ajeno, que también es el suyo. Tiene que calcular el impacto global de su acción, ya que sobre su conciencia recaerá el hecho de ser el representante del «hombre universal» en cada momento. Por otro lado, la vida no se detiene en el instante mágico en que se toma la decisión bienintencionada.

La razón, ante la complejidad de las situaciones cotidianas y sus ineludibles consecuencias (no en la teoría ideal, sí en la vida real) le empieza a recomendar prudencia y moderación en las decisiones, puesto que actuar es comprometerse éticamente.

La responsabilidad llevada hasta el extremo en este momento juega en un marco de perfección que sobrecoge al individuo, pero a diferencia de lo que ocurría en el cristianismo, no le ofrece una herramienta de redención. A la absoluta responsabilidad le empieza a acompañar una cautela cada vez mayor.

El individuo está atrapado en una encrucijada angustiosa y sin aparente salida, pues el deber moral, tan bondadoso y coherente a largo plazo contrasta con el juicio inmediato y civil por las consecuencias que de él se derivan.

El individuo heroico y valiente de la teoría kantiana se convierte en un puritano que extrema la cautela y evita los riesgos con tal de quedarse siempre en el limbo anterior a la consecuencia. Lo que ocurre es que a esa acción desencadenante solo se la puede combatir de manera efectiva de un modo: evitando la toma de decisión. El peso de la responsabilidad, el miedo a unas consecuencias vinculantes e impredecibles ( bien que tomadas con buena voluntad) hace que el individuo se acobarde y vaya evitando decidir.

El individuo moral kantiano prefiere no equivocarse, y para ello minimizará el encuentro con la toma de decisiones. En lugar de priorizar el bien comienza a darle más importancia a «evitar el mal». No ser malo se convierte en más importante, en más seguro y garantista, que ser efectiva y comprometidamente bueno. El peso enorme de la responsabilidad hace que el individuo desvíe la trayectoria de la decisión, se ponga a la sombra y deje que sean «las circunstancias» o el «destino» quienes tomen las decisiones por él.

Este individuo, que ha comprendido el planteamiento kantiano y que quiere ser bueno, no puede estar satisfecho ni contento cuando se refugia en esta cueva. La plenitud humana (que se consuma en cada decisión valiente y universalizable, pero que va seguida de un riesgo impredecible que no admite marcha atrás), se disipa. El individuo se echa a un lado y camina con la máxima precaución por el borde para garantizarse no pisar charcos, para no meterse en problemas. 

Este comportamiento, en última instancia, permite al individuo abordar la vida sin brillo, pero sin perder tampoco (en el rigor de los términos) su calidad moral, pues técnicamente no está decidiendo y por tanto, tampoco está decidiendo mal.

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