Autor: jmarrod147

  • Lógica del lenguaje operativo

    Antonio López Piña

    Nuestra interpretación del mundo es más operativa cuanto más se aproxima al orden que rige el universo. 

    El mundo al que nos referimos es la naturaleza. 

    El universo al que nos referimos es la naturaleza.

    La naturaleza puede funcionar perfectamente sin nuestro concurso.

    La naturaleza se rige por un orden preexistente a nuestra interpretación. 

    Los primeros filósofos llamaron logos a ese orden interno que sirve de libro de instrucciones a la naturaleza.

    El logos de la naturaleza opera en unos parámetros susceptibles de ser conocidos por la mente humana. 

    La mente humana tiene la capacidad de exigirse a sí misma un esquema riguroso de funcionamiento que se llama lógica.

    La lógica se da en toda aquella aseveración que no incurre en contradicciones. 

    Una contradicción emerge cuando afirmamos una cosa y la negamos al mismo tiempo. 

    Cuando nuestras afirmaciones se contradicen, se distancian del logos, del orden de la naturaleza, por lo que dejan de ser operativas en ese campo. 

    Podemos enunciar, no obstante, sentencias carentes de lógica, pero estarán lejos de darnos capacidad de actuar de manera efectiva sobre el orden de la naturaleza. 

    En el pensamiento filosófico, en la ciencia y en el bien, toda contradicción puesta de relieve se convierte en una vía muerta que nos obliga a retroceder y buscar otro camino. 

    Cuando afirmamos algo que se parece al orden lógico con el que actúa la naturaleza estamos diciendo algo parecido a una verdad. 

    La verdad es más operativa que la mentira porque se aproxima más a la estructura de la naturaleza. 

    La verdad es más autónoma que la mentira. 

    La verdad puede existir sin necesidad de una mentira.

    La mentira, en cambio, solo puede darse en contraposición y coexistencia con una verdad. 

    La mentira es más costosa y menos funcional que la verdad.

    La mentira necesita ser construida y sostenida al mismo tiempo que se recuerda la verdad.

    La mentira no es lo mismo que el error. 

    El error, a efectos ontológicos para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    El error solo sale a la luz a medida que vamos desvelando y aproximándonos a la verdad. 

    El error, a efectos morales para el ser humano, funciona igual que la verdad. 

    En el error no cabe la mala fe.

    El error se fundamenta en una libertad ejercida con buena voluntad.

    La historia del conocimiento es la historia del pulimiento y merma del error. 

    La verdad absoluta tiene una silueta que coincide absoluta y exactamente con el perfil del orden de la naturaleza. 

    La verdad es el logos dicho con una voz humana. 

    La mente humana tiene también la capacidad de actuar siguiendo un esquema de funcionamiento menos riguroso que el de la lógica.

    Este esquema de funcionamiento se sostiene sobre la contradicción. 

    El descubrimiento o demostración de la contradicción invalida moral y operativamente los juicios en los que se sostiene.

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción aspiraba hasta entonces a pertenecer a la categoría de verdad. 

    Toda verdad lo es porque ha constituido, hasta el momento de ser advertida su contradicción, el horizonte explicativo de la realidad. 

    El postulado que es desestimado por incurrir en una contradicción se convierte, a partir de ese momento, en un error. Nunca antes.

    Es falso que la persistencia en la defensa de postulados contradictorios, y por tanto contrarios a toda lógica, pueda seguir denominándose error. 

    Quien, tras demostrarse contradictorios los postulados que exponía, insiste en defenderlos, transforma el error en mentira. 

    La mentira, lo es por tener menor capacidad operativa que los postulados no contradictorios. 

    Si el mentiroso no descabalga de sus postulados falaces y sigue empleándolos como si fueran verdaderos, entonces quiere decir que ha trascendido el orden de la lógica. 

    Los moralistas, cuando se da esta circunstancia, se escandalizan porque no admiten que se pueda ser riguroso, digno y bueno si se obra con tan mala fe. 

    Los idealistas pecan de extrema ingenuidad moral cuando no son capaces de diferenciar el ser del deber ser. 

    El mentiroso que mantiene sus postulados tras la demostración evidente de la contradicción en que incurren, puede no tener como objetivo el querer ser riguroso, ni digno ni bueno. 

    El paso siguiente a mostrarse insumiso frente a la fuerza ordenadora de la lógica consiste en asumir sin pudor, e incluso con orgullo, el ser llamado indigno, malvado o mentiroso o genocida.

    Cuando la vergüenza pública, la decencia o la mínima apelación a la humanidad no funcionan como frenos en su comportamiento, entonces hay que interpretar que el individuo está obrando de mala fe y que no está dispuesto a avenirse a razones lógicas. 

    Quien desarrolla esta práctica malintencionada opera de tal modo que la argumentación bien formulada, tendente al bien y la concordia, le es completamente indiferente.  

    Si dicho patrón no varía tras demostrarle de la manera más educada su manifiesto desacierto, el error será seguir insistiendo en la vía racional, que para él es lo mismo que decir la vía irrisoria, ridícula y vana. 

    El mentiroso pertinaz está en disposición de conquistar y apisonar todos los terrenos sin conciencia de culpa o remordimiento alguno.

    Frente a ello, cabe escandalizarse, llorar, lamentarse amargamente porque el mundo no es tan bondadoso como debería o comprender la situación en su complejidad y aplicarle la inapelable fuerza de un lenguaje menos racional y extraordinariamente operativo que no tendrá que esforzarse mucho en entender.

  • Semana VI (del 4 al 11 de octubre)

    Jose Aurelio Martín

    Sábado

    Que los fines de semana no nos salpique la realidad, por favor, que los fines de semana, la aristocracia obrera (los que no trabajan el finde y tienen medianas condiciones laborales) goce del ocio puro, del cine, del teatro y de una buena comida.

    Hoy sábado es ocio puro y hay una manifestación que recorre el país en nombre de la vivienda digna. Nos encontramos en el espacio público y hablamos de lo intolerable que se ha vuelto la situación para cualquiera, estés donde estés en la cadena social, salvo si tu familia obtiene rentas de varios inmuebles, entonces no saldrás a la calle porque creerás que eso no es que vaya contigo, es que va contra ti. Aunque tengas una plaza de garaje que alquilas por 120 pavos al mes. Incluso así cabes en la palabra propietario, como bien te ha hecho creer el poder, el gran poder.

    Un ministro del franquismo quiso fomentar la propiedad con una frase ingeniosa: vamos a crear un país de propietarios, no de proletarios. Trazar esa raya fue muy inteligente para desmovilizar un posible levantamiento popular cuando el franquismo diera sus últimos coletazos. Pero el franquismo tardó en morir si es que ha muerto, a la luz de las encuestas sobre intención de voto.

    Todavía en la cama, un sábado, permitiéndome media hora de pereza y, sin querer, se me cuela la realidad, la puta realidad. Escucho en la radio el testimonio de Olga, una mujer con dos hijas, de mediana edad y amenazada desde el 2010 por el cáncer del desahucio. Su marido no le pasaba pensión, perdió el curro precario que tenía y la mujer tuvo que pelear en la mierda, porque tratar con bancos, burocracia y caseros es chapotear en el fango, hasta que se cansó y se vio obligada, a pesar de sus hijas pequeñas, a quitarse la vida.

    Olga contaba, y lo escucho en mi cama de pereza, previamente a un desayuno alegre de luz matinal, que el psicólogo al que había visitado ocasionalmente cuando le tocó la cita le dijo que tenía un cuadro de ansiedad y depresión vinculado a su situación socio-económica. Dice Olga, tócate, una carrera para decirme eso. A mí me parece de una crueldad infinita, con lo fácil que hubiera sido ponerlo al revés, es decir, usted tiene un cuadro socio-económico intolerable y, en consecuencia, tiene ansiedad y depresión. Si le hubiera dicho eso, si los psicólogos empiezan a poner las cosas importantes primero, a lo mejor la receta quedaría más clara: reformar inmediatamente la realidad socio-económica, sostenida por la ley y protegida por la violencia (fuerza legítima) de los antidisturbios, dos poderosas herramientas del Estado.

    Basta ya de que los psicólogos apunten al individuo como causa y solución de sus males, que no son propios, son sociales, económicos en la mayoría de los casos. Las soluciones individuales, cuando los problemas son sociales, son un parche, un remiendo que va a reventar de forma inevitable. En el caso de Olga, que se mató cuando ya había entendido que la sociedad (en concreto los buitres: bancos y leyes injustas) la habían asesinado. Con Olga se pone de manifiesto el triunfo absoluto de los buitres: conseguir que sea el individuo el que se mate, y no que tengan que matarles ellos, con lo escandalosa que es la sangre y los crímenes.

    El sábado, este sábado, se ha salpicado de impureza y la tostada con jamón y aceite no me ha entrado con la luz habitual del Atlántico los sábados matinales y puros. Cuánta impureza.

    Domingo

    Obligo a que el domingo sea una tregua, a que el tiempo detenga sus caballos. Procuro estirar cada momento dominical, la cama perezosa, el desayuno profundo, la lectura larga, el comentario de mi turra dominical que envío a amigos y conocidos, la caña refrescante, la comida demorada, la sobremesa conversadora, la siesta que permite algún sueño…, todo por no pensar, por no querer pensar que mañana el presidente del gobierno va a convocar elecciones y que me gustaría desaparecer durante dos meses de aquí, de escuchar monstruosidades, de leer publicaciones envenenadas que replican personas que quiero, o peor, antiguos alumnos que conservo en las redes y que se dejan llevar por todos los cantos de sirena ignorando, como yo les había contado en clase, que Ulises tuvo la fortaleza, la determinación de evitarlos porque sabía que en ello se le iba la vida.

    Es muy doloroso leer en perfiles de alumnos cosas negras del tamaño del miedo, descomunales.

    Por la tarde, cuando el sol declina y anuncia la tormenta del lunes, suenan los primeros tambores. Leo en el canal de wasap de ELPAÍS que el presidente mañana saldrá a dar la noticia. Me retuerzo, el tiempo se me ha escurrido otra vez entre los dedos, ya no lo cojo, otra vez se me ha escapado y me lleva directamente al lunes, al más impuro de los días de la semana.

    Miércoles

    Hoy es fiesta local en Cádiz, la Stma. Virgen del Rosario. Cuando trabajaba fuera de Cádiz, en Medina, me daba mucho coraje este día; hoy que trabajo aquí, en la ciudad, soy devoto del Rosario. Así de fácil me vendo, por un día feriado, lo dé quien lo dé.

    Hay un difícil encaje cuando hay fiesta local, hay un desajuste que puede ser placentero si piensas que, en un día rutinario para el mundo, tú eres una burbujita de paz en el universo porque Dios ha querido que hoy se celebre a su Stma. Virgen del Rosario. Da una extraña fruición.

    Pero esa pureza pretendida empieza, otra vez, a mancharse. Voy al gym, tengo clase de canto y asisto a una asamblea política. La santísima Virgen del Rosario se ha salpicado del estiércol de cualquier miércoles.

    Y llega la puntilla: ha muerto Maricarmen. La mujer símbolo que ha sacado a mucha gente del sofá y de Netflix. A mucha gente joven. Parece que esta temporada de España está siendo interesante, muchos giros de guion, tantos que cuesta asimilarlos. Los primeros titulares me dejan pensando, «Ha muerto Maricarmen». No hacía falta más, todos reconocemos ese nombre que se había convertido en símbolo. Su muerte, en cambio, la volvió a convertir en cuerpo. Sus cenizas la lanzarán, de nuevo, al Olimpo de los símbolos y su nombre se quemará en la larga campaña electoral que nos queda y a la que no voy a poder evitar huyendo.

    Escribo en los estados, «si a Maricarmen no la hubieran desahuciado, ¿hoy seguiría viva? Me resisto a decir que ha muerto: la han matado. Sí, Urbagestión (los buitres) y la ley». Son líneas escritas al calor, y ya sabemos que el fuego deslumbra mucho, fascina y destruye a partes iguales. Observo que el personal y algunos periodistas están incómodos al decir, «Ha muerto Maricarmen». En el fondo todos sabemos quién la ha matado. En algunos titulares hay síntomas de que el titular objetivo no funciona del todo: «Maricarmen ha muerto desahuciada». Ya no es lo mismo. Las palabras tienen sentido si consuenan con la verdad del mundo. Las palabras siempre se abren camino a pesar de todo, y por tanto «Maricarmen ha muerto, pero desahuciada». No podemos decir que Urbagestión y la ley han asesinado a Maricarmen. No podemos decir que la situación socio-económica, protegida por la ley y la fuerza, mató a Olga. No podemos, pero tampoco podemos jugar las palabras en favor de los responsables más inmediatos de estas dos muertes. No debemos, si no queremos caer en la telaraña.

    Si no podemos todavía expresar lo que todos pensamos, habrá que convertir las palabras en síntomas, sembrar dudas sobre lo difícil que lo tienen algunas palabras (en los discursos concretos) por abrir brecha hacia la luz. La prensa extranjera lo sintomatiza, The New York Times, «Maricarmen, cuyo desahucio indignó a los españoles, muere sin llegar a volver a casa»; el diario argentino Clarín también, «La muerte de Maricarmen, la mártir de los inquilinos que reclaman por una vivienda digna…» Estos titulares se rebelan contra el titular informativo y aparentemente neutro: «Ha muerto Maricarmen». Las palabras siempre se orientan hacia la luz, hacia la verdad que consuena con el mundo. Siempre.

    Rafael Alberti escribió su poemario negro y surrealista en 1929, en pleno crack, al que tituló «Sobre los ángeles». El poeta crea el ángel negro, el ángel de la sombra, el ángel malo. Cuatro versos de un poema titulado «Desahucio» los aprovechó Ana Belén para dar ánimos antes del desahucio de Maricarmen: «Sola,/ sin muebles y sin alcobas,/ deshabitada», pero el poema sigue:

    Te pregunto:

    ¿cuándo abandonas la casa,

    dime,

    qué ángeles malos, crueles,

    quieren de nuevo alquilarla?

    Dímelo.

    Los ángeles malos, los buitres, han matado a Maricarmen y han suicidado a Olga, y no puedo decirlo, no podemos decirlo, hasta que esa luz que consuena con la verdad del mundo se abra paso, cedan las sombras, y la realidad duela como el acero de la espada.

  • Carta a Clara Campoamor

    María Eugenia de la Cruz Palacios

    Queridísima Clara Campoamor:

    Me gusta imaginarte sentada a tu mesa, esa de estilo neorrenacentista, de roble, con las patas torneadas en forma de columna y el borde tallado con hojas. Otros intelectuales perdieron sus bibliotecas, en cambio tú conseguiste llevarte tu pesada mesa al exilio, hasta Lausana, a pesar de las penurias de tu huida. Fue tu refugio, el lugar donde escribiste tus cartas nostálgicas y tus memorias políticas. Quiero tranquilizarte: hoy tu mesa está guardada en el Congreso de los Diputados. Sé lo importante que era para ti, y por eso quería que lo supieras.

    Tengo que confesarte algo. Ante las últimas elecciones generales estaba muy enfadada. Te busqué días antes y estuvimos conversando a través de tus textos. Quería agarrarme a una frase tuya, a un párrafo, a cualquier cosa que le diera sentido a mi voto, porque no había un solo partido, del signo que fuera, que no estuviera instrumentalizando el voto de las mujeres. No estaba dispuesta a seguir rogándole nuestros derechos a un gobierno progresista en el que habíamos depositado nuestra confianza, convencidas de que tras aquel emblemático 8M de 2018 nuestras demandas más urgentes serían, por fin, escuchadas. Pasó todo lo contrario.

    Y tampoco en ti encontré ese párrafo mediador. Encontré a una mujer valiente, valerosa y digna, fiel hasta el final a su conciencia liberal por encima de cualquier consigna. Una mujer incómoda, cuyas reivindicaciones traían polémicas y problemas. Una mujer tan asqueada y tan aburrida como yo, o más, y con muchos más motivos que los míos. ¡Qué inmenso motivo, el voto femenino! Vi también que en tus obras no había más interés que la verdad, aun sabiendo que la verdad no te granjearía amistades en el franquismo (tampoco las deseabas) ni la simpatía de los tuyos, que te veían como una traidora. Te encontré sola y rechazada, abandonada y olvidada. Y se me encogió el corazón, Clara.

    Porque tu trayectoria no es una página cerrada de la Segunda República. Es el prólogo exacto del desierto que hoy habitamos. La descomposición de la legalidad institucional republicana que tú presenciaste tiene su réplica en una izquierda contemporánea completamente vendida al neoliberalismo y al capitalismo más feroz. Ha canjeado la defensa de lo público y del movimiento obrero por retóricas de consumo y subjetividades sentidas, y en ese cambio la categoría “mujer” como sujeto político desaparece y nuestros derechos retroceden. Nos cancelan, nos vetan, nos expulsan de universidades e instituciones. Y lo que más me duele es que esta fractura es el drama de toda una generación de mujeres brillantes, cultas y comprometidas que uníamos fuerza en la lucha porque aquello que nos une es mucho más que lo que nos separa. Ya lo advertías tú en las Cortes, que dejar al margen los derechos fundamentales por cálculos electoralistas era un billete hacia la ruina institucional.

    “No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer”.

    Y en tus cartas, al comienzo de la guerra, describías la asfixia del sectarismo: “quienes estaban fuera eran considerados fascistas y quienes estaban dentro apenas podían abandonarlo sin sufrir graves consecuencias”. ¿Te suena, verdad? A mí me suena demasiado.

    Duele ver cómo una izquierda autoritaria nos echa encima el odio como único argumento, cuando la realidad es la misma de antaño, Clara. Las mujeres seguimos sosteniendo el Estado, haciéndole gratis los cuidados de pequeños, de mayores, de dependientes. Seguimos siendo mayoría en la gestión de las agendas médicas y de las compras semanales de las familias. Encabezamos los índices de pobreza, porque reducimos nuestras jornadas laborales a costa de nuestros ahorros y de nuestras posibilidades futuras de generar riqueza.

    Los hombres siguen definiendo los protocolos médicos y los diagnósticos, y no nos creen cuando les hablamos de nuestros síntomas. Hace meses que las farmacias andan desabastecidas de los tratamientos hormonales que necesitamos. Y si todavía cabe más terror, nos prostituyen, nos violan y nos matan. A diario. Nuestras parejas, nuestras exparejas, los puteros o cualquier machista que tengamos la desgracia de cruzarnos. A diario, Clara. Y nadie hace nada.

    Y ante semejante panorama, resulta que la culpa es nuestra, de nuestra histeria por criticar a la progresía, igual que en 1933 fue culpa de aquellas mujeres que votaron por primera vez, que ahora estemos en el albor de un tiempo oscuro. Como si no supiéramos que seremos las primeras en caer cuando lleguen las bestias. ¿Verdad que lo sabemos, Clara?

    Aquí las formas se han sofisticado con el avance tecnológico. Una señora muy rica llamada Erika Kirk, titulada universitaria ella, que ha tomado el control de los negocios de su difunto marido, nos habla desde Estados Unidos para proponernos a las mujeres que sustituyamos el sufragio femenino individual por un sistema de “voto por hogar” ejercido por el varón. Cuenta, además, con la complicidad de figuras afines al movimiento tradwife (amas de casa tradicionales) como Savanna Faith Stone.

    En España tenemos nuestras propias copias de Erika y también una legión de amas de casa decorando sus hogares y cocinando pasteles, como si esa vida abundante no costase dinero. Ni siquiera hace falta abolir el voto o cualquier otra ley: basta con no dotar de presupuesto ni de recursos a ninguno de nuestros avances legales y sociales hasta darlos por perdidos. Pero lo más inquietante, Clara, es que a la inmensa mayoría de las mujeres les parece una gran idea. Estamos tan agotadas, tan sobrepasadas y tan hartas, que la sola posibilidad de que alguien tome el volante para dejar de sostener nosotras el mundo resulta arrolladoramente seductora. Viene envuelto en el relato de una renuncia voluntaria que rescata los roles de género tradicionales bajo un lenguaje moderno de desarrollo personal y relaciones de pareja: el hombre proveedor, responsable único o principal de los ingresos del hogar, no por obligación sino por el deseo de cuidar y consentir a su pareja; y la mujer “de alto valor” tal como aquella del nacionalcatolicismo, que cultiva la empatía, la elegancia, la maternidad y la creación de un hogar armonioso, el ancla emocional del hombre y de la familia. ¡Es todo tan cruel, Clara! Los hombres educados y aferrados a esa idea de éxito y de ascenso social a través del dinero y las mujeres educadas en buscar a alguien que les proporcione y financie una vida. ¿No es la socialización de género el primer acto de violencia contra nosotras, pero también contra ellos? Y en medio, un ascensor social averiado desde hace ya demasiado tiempo.

    Porque has de saber, Clara, que toda esta desprotección tiene su expresión máxima en la vivienda. Se ha blindado como un activo financiero para los fondos buitre, y la especulación provoca desahucios a diario, convirtiendo el derecho a un hogar seguro en un bien de lujo inalcanzable. Ayer mismo, las fuerzas de la derecha y del rentismo tumbaron los decretos de vivienda del Gobierno. Nos afecta a todos, pero más aún a las madres solas, a las trabajadoras precarias de los cuidados y a las mujeres atrapadas en situaciones de violencia vicaria o de género que no pueden huir porque el mercado inmobiliario les niega un techo. Imagínate, un techo.

    Tú te exiliaste por motivos políticos y sabes mejor que nadie lo que es vivir “con las raíces cortadas”. Así iba a llamarse ese último libro que no pudiste terminar. Las migraciones se siguen dando, solo que ahora es el sistema el que mercantiliza la existencia, y lo que empuja a la gente a irse es la esperanza de una vida mejor. La crisis humanitaria de Ceuta es terrible, con miles de personas malviviendo al raso en chabolas de cañas en las playas. Y como siempre ocurre en las fronteras y en los conflictos bélicos, las mujeres y las niñas cruzan en una vulnerabilidad extrema, expuestas a las redes de trata, a la violencia sexual y a la explotación laboral en los márgenes más oscuros de nuestra economía capitalista.

    Te sigo imaginando en tu mesa, leyendo mi carta, triste pero asintiendo a la vez, comprendiendo, uniendo cabos. Esa mesa representa tu ascenso social de costurera a abogada y congresista, la prueba de tu importancia intelectual en la defensa de los derechos de la mujer, y el lugar donde tu identidad, tejida de escritura y de derecho, tomaba cuerpo. Tú querías que las mujeres votáramos anteponiendo nuestro derecho biológico y político a los resultados, y a si teníamos o no la preparación política adecuada. Lo dijiste sin rodeos:

    “¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad?”.

    Así que aquí estamos, Clara, intentando reconducirnos en medio del sinsentido. Desde aquellas últimas elecciones generales en las que no le encontraba sentido a mi voto, mi objetivo, nuestro objetivo, es defenderlo. Tenemos que aspirar a tener una mesa como la tuya, que nos permita crear y ascender, elevar el debate y que las decisiones se tomen desde la intelectualidad y la memoria histórica. Quiero seguir siendo una ciudadana con voz, quiero seguir reconociéndome como mujer con derechos, y no voy a rogarle a nadie por ellos ni a suplicar que me escuchen. El voto por el que tú luchaste es la palanca que nos impulsa. Aunque nadie lo explica mejor que tú:

    “La mujer no se resigna, se rebela, se revuelve. Siempre. Y cuando todo parece perdido, cree en lo inesperado, cree en el milagro. Digámoslo concretamente: cree en sí misma”.

    Y con la firmeza que nos legaste, me despido por hoy.

    Te pienso mucho, Clara. Hasta pronto.

    María Eugenia es una señora de casi 50 años en conflicto con la razón y la pasión. Escribe para comprender y ser comprendida.

  • Esa es la cuestión

    Antonio López Piña

    Amigo, llevas ya hoy muchas horas de clase. Te toca ahora con el curso en el que hay un grupito de cuatro alumnos que no paran de hablar en toda la hora. No participan, no responden a tus preguntas, no plantean cuestiones, no leen los documentos que cuelgas en la plataforma, no hacen la tarea, no estudian para los exámenes, no presentan los trabajos a tiempo, no dejan de interrumpir. Son tenaces en su persistencia. No están ya en un curso obligatorio, podrían faltar a clase si quisieran, pero no, se toman la asistencia en serio. Llegan con rigurosa puntualidad a clase. Sabes que su comportamiento no forma parte de una confabulación contra ti ni contra tu asignatura, eso por lo menos te otorgaría cierta jerarquía, una diferencia de grado que al menos revelaría alguna lógica. Su comportamiento es absurdo porque no busca ningún fin. A veces les has preguntado cuál es el objetivo de que se comportaran así, esperando, al menos, una entrada al cauce de la lógica discursiva. Nada, responden con vaguedades que no permiten avanzar hacia una argumentación. Les has planteado un reto de honestidad proponiendo que digan sin tapujos qué les mueve verdaderamente a no atender jamás, a interrumpir constantemente. No me interesa, me aburro, se me hace muy larga, es un rollo. Les preguntas qué les interesa y la respuesta, cuando la dan, es igualmente vaga. Casi siempre empieza y termina con un no sé. Piensas en la cantidad de tiempo que le han hecho perder al resto de la clase. Entras por ahí, apelas al compañerismo. Preguntas si tienen amigos dentro de la clase. Pues claro, responde una chica. ¿Os importa que vuestros amigos no puedan nunca asistir a una clase completa? No sé, responde el que responde. Los relatos de valor y dignidad de los delincuentes de los años 80 tampoco logran romper la carcasa de indiferencia. Les cuentas que los atracadores de bandas de aquella época eran despreciados y perseguidos por su crueldad, su violencia y la falta de compasión que demostraban con sus víctimas. Les dices que eran conscientes del miedo y el desprecio que provocaban en la población. Debe ser muy duro el hecho de no ser querido por nadie, afirmas intentando abrir un hueco. Los delincuentes sabían que solo tenían dos cosas, nada más. El botín que conseguían con sus crímenes y la dignidad de no delatar jamás a sus compañeros de banda. Cuando los cogía la policía, sufrían terribles torturas en las comisarías de las que salían con el cuerpo destrozado, pero con la sonrisa en la boca del que ha aguantado la paliza sin chotarse. Te preguntan qué significa chotarse y les respondes. No se chivaban jamás, eran fuertes en su honestidad, en su respeto al grupo. Dejas unos segundos de silencio esperando que establezcan una analogía con la historia y se vinculen emocionalmente con los delincuentes, los antisistema, los fuera de la ley, los bandidos honestos con sus colegas, pero el silencio se espesa y uno saca el móvil para mirar la hora. Piensas que sería muy fácil echarlos a todos de forma sistemática de clase, que todos lo agradecerían, ellos también, pero amigo, te pesa tu humilde filosofía. Te parece que sacarlos de clase es una derrota para ti y también para ellos. ¿Quién gana con que se vayan al patio a seguir haciendo nada? Ganaría la clase, la continuidad, el aprendizaje de los que han venido a aprender, pero piensas que quien verdaderamente ganaría serían los que provocan estructuralmente esa situación, los que quieren convertir la escuela pública en un nido de problemas, los que reducen el gasto a propósito para propiciar la degradación y el desconsuelo. Caminas sobre el filo de la dignidad que merece el ser humano. Lascasas, Rousseau, Kant, Marx, Rawls, te están observando desde el otro lado de la cuerda floja. ¿Qué vas a hacer? Te preguntan. Qué precario equilibrio, qué doloroso dilema sobre la tela de una araña. Expulsar o no expulsar, esa es la cuestión. Quitártelos de encima o mantener un finísimo hilo de esperanza. Continúas la clase, obvias el runrún, te diriges con energía a los que sí te escuchan. Suena el timbre, miras a esos chavales que venían a tomar apuntes y que guardan sus cuadernos con la página de hoy en blanco. Tragas saliva y no te atreves a sentir orgullo al decirte a ti mismo: veinte años y un día sin expulsar a nadie.

  • Semana V (del 27 de septiembre al 4 de octubre)

    Jose Aurelio Martín

    Sábado

    Recién veníamos el sábado de ver La bola negra, el fenómeno cultural del año, y al poner la tele el lunes se coló en el sábado y lo que había sido un fenómeno estético, la peli, se estaba salpicando de realidad: unos chavales concentrados en la puerta del Sol, la plaza de todas las Españas, habían decidido quedarse a dormir como aquel lejano 15 de mayo de 2011.

    Iba con mucho prejuicio a la peli, por el tema Javis (los), que habían cogido el timón de la cultura moderna en Madrid, como lo hiciera Almodóvar en los 80, esa modernura que siempre embadurna una capital llena de tiburones, de ranciedumbre aristócrata y de mucha gente amontonada en las periferias, gente clara y buena. Antes en teatro, ahora en el cine, Javis (los) se han entronizado como los faraones guays de la alta (y  de la baja) cultura. Con La bola negra hay motivos para el faraonazgo. 

    Lunes

    Una chavala, llamada Nora, de Irún, se vino a Madrid a trabajar de actriz. Está en la acampada. Cuenta en ELPAÍS que ella paga 400 pavos por una habitación en piso compartido. Hasta aquí, no hay noticia (hasta parece barato según se ha puesto la cosa), el asunto es que en su habitación hay una ventana que da a un muro, es una ventana ciega. Sin querer, Nora, construye una metáfora, “Madrid es como mi habitación con ventana (ciega), un espejismo”. Y a lo mejor la metáfora abarca a toda una generación.

    Hace rato que Madrid secuestra la luz de la ventanas de los precarios (Esty diría las precarias), las ventanas en Madrid son ciegas, en Madrid las ventanas son muros donde no penetra la luz. Nora ha venido a Madrid a triunfar, porque en Madrid se viene a eso, a triunfar en lo tuyo. A triunfar a secas. En Madrid ocurre todo y eso se nota cuando uno ha vivido allí y luego, cuando la ciudad te echa,  ves que, en efecto, fuera de Madrid hay nada, hay intemperie. Es precisamente ese anhelo de Madrid, que es cultural y simbólico, una de las causas de la eterna crisis de la vivienda: Madrid siempre desborda la demanda (de pisos, de recursos, de todo) y eso es el charco de cultivo propicio para los tiburones, que inocentemente llamamos especuladores y que  son, de toda la vida, los abusones, los que pegaban a los niños pequeños en el patio, los hombres del saco. 

    Nora podía haber sido contratada por Javis (los) y entonces no estaría en Sol, estaría en las teles, en los podcast, en las alfombras rojas, pero no, está entre cartones durmiendo mal en una Quechua en la puerta del Sol, bajo la lluvia y con la eterna amenaza de los nazis. Si Nora estuviera en La bola negra hablaría desde su habitación con ventanas abiertas, penetradas de luz y alegría, y sus palabras serían las palabras del que triunfa, el único discurso que nos llega. A los anónimos que se quedan por el camino, con su discurso antiheroico, nunca los escucharemos hasta que algún Miguel de Cervantes (o el anónimo creador de el Lazarillo) aproveche su historia para contar  de nuevo lo frágiles que somos y la ternura que arrancan siempre los fracasados.

    Martes

    La historia de La bola negra que conecta con la actualidad habla también de fracaso, de un chaval que, fracasado en el teatro, se vuelve sobre sí para explorar su identidad, es decir, sus raíces, y descubre que su abuelo, a pesar de haber vencido en la guerra (la incivil del 36), salió derrotado en lo más profundo y abarcador que tiene un ser humano: el deseo. Su abuelo, que hace un colosal Guitarrica de la Fuente, desgracia (por abandono) a la madre del dramaturgo fracasado y, por tanto, al propio dramaturgo, que sufre las consecuencias de que la guerra, la política, la moral o su puta madre reprima los deseos. 

    Y esa persistencia represora envuelve la historia de nuestro mito patrio, la del poeta Federico García Lorca, ahora también compartido por gente cuya ideología, paradójicamente, contribuyó al asesinato del poeta. Sobre la obra de Lorca planea un tema obsesivo que yo intento explicar en clase con poemas y obras de teatro: la frustración amorosa, la represión del deseo, la intolerancia a la alegría. Lorca era un ser que invocaba la alegría, la creación y el caballo de la libertad, justamente lo que más daba coraje a algunos de sus coetáneos, cuyos descendientes han estado escondidos en la democracia y ahora, que el sistema quiebra, empiezan a sacar pecho  y a decir de nuevo barbaridades que poco a poco se convierten en normalidad. Los rinocerontes están aquí: incluso  gente a la que queremos tienen ya pezuñas y un cuerno que les sale de la frente, como la inolvidable escena de Rhinocéros (1959) de Ionesco.

    Miércoles

    Sale en la tele un pequeño reportaje de la convención que se celebra en Madrid  sobre la vivienda, pero desde el lado de los tiburones, The District, el mayor evento europeo del Real State (“sector inmobiliario”) desde la óptica del capital. Salen señores y se adivina lo lejos que están de Sol, aunque les separen muy pocos kilómetros. Están a años luz. Sale un promotor y habla de productos. Uno creería que está hablando de latas de sardinas, pero no, está hablando de viviendas. Las palabras a veces son síntomas, y a veces son dolencias crónicas. Los de Sol no hablan de piso, ni de casas, hablan de “vivienda”, de vivir;  los de The District hablan de producto, la dolencia crónica de una democracia que no solo no ha resuelto el problema de la vivienda en 50 años, sino que manifiestamente lo han empeorado. Sol es también un síntoma muy serio de la quiebra que amenaza un sistema que empieza a dar igual porque no resuelve las cosas básicas, las cosas del comer, las cosas del vivir (etimológicamente “vivienda”). 

    Jueves

    Nora ha ido a buscar sol a la plaza de todas las Españas, la que reúne a  todos los españoles delante de la tele el día 1 de enero. Se ha quedado en Sol porque a su habitación propia le han secuestrado la luz. Somos seres orientados a la luz, por eso nos deslumbran las películas o los libros que iluminan, como La bola negra,  porque su verdad centellea en el largo túnel de la realidad. 

    Miguel Hernández empieza oscuro un poema: “No pudimos ser. La tierra/ no pudo tanto. No somos/ cuanto se propuso el sol/ en un anhelo remoto.”

    No pudimos ser.

    Pero lo remata abriendo la ventana, como nosotros, como los chavales de Sol, (o de Palillero en Cádiz o de muchas plazas de ciudades no madrileñas de España) esperan abrir las ventanas de sus casas, al aire y a la luz, a la libertad de la alegría.

    Amor: aleja mi ser

    de sus primeros escombros,

    y edificándome, dicta

    una verdad como un soplo.

    Después del amor, la tierra.

    Después de la tierra, todo.

    Después de la vivienda, todo.

  • Semana IV (del 20  al  27 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes

    A veces, cuando leemos una novela o vemos una serie, irrumpe un personaje secundario que te roba la mirada. Expertos en secundarios son Dickens y en España  Galdós. Los dos, escritores realistas. Su acierto en estos personajes de acompañamiento de los protagonistas está fundado en el hecho de que en la vida todos somos secundarios. 

    Esa autenticidad del secundario suele contrastar con el  heroísmo del protagonista.  Un guerrero  (Aquiles), un alocado (Don Quijote) o un idiota (El idiota, de Dovstoievsky). En cualquier caso el protagonista tiene una patología, porque la guerra, incluso  la de Troya, es una patología, porque la guerra, aunque caigas  del lado del bien, sigue siendo una patología.

    Maricarmen era hasta hace poco una mujer anónima que ha irrumpido en el escenario social y nos ha robado la mirada. Nos ha fascinado su autenticidad, nos hemos condolido con su situación, nos  hemos retorcido con la injusticia que contra ella se ha cometido. Es una secundaria de lujo y hemos visto en su fragilidad lo que de carroña significamos para los buitres.

    Martes

    El fondo buitre es el animal mitológico que ha excretado (cagado) el capitalismo. O este capitalismo de abismo que vivimos con su aliento cada vez más cerca, con su hocico mojado husmeando en nuestra ropa. El fondo buitre es una criatura sin cuerpo, pero que ocupa un vasto espacio bajo el cual eres solo carroña, carne podrida. Su negror, su frialdad ocupa una infinita bóveda entre el cielo y la tierra y planea sobre los cuerpos enfermos (frágiles) y acecha contra los ojos asustados de los cuerpos plenos que saben, o empiezan a anidar en su pecho,  que ellos también pueden ser en cualquier momento carroña, carne podrida.

    Entonces Maricarmen se te mete en el pecho y  empiezas a ver con sus ojos cansados, porque Maricarmen eres  tú, ya no es que podrías ser tú, no, ya es que eres tú, tú eres Maricarmen, eres carroña para cualquier fondo buitre y van a picotear en tus ojos y escarbar en tu hígado. El fondo buitre no conoce las palabras, ni posibles soluciones, los buitres solo saben desgarrar carne podrida y dejar una limpia (por pelada) calavera. 

    Todos somos Maricarmen.

    No, tú eres Maricarmen. Tú solo. Tú, sola. 

    A veces los torpes novelistas fuerzan los personajes secundarios y nos lo meten hasta en la sopa, tal Ayuso, tal Sánchez. También, los novelistas de academia nos meten un personaje secundario envuelto de misterio, tal la anónima escritora que se ofreció a pagar los 2650 euros que le reclamaban los buitres a Maricarmen. Esa conocida escritora que prefiere no revelar su identidad no termina de funcionar como secundario, es un personaje que recomienda la técnica literaria,  pero no tiene aura de misterio, por mucho que se esconda luminosamente en el anonimato. Sin embargo, su gesto noble, que no lo ha tenido nadie, ninguna profesión, ni siquiera la mía,  la lleva al olimpo de la dignidad, si es que la dignidad admite jerarquías. 

    Miércoles

    Hay en toda esta trama unos personajes que ni siquiera son secundarios, que no tienen nombre y que suelen pasar desapercibidos para los ojos de los lectores corrientes. El corriente es un lector que corre, que se desliza por las líneas como los gibones por las lianas en la selva. Yo soy un lector corriente cuando me entusiasma la lectura, y al leer detenidamente esta trama observo que la secundaria Maricarmen va a ir al hospital, va a ser cuidada por enfermeros, médicas y profesionales de los cuidados. Son personajes que pasan desapercibidos en una lectura corriente, pero cuya  importancia, si fuéramos una sociedad en condiciones, no maleada por los buitres, les haría saltar al protagonismo de cualquier lectura social. 

    Al final es el Estado social el que de verdad acude al auxilio de ti, de mí, que somos Maricarmen.  Ni la escritora anónima, ni yo mismo hubiéramos cogido en nuestros brazos a Maricarmen para meterla en casa el día aciago en que los buitres, y todo el aparato estatal, la sacaron de su nido, del hueco que cualquier ser humano busca abrirse en su tiempo de vida. Y esa es la paradoja, el mismo estado que te salva, también te manda a los gorilas a dar palos y a los escribas a levantar acta de una injusticia. Y uno no sabe a qué atenerse, a qué parte del estado anfibio, social y policial-legal, quedarse. 

    Jueves

    Maricarmen no es, ojalá lo fuera, un personaje secundario. Maricarmen es una persona, a secas. Tiene 87 años, una discapacidad del 50%, lleva 70  años viviendo en un inmueble, al que llama su casa, de la que ayer la echaron, aunque técnicamente los medios de comunicación lo denomimen desahucio. Las múltiples posibles soluciones que se han ofrecido a Urbagestión, la empresa buitre que protagoniza el hecho, han sido rechazadas porque su claro objetivo era sacar al “bicho del nido”. Así  es como nos imaginamos que hablan los agentes inmobiliarios, los aprendices de buitre que dicen: tengo un inmueble muy interesante en zona Retiro, pero tiene bicho. Porque los carroñeros no ven personas, no ven animales, ven bichos para desgarrar con el pico hasta convertirlos en un montón de huesos. 

    Los buitres solo ven carroña y tú, y yo, y él, somos ya bichos que en cualquier momento nos pueden sacar del agujero.

    Viernes

    Después de la tempestad del trabajo y el calor salvaje  que se te pega a la nunca, uno necesita agujero, necesita grieta, necesita nido en el que apoyar la calma. Es muy  sencillo, decía Maricarmen el otro día que un fondo (buitre) compra paredes, pero no puede comprar viviendas porque la vivienda la hace uno. La palabra “vivienda” tiene un origen curioso, es el neutro del gerundivo latino y se traduce como «las cosas con que se ha de vivir», es decir, lo necesario para la vida. Nunca un fondo podrá comprar vivienda, compra paredes porque la vivienda la infundimos los bichos que vivimos dentro, los seres cansados que, después de una larga jornada de trabajo, necesitamos descansar los huesos a resguardo del pico de los buitres y con la calma en que debiera consistir la vida cuando uno cierra la puerta de su casa, de su hogar.

  • III.  La salida intermedia: el puritanismo de la inacción

    Antonio López Piña

    Para Kant, en términos intelectuales y mientras está fundamentando su edificio moral, vale con que la acción esté motivada por la buena voluntad, lo cual, de alguna manera detiene la responsabilidad ética en el momento de la toma de decisión. Esta circunstancia pasa por alto el principio de realidad que sostendrán Hegel y los vitalistas (Heidegger, Nietzsche, Ortega), entre otros. Estos filósofos defienden que las decisiones de cualquier ser humano son tomadas indefectiblemente en el marco de la vida, única e inapelable realidad,  y en la vida, las decisiones tomadas conllevan siempre consecuencias. 

    El individuo moral quiere actuar con buena intención tal como propone Kant, puesto que ese es su deber, su máximo deber como ser autónomo y libre, pero eso no es tan fácil. Valdría con la buena intención si la vida (ese sitio real, donde efectivamente vivimos) no rindiera cuentas de los actos realizados. El médico obró con buena voluntad, pero con poca pericia, lo que acarreó finalmente unas consecuencias catastróficas.  

    Sobre el individuo real se ciernen dos problemas. Por un lado, en cada decisión moral, se siente responsable del bienestar ajeno, que también es el suyo. Tiene que calcular el impacto global de su acción, ya que sobre su conciencia recaerá el hecho de ser el representante del «hombre universal» en cada momento. Por otro lado, la vida no se detiene en el instante mágico en que se toma la decisión bienintencionada.

    La razón, ante la complejidad de las situaciones cotidianas y sus ineludibles consecuencias (no en la teoría ideal, sí en la vida real) le empieza a recomendar prudencia y moderación en las decisiones, puesto que actuar es comprometerse éticamente.

    La responsabilidad llevada hasta el extremo en este momento juega en un marco de perfección que sobrecoge al individuo, pero a diferencia de lo que ocurría en el cristianismo, no le ofrece una herramienta de redención. A la absoluta responsabilidad le empieza a acompañar una cautela cada vez mayor.

    El individuo está atrapado en una encrucijada angustiosa y sin aparente salida, pues el deber moral, tan bondadoso y coherente a largo plazo contrasta con el juicio inmediato y civil por las consecuencias que de él se derivan.

    El individuo heroico y valiente de la teoría kantiana se convierte en un puritano que extrema la cautela y evita los riesgos con tal de quedarse siempre en el limbo anterior a la consecuencia. Lo que ocurre es que a esa acción desencadenante solo se la puede combatir de manera efectiva de un modo: evitando la toma de decisión. El peso de la responsabilidad, el miedo a unas consecuencias vinculantes e impredecibles ( bien que tomadas con buena voluntad) hace que el individuo se acobarde y vaya evitando decidir.

    El individuo moral kantiano prefiere no equivocarse, y para ello minimizará el encuentro con la toma de decisiones. En lugar de priorizar el bien comienza a darle más importancia a «evitar el mal». No ser malo se convierte en más importante, en más seguro y garantista, que ser efectiva y comprometidamente bueno. El peso enorme de la responsabilidad hace que el individuo desvíe la trayectoria de la decisión, se ponga a la sombra y deje que sean «las circunstancias» o el «destino» quienes tomen las decisiones por él.

    Este individuo, que ha comprendido el planteamiento kantiano y que quiere ser bueno, no puede estar satisfecho ni contento cuando se refugia en esta cueva. La plenitud humana (que se consuma en cada decisión valiente y universalizable, pero que va seguida de un riesgo impredecible que no admite marcha atrás), se disipa. El individuo se echa a un lado y camina con la máxima precaución por el borde para garantizarse no pisar charcos, para no meterse en problemas. 

    Este comportamiento, en última instancia, permite al individuo abordar la vida sin brillo, pero sin perder tampoco (en el rigor de los términos) su calidad moral, pues técnicamente no está decidiendo y por tanto, tampoco está decidiendo mal.

  • Semana III (del 13 al 20 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes
    Septiembre es un mes odioso, es cada vez más un agosto sin cañas, sin siestas largas y sin lecturas a pierna suelta. Septiembre es un verano salvaje y cabrón que te mete la pierna caliente en la cama en el inicio del año laboral. Esto no es buen tiempo, o clima de transición al otoño, es un calor mulo que se agarra en la nuca y te evapora como ser humano.

    Odio septiembre.

    ¿Y a quién coño le importa?

    Los profes, además, recibimos el horario que va a determinar los siguientes 9 meses, incluido el cabrón de septiembre y parte de octubre. Es el arado que hará surco en los próximos meses. Los que confeccionan los horarios son tan odiados como septiembre. Yo sería jefe de estudios para sentir el poder que temporalmente se me otorga para controlar el tiempo de cientos de personas, de cientos de vapuleados profesores. Solo Dios (en el sentido de Zeus) y el jefe de estudios tienen poder por el hecho de regular el tiempo humano, el tiempo de la vida, ese misterio salvaje que se agarra al corazón hasta que un día, también vapuleado, deja de latir.

    Odio y envidio a los jefes de estudios.

    ¿Y a quién ovarios le importa?

    Martes
    He recibido mi óbolo de tiempo para estos 9 meses que me quedan de curso. Estoy hundido. Es un mal horario. Mis compañeros dicen lo mismo. Es una mierda de horario. Odiamos al pequeño Zeus, zeusillo, que va a determinar la vida en estos 9 meses, incluso este confesionario, que ya no cuajará los viernes sino los jueves, que es el día asignado por dios zeusillo para estar más libre, más libérrimo de carga horaria.

    Estoy hundido.

    ¿Crees que a cualquier trabajador le importan tus cuitas privilegiadas, tus condiciones laborales envidiables y tu puto tiempo exquisito para la práctica de tu inútil literatura?

    Estoy hundido, estoy triste, estoy dolido.

    ¡Buah!

    Miércoles
    He ido a comer donde mis padres y he expresado mi hundimiento, mi tristeza, mi duelo. Mis padres me miran y entiendo su amor de no mandarme a tomar por culo. Mis padres, que no han dejado de currar asumiendo horarios salvajes. Largas jornadas de trabajo, sacrificios sin cuento. Me miran y en su silencio entiendo lo que me quieren significar.

    Mi padre dice: bueno, hombre, no está tan mal, al menos no tienes que ir por la tarde. Los jueves puedes dormir un poco más. Le digo que no me sirve de nada, que yo soy de levantarme pronto, como un pastor, que prefiero entrar todos los días a primera y salir pronto, no al revés, como este puto horario de mierda.

    Mi padre calla. Apenas veíamos al trabajador que era mi padre: se levantaba a las siete de la mañana y volvía muchos días a la una de la noche. Después de 9 o 10 horas de atender en una tienda de ropa, se iba a hacer trajes por encargo para sacarse un sobresueldo y mantener a una larga familia. Nunca recuerdo haberle escuchado quejarse más que una frase que la decía más de forma descriptiva que de queja: «El comercio es muy esclavo».

    Yo no me dedico al comercio.
    Tú te dedicas a la enseñanza.
    Tu padre tenía un horario esclavo.
    Tú no tienes un horario esclavo. No eres mano de obra esclava.

    Jueves
    La furia se amortigua en parte por el silencio de mis padres, dos trabajadores con horario esclavo, y en parte cuando conozco al alumnado con el que voy a hacer surco estos nuevos meses que me restan. Son mi debilidad. Es la parte más importante de este trabajo. El trato con los alumnos. Tener buenos compañeros está bien, pero para mí la clave de un curso es la chavalada, lo que pueda cosechar de ellos en estos nueve meses. Lo que podamos cosechar juntos.

    Son tan frágiles algunos, son tan inocentes que me arrancan vendavales de ternura. Y entonces se me olvidan los horarios, los zeusillos y las miserias blandas de la clase trabajadora docente. Esto lo saben los zeúses que confeccionan los horarios, saben que a algunos nos pierde la ternura y la juegan a su favor y en nuestra contra. También saben que somos animales de severa costumbre, que una vez que hacemos surco dos semanas ya no nos saca de ahí ni Cristo Rey.

    Apencar, no me queda otra.
    Apencar, no te queda otra.

    Arranco en cada clase con una pequeña ópera bufa para captar su atención, postularme como profe guay y para meter mi primer mensaje: el silencio.

    Utilizo el silencio como presentación, lo demoro, lo vuelvo significado, lo hago incómodo. No me conocen, luego no saben si tienen delante un loco o un mudo. Tensión. Risas mordidas.

    Lo voy rompiendo y cuando más o menos ven el plan, pregunto: ¿cuándo ha empezado la clase? La mayoría dice que cuando he empezado a hablar, para eso es una clase de Lengua. ¿Y el silencio? Pues es silencio. ¿No es Lengua? No. Pero tiene significado, ¿no? Sí, yo estaba incómoda. ¿Entonces? No sé. La mierda de la sintaxis esa que habéis dado, o cualquier parte de la gramática, ¿estudia el silencio? Sí (me dice una), porque me obligaban a estar callada (risas). No, no, perdón, profe, no se estudia. Sin embargo, en música el silencio se escribe, tiene notación. En Lengua, no. Es verdad (hay muchos músicos en clase, que simultanean estudios con el conservatorio). Solo hay una parte de la clase de Lengua donde se estudia el silencio: la literatura.

    Silencio.

    En los márgenes de cualquier poema, de los mejores (es decir, de los no olvidados), es donde habita el silencio, un silencio enloquecedor que habla con más fuerza que las palabras que decimos a vivo grito. Leed si queréis el mejor soneto de la literatura española, el de Quevedo (no el cantante), titulado Amor constante más allá de la muerte, y tras el último verso, en los márgenes, habla un silencio atronador, el del cosmos, el del universo todo.

    Silencio fruncido por el ceño.

    Profe, ¿tú a qué hora dejas salir? Bravo, compañera, bravo, un aplauso por la compi, has roto el silencio por la verdadera poesía, la del tiempo fuera del horario, la del tiempo azul de la vida, de vuestra vida, que con el tiempo será oro de recuerdo, pretexto contra el olvido devastador.

    ¿A y 20?

    Claro, a la que tú quieras.

    Viernes
    Ni dios ni Zeus, ni los zeusillos que abusan de nuestro tiempo, podrán contra la alegría de los viernes. Estamos hechos para la libertad del tiempo azul, aunque estemos pensados para el trabajo y el surco del horario laboral. Nadie podrá contra ese primer sorbo de la caña del viernes, que contiene toda la promesa del tiempo libre y azul, por mucho que el camarero repugne de tu alegría burguesa, por mucho que al camarero le quede un fin de semana de trabajo esclavo, mal pagado y sin posibilidad de que los clientes, como sí hacen tus alumnos contigo, esbocen siquiera una media sonrisa.

    Cada uno cuenta su historia según le va.

    Por eso, precisamente, hay historias.

  • II. La soledad del individuo moral 

    Antonio López Piña

    Kant ha desalojado del templo de la moral a todas las antiguas autoridades y ha dejado al hombre solo en medio de la nave central. Se ha callado la música, no hay libros ni figuras referentes, no hay dónde ni a qué echar mano. 

    Las preguntas acucian al individuo definitivamente libre y le ponen en duda. ¿Soy realmente tan bueno como para no depender de ley alguna? ¿Tengo tanta capacidad como para ser responsable de todos mis actos? 

    Kant no ofrece respuestas que solucionen el problema, lo que ha hecho ha sido establecer unas premisas que configuran una antropología muy honorable: tú, ser humano que piensas, indaga en tu razón porque es ahí donde tienes tu manual de instrucciones para deliberar. Somete el mundo a tu propio juicio. Puedes hacerlo porque eres inteligente y porque solo serás verdaderamente bueno cuando ejerzas tu libertad eligiendo. Ponte en el lugar de cualquier otro, coloca tanto al amigo como al más lejano desconocido en el mismo lugar en el que tú te encuentras y hazlo siempre, en todas las ocasiones, sin descanso nocturno. 

    Este es el espíritu que alienta la fraternidad propia de la ilustración. ¿Qué deseas para tu hermano querido? Espero para él lo mejor y me alegra saber de su dicha y su disfrute. ¿Qué hace a tu hermano ser tu hermano? El vínculo misterioso de la sangre, la vida compartida en virtud de unas circunstancias no elegidas. Todo bien, correcto, pero a partir de ahora el círculo se va a ampliar, se hará universal y se cerrará en los confines del mundo. No será ni la biología ni las contingencias lo que convierta a los demás en hermanos, sino dos factores fundamentales. Por un lado, el hecho de compartir una misma razón que se rige por la lógica de la conservación mutua. Por otro, el deseo voluntario y libre de querer que esto sea así. 

    El individuo racional quiere hacer el bien, necesita hacerlo, no obstante, se siente pequeño frente a un mundo enorme e impredecible. Ya no tiene a quién echarle la culpa por sus errores, pero es precisamente ese vértigo de la libertad responsable el que le coloca de verdad en la vida adulta. 

    El protestantismo había hecho un movimiento parecido casi tres siglos antes. La revolución de Lutero les da valor a los principios de soberanía y autonomía del individuo para interpretar los textos sagrados del cristianismo sin la guía de los padres de la iglesia, sin sacerdotes hermeneutas, sin intermediarios. Al individuo kantiano no lo salva nadie más que su propia acción orientada al bien. 

    Kant es duro y benevolente a la vez. Deja al individuo solo frente al mundo con la responsabilidad de que sea él quien tome las decisiones, pero la corrección, la justicia, la bondad del acto no se medirá de acuerdo a su funcionalidad o pragmatismo. Para Kant la acción no es buena a posteriori, no se convierte en buena a tenor de sus consecuencias, sino que se dirime antes, antes del efecto producido por ella, en el momento mismo de la decisión. Lo único que se le pide al individuo es que cuando decida, lo haga con buena voluntad, de este modo, la decisión tomada con buena intención nace bendecida y no será juzgada sino a priori, en el momento de su propia génesis. 

    Kant piensa que la única y exclusiva cosa que admite siempre más de sí, sin transformarse ni pervertirse, es la buena voluntad. La prudencia es buena, pero en un grado excesivo se convierte en cobardía. La generosidad es buena, pero llevada a su extremo se convierte en dilapidación, el ahorro en ruindad, el comportamiento valiente en temerario. No hay, sin embargo, lado en sombra de la buena voluntad pues la estructura, el logos del mundo concuerda y es coherente con la buena intención. Si la acción o el juicio movido por la buena voluntad se responde con buena voluntad, el universo no sufre ni se quiebra, puesto que no hay razón para la suspicacia, la mentira, el engaño o la trampa. 

    La elegancia de la visión kantiana se asienta en esa acentuación de la mejor de las cualidades que posee el ser humano, y por eso la emplea en su fundamentación del mayor bien susceptible de ser pensado. Tachar a Kant de ingenuo es una manifestación de ignorancia. Él es consciente, claro que lo es, de que la mayoría, si no la totalidad de los actos de las personas se juzgan en función de sus consecuencias. El enriquecimiento de una nación, la felicidad de los ciudadanos, la victoria deportiva en una competición, por ejemplo, son situaciones buenas y deseables. Lo que ocurre es que podrían haberse conseguido por medios inmorales, sacrificando el bien de otros, obrando con mala fe. 

    Un país puede mejorar su economía si explota a una población vecina. Los ciudadanos de una nación pueden ser felices en un territorio construido sobre las ruinas y los cadáveres de antiguos pobladores. El deportista puede llegar antes a la meta si usa métodos ilegales, ayudas no autorizadas. Entiende Kant que la consecución de un objetivo no puede ser tenido, por sí solo, como regla medidora del éxito, pues para conseguirlo, el proceso que se siga debe respetar al otro como a uno mismo. Eso es lo más importante. 

    La consecución del objetivo en y por sí misma no da la medida del bien, como hemos dicho, por eso no puede ser patrón de nada y mucho menos de la moralidad. No es bueno quien consigue sus objetivos, sino aquel que para alcanzarlos (aunque fracase) solo haya empleado medios dignos, es decir, se ha sometido al imperativo categórico, esa máxima que dice “obra de tal modo que quieras que tu comportamiento sea tenido por norma de conducta universal”. 

    Es por eso que la peor de las conductas posibles es aquella que logra sus objetivos traicionando la buena fe del que no desconfió, no fue suspicaz o no anticipó una maldad posible.

  • Semana II (del 6 al 13 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes

    Vamos a ello, me hago con Claude de pago para que me ayude con la ferralla administrativa de principio de curso en el instituto. Detrás de Claude está Anthropic, esa empresa a la que pertenece el ingeniero que el otro día dijo que la IA nos va a exterminar antes de que acabe la década. Nos quedan cuatro añitos. Un suspiro, como cuarenta o cuatrocientos o cuatro mil millones de años. El tiempo es un suspiro. La vida es corta aunque las horas sean tan largas, decía Borges.

    El otro día el bicho de OpenAI resolvió uno de los siete problemas matemáticos del milenio en 88 horas, puso a currar a 10.000 agentes y anunció su resolución al tiempo que renunció al premio de un millón de dólares que otorga el Instituto Clay. El asunto, parece ser, son las ecuaciones Navier-Stokes, que parecen dar una solución matemática a una cosa tan cotidiana como es el movimiento de los fluidos, tales como la sangre o el agua. Evidentemente la historia es más compleja, pero no meto la pata ahí, no vaya a ser que la meta hasta el fondo.

    Al tiempo que dan la noticia de la solución final para la Humanidad, así, con mayúsculas, enuncian a continuación que los trenes de Wego (o algo así) van a subir de precio. Es fascinante: se nos anuncia el final y, a continuación, se da una noticia tan cotidiana que resulta hasta tierna. Los verdaderos nazis, cuya versión posmoderna ha vuelto a salir en Alemania, tienen que estar revolviéndose en las tumbas al saber que por fin han encontrado una solución final, con la cantidad de recursos y fatigas que emplearon ellos para su solución final particular, la mayor mancha moral de la humanidad, que ahora parece que va a llegar a su fin.

    Martes

    En octubre de 1938, un mes después de la invasión de los Sudetes, una cadena musical de la radio de Estados Unidos se vio interrumpida por un boletín de «última hora» en el que se informaba de la caída de una especie de meteorito. La programación siguió con normalidad y gradualmente se fue interrumpiendo con más boletines sobre una invasión extraterrestre. Fue un alarde narrativo de Orson Welles, adaptando La guerra de los mundos, que prendió como una mecha en unas mentes que ya se estaban moldeando para un posible conflicto en Europa como, en efecto, se produjo después. Welles supo conectar con ideas que había en el ambiente y les dio una forma narrativa para canalizar esa gasolina.

    Lo que ha dicho el ingeniero de Anthropic, Jacob Coxon, lo hemos repetido todos; hasta lo he oído en el DIA en el que compro, donde lo comentaba una chica en la cola. Algo hay en nuestro ambiente que conecta bien con la narrativa que nos promete Coxon. Literal. «No subestimen el poder de esta tecnología. Pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales. Todos hemos sido testigos de los avances en cada uno de estos ámbitos, y el progreso no se está desacelerando». Coxon ya no habla de IA, habla de sistemas sobrehumanos, lo que ceba aún más, como Welles, el dramatismo de la narrativa. Sus tweets (me niego a llamarlo X) alcanzan ya más de 140 millones de visualizaciones.

    Miércoles

    Resulta que he pagado a Anthropic, a mi propio verdugo, 20 pavetes para contribuir a la solución final. No es mucho, pero es mi aportación. Parece ser que ahora esa misma empresa va a salir a bolsa y va a batir todos los récords, incluido el de SpaceX de Musk, y va a crear un terremoto bursátil. Leo algo así como que la operación va a crear un efecto «succión de liquidez» que va a generar gran volatilidad en el sector, otra palabra emblema de este tiempo: volatilidad.

    Se supone que la inteligencia artificial está creada y alimentada por la inteligencia humana. La inteligencia natural del ser humano no siempre se ha conducido por la senda del bien. Abrió buena brecha con la Revolución francesa, pero luego se retorció y produjo monstruos, como bien vio Paco de Goya. También la inteligencia natural hizo su alarde de física y matemáticas en el Proyecto Manhattan, que luego se resolvió con el hongo que destruyó dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki. Si la inteligencia artificial está planteada sobre la inteligencia humana, es claro que necesita límites éticos para no salirse de las cinchas.

    Si los ingenieros informáticos, en su formación, tuvieran Ética y se dieran cuenta de que fuera de la ética solo hay naturaleza, es decir, intemperie, es decir, frío absoluto, no estarían anunciando ahora el fin del mundo. He contado muchas veces que en el año 2000 estuve trabajando para una empresa potente en la creación de programas informáticos para la reserva de aviones. Allí conocí a un libanés, formado en negocios, con el que hablaba mucho y nos hicimos un poco amigos. Un día, con gran frialdad, me dijo que él ahora estaba en esto, pero que mañana podía estar haciendo negocios con lo que sea, zapatos, comida, lo que sea. Le miré y sus ojos azules, dos faros de neón, se volvieron fríos cuando le dije de broma: «y con seres humanos si hace falta». Y me contragolpeó: «y con almas, si dan dinero, también me vale».

    Jueves

    En algún momento de la historia, la Ética se sacó de las escuelas de negocios, y de aquellos polvos, estos lodos de mierda. Parece que el nobelizado Milton Friedman y sus chicos, los Chicago Boys, pusieron el valor del beneficio por encima de cualquier otro valor, creyendo hipócritamente que el beneficio privado repercutiría en todo el cuerpo social. Ahora sabemos de sobra que no, y si tenemos alguna duda, nos damos una vuelta por el mercado inmobiliario. Los negocios y la tecnología necesitan la cincha de la ética y, en su defecto, la cincha del Estado en forma de regulación. Si no hay regulación, el desorden beneficia a los de siempre; si hay regulación, hay más orden, por mucho que algunos digan que no, que el único orden es el que da el (desorden) del mercado libre.

    Viernes

    El miedo es una poderosa herramienta de control social. Todas las dictaduras la han utilizado hasta la náusea, así la española, la franquista, que expandió el miedo de tal manera en la población que incluso los hijos y los nietos de aquellos que vivieron bajo su yugo sufrieron la colonización del miedo. Tampoco Trump hace ascos y agita el miedo cobarde contra el débil, contra el inmigrante, como hicieron los nazis contra los débiles, aquellos judíos que hoy se les partiría la cabeza si supieran que sus herederos más radicales están practicando otra mancha moral para la humanidad.

    La IA arranca miedos, y puede que fundados: su poder sobrepasa las capacidades humanas, siempre tan escalables y progresivas. La IA puede dinamitar el conocimiento, pero también puede dar luz sobre investigaciones médicas o soluciones al cambio climático. Lo que todavía no puede hacer la IA es hacer la cama y coger una escoba. La IA es inerme frente a la escoba, la fregona y el plumero. Mientras esas actividades, asociadas por desgracia a las costillas de la mujer, continúen, el avance tecnológico siempre será parcial o el exterminio una chapuza.

    Si por fin nos vamos todos al carajo, mi contribución de 20 pavos será irrisoria, pero me gustaría formar parte de la Historia, que por ese entonces será ya, como yo, polvo cósmico.