Que conduzca al avance.

Antonio López Piña

Que conduzca al avance

Amigo, has vuelto de clase tras un día nefasto. Vienes sin ganas de comer, dejas las cosas, la bolsa del ordenador, las llaves, la cartera y vas a la cocina. No quieres preparar nada, no sientes que tengas derecho a cocinar algo sabroso y placentero. Te impones una penitencia de tiniebla y desgana. Abres el frigorífico. Miras sin mirar, saludando a un caos que se mantiene vivo a 7 grados. Abres la puerta de la cocina, la que da a la terraza, y te sientas al fresco con una bolsa de pipas. Te sabes afortunado porque, aunque la mitad de tu sueldo se te va en alquilar ese piso, por lo menos tiene una terraza en la que puedes poner un par de sillas y una mesa. Un verdadero lujo en este pueblo que está lejos de todo. Lo bueno de las pipas es que no te permiten hacer nada, te ocupan las dos manos, la de sostener y la de llevarlas a la boca. Mientras estás comiendo pipas no puedes escribir, no puedes deslizar ninguna pantalla, ni tampoco pensar en el ruido de clase, en las reclamaciones por las notas, en la manifestación de los desprecios. Estás al cris-cris de cada pipa. No estás mirando nada, no estás analizando nada. Austeridad zen, el cuerpo desentendido de sí mismo, autónomo. La mente concentrada en romper bien la pipa por mitad de la sal, doble toque de diente, preciso y musical. Recargas el puñado y vuelves al horizonte que está dentro o detrás o en ningún sitio, pues no buscan tus ojos un punto de destino. Están en una fuga infinita que surge de ver y no mirar nada. Más pipas, vas a saltarte la comida. Tienes sed. Entras en la cocina y vuelves con un vaso de agua. Ni fresca ni del tiempo, funcional puramente, alimenticia y sosa. Estás a punto de sentarte, pero un ruido, un movimiento te llama la atención y te saca de ese vacío pacificador y derrotado. Justo enfrente de tu lindo balcón, de tu arrendado voladizo, observas las maniobras de un señor aparcando. No va mal, tiene hueco de sobra, le cabe hasta de morro. El hombre se encisca en apurarlo. Gira, ajusta, mira, vuelve a girar un poco, las llantas casi rozan el bordillo. No te sientas porque quieres ver el final del episodio, porque piensas que el conductor no lo ha dado aún por terminado. Entiendes claramente que a ese automovilista todavía le queda una maniobra por ejecutar. Sabes, como sabe todo el mundo, que esas ajustadísimas ruedas a este lado tienen que desarrollar un movimiento que conduzca al avance. Te empiezas a poner nervioso. No deberías haberte levantado a beber agua. Tendrías que haber asumido esa sed con sobriedad de monje que estaba a contramundo. Miras las remotas pipas. Están muy lejos, te pillan lejos ontológicamente. Están a menos de un metro, pero te cogen a desmano, en una dimensión donde se configuran inútiles y ajenas. Ves al señor bajarse de su coche y no puedes creer que lo vaya a dejar así. No puedes entender que salga tan ufano después de ocupar dos huecos con su coche de mierda, con su cara de mierda y su bigote de verdadero hijodeputa. Revoloteas por tu terraza jaula como un león urbano. ¿Cómo va a dejar así el coche? ¿Cómo puede un ser humano no darse cuenta de la magnitud del delito que está perpetrando? Se te encienden las manos y la cara. Miras a todos lados, como si alguien más estuviera contemplando la soez peripecia. Se va a marchar tranquilo, se va a su casa garantizando la salvaguarda de sus dos parachoques. Ves la injusticia en las cosas pequeñas, te indignas, te consumes con estas parafernalias del abuso. Tienes una llama inapagable en tus manos, el fuego de la ira legítima, que es la más peligrosa. Odias a ese conductor con la fuerza civil que te da la ética. Deberías bajar, estás a tiempo de pillarle en la esquina. Piensas en cogerle la matrícula, en ver por dónde se marcha, en seguirlo a la puerta de su casa y esperarle mañana cuando baje. Imaginas que pasas toda la noche agazapado y que sale solo muy de madrugada. Piensas que merece un castigo, un castigo cívico y ejemplarizante en la plaza del pueblo. Un correctivo no ajustado a derecho sino al colosal tamaño de tu odio. Un castigo doloroso y lento que recorra las afiladas agujas del tormento y la agonía. Un castigo impartido con manos indolentes al llanto e incluso al arrepentimiento. Un castigo que purifique el pestilente hedor del mundo y convoque a la Justicia verdadera a la puerta de tu alquilado apartamento. 

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