Autor: jmarrod147

  • Semana I 30 agosto-6 septiembre

    Semana I 30 agosto-6 septiembre

    Jose Aurelio Martín

    Una década escribiendo. Digo de forma visible, en este blog, sin faltar una semana a la cita. Escribir por el placer de la actividad misma. Sin esperar nada a cambio. O sea, dinero a cambio. Escribir como resistencia. Resistencia a no sé qué. Escribir como postura, o mejor, como gesto. Como gesto supremo de desvergüenza. O sea para quitarme la vergüenza pública de saber que aquí me vierto, con toda la verdad que puedo, con toda la honestidad de que soy capaz.

    En septiembre de 2016 arrancamos este espacio al que llamamos Diagrama de Venn. Lo iniciamos Cristina Ramírez, Elena Romero, Antonio López Piña y un servidor. Conjuntos que en la intersección se encontraban para sumar capacidades o habilidades. Lo más difícil de un proyecto es la persistencia. Decía Cela que en España el que resiste, gana. A esa frase nos hemos aferrado para que, a pesar del desgaste, del tiempo, de la falta de reconocimiento, la escritura reviente cada semana en forma de flor de artículo, de confesión, de mirada.

    No sabemos para qué sirve la literatura salvo para conjurar el olvido. No soy especialmente memorioso, tengo una memoria frágil. No recuerdo ideas, ni el detalle de muchos momentos vividos, ni fechas, ni nombres. Pero no me pesa, son mis condiciones, con las que tengo que partir para construir mi escritura: son mis cartas, y para eso uno escribe quizá, para saber cuáles son su cartas y no hacerse trampas jugando al solitario. Porque la escritura es un sacerdocio solitario, habitado de fantasmas en el que no caben las trampas ni conviene jugar con las cartas marcadas. Mi escritura se nutre de la memoria pero no se agota en la memoria, se complementa con la imaginación.

    Landero utiliza una metáfora lograda para explicar esto: el unicornio es un caballo soñado, recordado, al que el recuerdo le ha puesto un cuerno. Ese cuerno recrecido es la imaginación complementando los estragos de la memoria. Del caballo solo queda un eco, pero la nueva criatura es asombrosa. El unicornio es la literatura, que llega donde no llega una memoria quebradiza. La literatura es el oro de la memoria, por naturaleza infiel, pero un destilado de vida soñada, de sueño vivido. Me asombran los memoriosos, pero los compadezco porque no pueden hacer literatura, solo informes, una escritura que duplica una realidad recordada de forma exhaustiva, o sea, agotada en sí misma.

    A pesar de todo el desparrame de géneros y todo el despilfarro de escritura a lo largo de mucho tiempo, creo que he encontrado un órgano de expresión, el confesionario, un género a medio camino. Y eso es lo que me gusta, el medio camino. Un género fronterizo con otros géneros: la narración, el ensayo, la poesía, el teatro. Admite todo, pero a medio camino. Y ese es quizá, paradójicamente, mi camino. Agotar un género me da miedo porque supone un camino totalmente recorrido, sin posibilidad de retranqueo. El medio camino abre posibilidades de exploración, permite un descanso para levantar la cabeza y ver cuál es el paisaje y qué sentido tiene el camino. 

    Publicar libros es un momento culminante, un subidón glorioso. Pero no deja de ser el oropel de la literatura, la alfombra roja fugaz. La escritura tiene una cocina y un cotidiano que, aunque no entra en el foco de lentejuelas de lo público, me interesa más que cualquier otra cosa. Mi cocina es esta, mi cotidiano es cada semana desgranada en escritura, para conjurar al olvido, para ordenar lo que pienso y para actualizar semanalmente mi condición frágil, mi ser quebradizo. Escribir mis mierdas en la madrugada, con la luz todavía levantándose la falda, recopilando el tiempo vivido, el tiempo leído y el tiempo soñado, me produce una extraña fruición, un placer físico y mental que me da sentido, que me hace más consistente en este reino de fantasmas que es la literatura y el arte de la escritura. 

    Así que pasan cinco años es una obra de Lorca, Así que pasen otros diez años es mi obra personal, que no quedará en libro presentado en alfombra roja. Bueno en realidad sí, porque como conté a principios de junio, mis hermanas me editaron todo el confesionario, casi 600 páginas en las que yo sentí que ahí estaba mi obra definitiva, un texto a medio camino, sin la gloria del oropel, sin grandes críticas en grandes periódicos, enmarcado por el prólogo de gente que de verdad me importa, Antonio López y Helena Prado. La edición de Rocío Martín y Sagrario Martín es una delicia que rebosa amor. Se nota en cada detalle. La idea es corregir el libro y  ponerlo a la venta a demanda de quien lo quiera. Así que los lectores de ese libro también serán especiales, porque hay que tener ganas para comprarse ese troncho de 600 páginas.

    Este verano me he dedicado a corregir el libro, así que me he leído a mí mismo. Lo hacía en el momento de más placer del día, con una caña, en mi plaza, a la sombra de las jacarandas tamizando la luz atlántica. No me extraña que mucha gente llame al confesionario la turra dominical, porque, en efecto, da la turra. A veces, es verdad, va ligerito y fluyente, pero otras veces se encalla y avanza como un paquidermo. Pero está bien, la única manera verdadera de aprender a escribir es escribiendo, no hay otra, como la  única manera de aprender a pintar es pintando, a tocar la guitarra, tocando, y así. No caben atajos. Descubrir esta evidencia con 50 años es un poco tarde, pero es un descubrimiento al cabo.

    Para celebrar estos díez años de turra, hemos migrado a otro lugar, a otro dominio (más profesional, puag) que, se supone, va a ser más visible. Nos enteramos hace poco que la visibilidad de este blog de wordpress es nula. Así que escribíamos para ciegos. Estábamos ciegos en el mundo de ojos salvajes que es internet. Estos diez años nos han servido para aprender y por eso ahora nos dejamos ver por ese ojo de colorines que es google, que es el masca de los buscadores, el  ojo del imperio. En diagradevenn.com ahora somos más visibles, lo que no quiere decir que google nos prefiera, tan solo sabe que estamos ahí, que tenemos nombre, que tenemos ojos. 

    A  partir de ahora haremos nuestra mierda en este dominio no ciego. Seguimos Antonio y yo, y cada mes (o quince día, ya veremos) invitaremos a un escritor/escritora a que vierta aquí también sus mierdas, con libertad de tema, de estilo, de extensión.  Nos da igual, solo queremos que se vierta, que haga conjunto, que sea otra intersección de venn. La sección se llamará  El empleado del mes y haremos que el ajeno se emplee a fondo, se vierta de verdad  y honestamente.

    Y  poco  más, a que caigan las semanas y el tiempo las agaville en décadas y en libros. Y en eso consistiría el ir viviendo, en vivir día a día hasta que la escritura ordene y dé sentido al tumulto del tiempo. 

    Gracias a vosotros, cómplices y obligación última de todo escritor. No os llamo lectores porque es una degradación, prefiero cómplices; gracias cómplices por entender este ojo que os guiña.

  • Filosofía moral de Kant I

    Antonio López Piña

    I. La ineludible responsabilidad 

    La filosofía moral Kant establece un modelo de interpretación de la acción moral no basado en mandamientos ni en normas concretas. Es lo que se conoce como moral “formal». En su lugar lo que plantea es una máxima, una máxima racional que responde a la pregunta “¿cómo debo comportarme para ser bueno?”

    La respuesta de Kant es la siguiente: debes tomarte a ti mismo por ejemplo y referencia porque en ti (y solo en ti) reside el patrón de la ley moral. Debes aplicar tu razón para dirimir si lo que vas a hacer es bueno o no. La fórmula es sencilla. ¿Estoy dispuesto a que mi comportamiento pueda universalizarse? ¿Quiero que esto que voy a hacer yo pueda hacerlo todo el mundo?

    Kant busca fundamentar el mayor bien que pueda ser pensado, en términos lógicos y posibles, por una mente humana. Con ello busca establecer un límite moral del que el ser humano se pueda responsabilizar. Hasta entonces el marco del buen comportamiento había sido impuesto desde fuera. 

    En el cristianismo no es el propio hombre quien fija los límites del bien, sino una entidad extraordinaria y superior como es la figura inconmensurable de Dios (a través de sus ministros terrenales). El problema de una moral externa al ser humano reside en que las potencias de un dios cualesquiera, por su propia naturaleza, trascienden la capacidad (la agencia, dice ahora todo el mundo) del individuo concreto, pues es evidente que un dios todopoderoso cuenta entre sus características esenciales también con la de ser infinitamente justo, equilibrado y bueno. 

    Los mandamientos de la ley de Dios son indicaciones concretas, bien de obligación, bien de prohibición, que vienen impuestas por una entidad superior que no tiene que enfrentarse a las pasiones propias de un ser humano (codiciar, envidiar, mentir, atesorar…). Los mandamientos solo establecen de un modo imperativo el reglamento del juego, pero es tan grande, tan ajena y tan inabarcable la exigencia que proponen, que el propio legislador cristiano prevé su incumplimiento y anticipa soluciones para los que se salgan por los márgenes. 

    El legislador cristiano sabe que no va a poder eliminar las pasiones de los hombres ni sus comportamientos “desviados” y para ello crea dos mecanismos liberadores. 

    Por un lado, el castigo. Ya que la presión es tan grande para el individuo potencialmente pecador, es necesario concretar un pago ostensible que equilibre el error inevitable. La penitencia en sus distintos grados es una válvula de estabilización interna, de redención social y de retorno reseteado a la normalidad. 

    Por otro lado está la confesión. El legislador moral sabe de la necesidad de un mecanismo de comprensión y desahogo que además le reportará una enorme cantidad de información respecto a las prácticas, anhelos y pensamientos privados a la que, de otra forma, sería imposible acceder. 

    Para el cristiano, por tanto, obrar bien es obrar acorde a unos principios impuestos frente a los cuales no tiene más opción que o bien el seguimiento ciego y acrítico o bien la vulneración y la posterior expiación de la culpa. O bien las dos.

    Todo ocurre “fuera” de un sujeto que no cuestiona el origen ni la necesidad de los principios, y que solo tiene que cumplir con ellos (confesarse y pagar también es cumplir). 

    Esto en lo que respecta a la moral religiosa, pero algo parecido ocurre con las morales particulares que regulan el comportamiento mediante las leyes locales, nacionales o imperiales. Un individuo podía estar obrando “nacionalmente» bien y al mismo tiempo estar discriminando, violentando o torturando a una persona. El sujeto al cumplir la ley local se ve eximido por ello de cualquier responsabilidad ulterior (también de la responsabilidad moral) en virtud de la obediencia debida. 

    La relevancia de la visión de Kant se basa en que no solo viene a introducir un nuevo esquema moral sino, sobre todo, una nueva jerarquía del sujeto respecto a su relación con el bien. 

    Que el patrón del buen comportamiento resida en el individuo (lo que Kant llama «la ley moral en mí”) y que no pueda desprenderse de esa prerrogativa implica una responsabilidad desconocida hasta entonces, lo que él entiende como dejar de vivir en una cómoda minoría de edad.

    A partir de entonces el ser humano no podrá apelar a referentes morales sobrehumanos, ni siquiera podrá escudarse en la ley humana que le obliga. Por encima de la ley temporal está la ley moral (ética) que tiene un carácter universal y trascendente a cualquier cultura y circunstancia, y de la que no puede escapar, pues esa trascendencia constituye el elemento ontológico sobre el que se edifica su humanidad.

    Para Kant, por tanto, no tenemos excusa a la hora de seguir un mandato que contravenga la ley moral, ya que es esta la que nos individualiza como personas y, al mismo tiempo, nos permite formar parte de una categoría superior llamada humanidad.

    Esa es la condena y la liberación. El sujeto moral, para Kant, está atrapado en su libertad constante e ineludible para elegir, para elegir el Bien.

  • Función manifiesta, función latente.

    Antonio López Piña

    El funcionalismo estructural ofrece un modelo de lectura que permite interpretar la totalidad de los comportamientos sociales en virtud de su utilidad para el mantenimiento del statu quo.

    Para los funcionalistas, los comportamientos que perviven en un sistema son aquellos que, de algún modo, potencian, subrayan o mantienen el estado de cosas establecido. Estos patrones de acción (usos, hábitos, costumbres, esquemas de pensamiento o de actuación política) son entendidos como comportamientos funcionales, pues cumplen con ese fin estabilizador.

    Sin embargo, constatamos también la existencia de comportamientos que, a primera vista, podrían parecer desestabilizadores y que, pese a su aparente disfuncionalidad para el sistema, persisten y no son eliminados. ¿Cómo se explica esto? El sociólogo Robert Merton ofrecía una explicación detallada a este respecto cuando planteaba que, para entender en su profundidad el valor y la complejidad de los comportamientos que se desarrollan en la sociedad, estos deben ser interpretados a la luz de dos tipos de funciones: la función manifiesta y la función latente.

    La función manifiesta de un comportamiento social coincide con el cometido reconocido y esperado al que idealmente contribuye su cumplimiento.

    La función latente (y por tanto no abiertamente reconocida) de un comportamiento social es aquella que, aunque no lo parezca, con su eficacia material contribuye a dar estabilidad al sistema, pues sirve para conservar el statu quo existente.

    Tomemos como ejemplo la educación institucional pública. En ella, los elementos que la configuran como sistema se esfuerzan por alcanzar su función manifiesta, es decir, proporcionar en un contexto de igualdad de oportunidades el conocimiento, los valores y las competencias que los individuos necesitan para entrar a formar parte de la maquinaria productiva en las mejores condiciones posibles.

    Si ahora interpretamos la educación institucional pública desde la óptica de su función latente (no expresa pero sí efectiva) y profundizamos en sus características materiales dejando a un lado la intención ideal de la que parte, nos encontramos con una realidad mucho más dura. Aulas superpobladas que hacen muy difícil la tarea de los profesores y merman la posibilidad de muchos alumnos para afrontar con éxito las asignaturas más exigentes. Agrupamiento de alumnos atendiendo solo al criterio de edad, falta de ayudas económicas para los más desfavorecidos, abandono de un notable porcentaje de estudiantes y desánimo de muchos docentes. De este modo, la función latente del sistema educativo no sería otra que la de reproducir y perpetuar un patrón de estratificación que mantuviera la desigualdad en los niveles “óptimos”. Esta circunstancia hace mucho más fácil ubicar legítimamente a los estudiantes menos exitosos en los puestos más bajos de la jerarquía laboral, en ese ínfimo escalón que nadie quiere ocupar voluntariamente, pero que es imprescindible que alguien ocupe. Por tanto, la actuación de la administración que sigue esta pauta “disfuncional” es plenamente funcional, puesto que logra llevar a cabo un proceso de selección y ubicación social “natural” que de otra forma sería muy difícil de justificar. Todo, como vemos, al servicio del mantenimiento del statu quo.

  • SEMANA XXXXVII (del 19 al 26 de julio)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes
    Cerramos chiringuito, cerramos año. Otro. Ya van 9. En septiembre haré 10 años escribiendo esta entrada puntualmente cada fin de semana. 10 años. Eso es persistir. Sin nada a cambio. De dinero, digo; de prestigio. Estoy fuera del sistema. Todo lo que no cae bajo su luz, es sombra. Es borrón. Ni siquiera es dato. Estoy fuera de todos los radares del poderoso faro de internet porque estos artículos no se han convertido nunca en dinero. Son datos de cementerio, un pecio en el océano que, salvo familiares y amigos, vosotros, conocéis el mapa de los fondos para encontrarlo. Sin querer, soy antisistema, sin proponérmelo.

    Ayer ganamos la Copa del Mundo de fútbol. Ganamos. Un juego y unas reglas (torcidas) nos permitieron por segunda vez decir “ganamos”, así, en plural por fin inclusivo, acercando lo que de natural y de común está lejanísimo, o sea, Serrano por ejemplo, el barrio de Madrid, con Paterna de Rivera, uno de los pueblos con rentas más bajas de Cádiz. Ambos habitantes de dos sitios tan lejanos, tan nuclearmente diferentes, pudieron decir ganamos sin romper la sintonía, desde una garganta común. Y claro, sentirte perteneciente y sentirte ganador es una tentación a la que es muy difícil renunciar. Yo no pude, lo confieso, porque además vengo de un tiempo, de una infancia, de nato perdedor en el mundo, de todas las citas mundialistas y europeas; criamos una conciencia de perdedor que es imposible no decir, “Ganamos, coño, ganamos hostia puta, ganamos joder”. Imposible, yo no pude, confieso, confesionario. 

    Uno de los condicionantes de ganar, claro, es reducir al rival a mero enemigo, despojado de todo sentimiento y de todo bien posible. Es el mal puro. Es injusto, claro, pero son los implícitos de un juego que tiene una dimensión global. Puedes desconocer a Pedro Sánchez pero nadie en el mundo desconoce a Lamine Yamal. Nadie. Hasta en la aldea más remota de África, sobre todo en la aldea más remota de África. Creo que no somos del todo conscientes de lo que supone ganar la Copa del Mundo. Esos 26 jugadores están bendecidos para siempre. Pueden no hacer nada el resto de su carrera, pueden echarse a dormir si quieren: siempre serán los campeones del mundo. En otro tiempo te valía ser Alejandro Magno o Carlos Magno o Rodrigo Díaz de Vivar, ahora te basta con ser Ferrán, Olmo o Lamine. Aquellos dejaron de ser personas para ser mito, para ser leyenda; estos ya han entrado por el arco de la gloria: el tiempo hará el resto. 

    Me dio mucha pena no compartir con mis alumnos la victoria porque del partido y de la actitud de la Selección española se pueden desprender muchos pensamientos. El juego verdaderamente en equipo hizo que Lamine no fuera una estrella, sino una parte del mecanismo. España juega lejos del star-system del fútbol internacional, sistema que tienen calcado los americanos hasta la náusea, desde el béisbol hasta el 
    básquet, y que Europa, el Real Madrid por ejemplo, han copiado estúpidamente. 

    Martes
    España juega bien porque es un equipo. Porque, como dice el entrenador, juegan para el bien común. Lo ha dicho muchas veces. El bien común. Tan aprendido se tenían la lección que incluso Ferrán dijo que el gol lo habían hecho 48 millones de españoles. Esa exageración revela la idea del “bien común”. Argentina venía con la idea del star-system, Messi y diez más. Perdieron en los fundamentos pero eso no te hace ganar en el fútbol. De hecho creíamos, los criados en la conciencia del perdedor, que otra vez se iban a salir con la suya. Porque si Argentina hubiera ganado el domingo, no habría ganado sino que se habría salido, otra vez, con la suya. Y mola que de vez en cuando, aunque sea en lo simbólico del juego, los malos no se salgan con la suya como siempre, que alguna vez, aunque sea en lo simbólico, muerdan el polvo y se obliguen a un reflexión interna. Porque perder te obliga entre otras cosas a reflexionar, cosa que se evitan los ganadores, que solo celebran. De ahí nace el pensamiento, la reflexión, la filosofía, de la conciencia del perdedor. 

    El partido lo vi con mi padre, como lo vi en el 2010, como vi los mundiales de mi infancia, cuando jugaba Arconada y mi padre me regaló el traje, no sé muy bien por qué, de Arconada, quizá porque era el más barato, el caso es que yo jugué de portero durante mucho tiempo por culpa del traje de Arconada; incluso la primera vez que me subí a un escenario, en el colegio, fue con el traje de Arconada (hay documento gráfico), ese portero silencioso, resiliente y duro. Un vasco rodeado de misterio, de verdad. Un portero que falló en los momentos decisivos y que, solo por eso, se hizo más grande a nuestros ojos. Un mito (este de la pérdida). Mi padre vibró con el partido y con el gol de Ferrán, claro. También con el juego de la Selección y con el hecho de ser capaz de ganar a la mítica Argentina, la Argentina de Maradona y Mario Alberto Kempes. 

    Miércoles
    Hoy, con mi padre también, me toca ir a la notaría. Del campo, del juego, a otro campo no menos ficticio y a otro juego, no del todo verdad. Se trata del reino de la verdad que soportan las leyes, las verdades construidas para que todo lo demás no se caiga, los puntales sobre los que edifica la complejidad de la convivencia, en este caso entre españoles. Nos hacen esperar en dos sillas, nos convierten en espectadores totales de lo que allí pasa. Mi padre comenta los trajes del notario y sus pasantes. Yo me fijo en la luz atronadoramente blanca, en la aparente impolutez del lugar y en la gestualidad de trabajadores y clientes. Los gestos, para mí, revelan a la persona, como los gestos revelan al personaje en la literatura. A través de los gestos construyo a los personajes en literatura y reconstruyo a las personas en la vida. Aquí los gestos son ritualizados, formales y es más difícil ver el aliento humano. Se me revela un detalle.

    Una de las personas que trabaja en el mostrador moviendo papeles pronuncia un nombre. Un nombre con sus dos apellidos. Dice que es un testamento. Me quedo enganchado del nombre. Es una cáscara vacía. Un nombre sin cuerpo. Entramos en uno de los despachos a que el notario dé fe y rubrique. Casualmente es el mismo notario con el que firmé la hipoteca de mi casa (y la compraventa) y con la que mi hermana firmó la hipoteca de su casa (y la compraventa). Es un ser fascinante, con las orejas en pico, espigado y con un proceder tan atrayente como repulsivo. Estaría horas viendo cómo lee los documentos y, sobre todo, cómo firma. Coloca la mano de una manera, la tumba, como si fuera un nigromante, y rubrica el documento para que, a partir de este momento, el papel respire la magia negra, la rúbrica que atravesará la combustión del tiempo. En el despacho hay ficheros desde 2010 al menos. Pienso que el nombre que se acaba de pronunciar como cáscara vacía, el del testamento, será pasto de un colosal archivo, como lo será el nombre de mi padre, como lo será el mío algún día, cuando el olvido nos despoje del cuerpo. Lo último que seremos será un nombre vacío, una cáscara en un archivo, ordenado por años, hasta que la ley permita quemar esos nombres que algún día fueron algo, que algún día fueron cuerpo.

    Escribir, también este confesionario en sombra fuera del radar del sistema, es trabajar contra el olvido. Inútilmente. Todo será polvo sin duda. Polvo cósmico. Mas polvo enamorado, como quería el poeta. Todo lo bello ocurre en la superficie, en la playa hay cuerpos esplendentes, a pleno pálpito; en los fondos hay seres ambiguos, monstruosos por la falta de luz. Y también hay pecios que algún día fueron barcos de añil y que hoy solo atraen a los grandes exploradores, como tú, que indagas en este pecio fuera del radar, en sombra, con los ojos grandes, como los niños que descubren en cada momento, en cada minuto el mundo. Gracias y en septiembre espero que me acompañes en el año diez de este confesionario.

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