Semana IX (del 25 de octubre al 1 de noviembre)

Jose Aurelio Martín

Lunes

Alejarme quiero.

Adentrarme en el silencio

Alejarme quiero.

Dice Manolo García en la canción Rosa de Alejandría. 

Queremos salir de la rueda de los días, de la aceleración de la historia. No podemos. Somos la rueda y somos el acelerador del tiempo. Hay un capítulo (Quince millones de méritos) de la citadísima Black Mirror en el que un personaje consigue puntos para vivir pedaleando en una bicicleta (para generar energía). Su trabajo es pedalear, cuanto más, más puntos; cuanto menos, menos capitalismo, menos posibilidad de comprar y de ver series en un cubículo cuyas paredes son pantallas, que te asedian con publicidad que tú pagas para (¡ojo!) no ver. Es un prodigio de capítulo, es una metáfora acertadísima de lo que nos pasa. Y sí, es ficción, lo hicieron especialistas en crear ficción.

Estos días con mi alumnado estamos debatiendo qué es la literatura, porque, entre otras cosas, yo no lo tengo claro. Estamos llegando juntos a conclusiones. Les pongo textos fronterizos entre lo que es o no es literatura: una canción de Bad Bunny, el insulto poético del soneto A una nariz de Quevedo, el diario de un médico gazatí que, en medio del horror, saca unas notas en las que refleja lo que ve y lo que vive, las letras nobeles del cantautor encumbrado por las élites culturales, Bob Dylan, el poema al útero de una joven poeta (Elsa Moreno) que en redes dio el viralazo porque le achacaban que de la regla no puede salir un poema, solo sangre y culpa, un fragmento de la pieza de teatro La piedra oscura (Alberto Conejero, 2015), en la que se basa parcialmente el peliculote del año (y de la década y más allá) La bola negra, una actuación de Ignatius Farray que, además de humor, genera pensamiento y, por supuesto, el inevitable poema de Bécquer, tan cursi como eterno, ¿Qué es poesía?

Martes

Es difícil impartir una asignatura cuyo término de estudio es borroso, sobre todo en los miles de textos fronterizos en los que la literatura colinda con otros campos: el periodismo, el documental, el bulo, la publicidad, el chiste. Es complicado. Intento dar una explicación, hay como cinco polos que hay que considerar: la intención del autor/a, la forma literaria, el tema, las instituciones socio-culturales y el lector. Ninguna, por sí sola, creo, es suficiente para considerar un texto como plenamente literario. Bad Bunny no tiene intención de hacer literatura, ni sus letras son sancionadas como literatura por una institución cultural, ni el destinatario de sus canciones va buscando literatura; sin embargo, Bad sí utiliza recursos literarios, sí se aprovecha de recursos expresivos para construir sus letras (por muy trillados y vulgares que sean, son recursos que también utilizan los literatos). Cuesta decir, con esta sola razón, que Bad haga literatura.

Entre esos polos descarté enseguida como decisivo el tema. Desde el Romanticismo, cualquier tema, incluso los más escabrosos y crudos, puede ser literario. Y eso lo tienen claro los alumnos. ¿Se puede hacer literatura de tu caca? Me miran, reflexionan, y afirman, sí, siempre y cuando tenga una forma literaria, artística. En efecto, uno de los mejores poetas en lengua castellana escribió el consabido libro Gracias y desgracias del ojo del culo. Quevedo dice que lo escribe un tal Juan Lamas, el del camisón cagado, y lo dirige, se lo dedica, “a doña Juana Mucha, Montón de Carne, mujer gorda por arrobas”. Ojo a la faltada de la dedicatoria a la tal doña Juana Mucha:

Quien tanto se precia de servidor de vuesa merced, ¿qué le podrá ofrecer sino cosas del culo? Aunque vuesa merced le tiene tal, que nos lo puede prestar a todos. Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy despacio y a raíz del paladar. Si le pareciere sucio, límpiese con él, y béseme muy apretadamente.

Béseme muy apretadamente. ¿Se puede ser más cabrón y desvergonzado? Da igual, aquí lo que importa es que Quevedo somete su material a una compleja forma literaria y eso puede más que todo lo demás.

La forma literaria no solo es el uso de recursos expresivos, creo que es mucho más profundo que eso. En el texto de La piedra oscura, aparecen dos personajes, uno histórico, Rafael Rodríguez Rapún, el penúltimo amante de Lorca (el último fue un tal Juan Ramírez de Lucas, del que pronto daré cuenta), que murió durante la Guerra (in)Civil, y un tal Sebastián, que en la peli hace el delicado Guitarricadelafuente. El fragmento que pongo en clase es un cotidiano diálogo en el que Rafael pide a Sebastián que acuda a un piso de Madrid a por unos papeles de un tal Federico. Como tal el diálogo es realista, casi documental, sin embargo, el autor, Conejero, mezcla materiales históricos e inventados, y esa mezcla intencionada, ese uso de materiales de diferente categoría (ontológica, diría, si supiera lo que significa eso) convierten eso en literatura, avalada además por la institución editorial/libro (Ediciones Antígona) y por la institución literaria género (teatro en este caso). 

Algunos chavales me dicen que les dejo más confusos todavía cuando hablo en los diferentes grupos de los textos. Creía que sabía lo que era literatura, pero ya no lo tengo claro, me dicen. La labor del profesor es clarificar, pero también es ser honesto. Y las dudas sobre qué es literatura y qué no, existen y son borrosas. Y eso es lo interesante, que eso nos permita llegar a conclusiones de forma conjunta. No vale con que yo como profesor, como institución cultural, diga esto sí, esto no, porque yo (institución) lo digo. Algunos me reprocharán que eso es un debate de segundo nivel, cuando ya hay una base; yo lo veo al revés, vamos a sentar una buena base y todo lo que venga después, incluso los debates más refinados, serán de segundo nivel. 

Miércoles

Sin embargo, el asunto del tema, me hace pensar: no todos los temas tienen el mismo rasero; no es lo mismo el ojo del culo, que el tema del genocidio en Gaza, tal como lo cuenta el médico Ezzideen Shehab. Una de las notas de su diario cuenta esta historia real, un catedrático palestino, Mahmoud Assaf, que vive ahora en el sur como refugiado y que recibió una llamada de un panadero. Sabida es la carencia de recursos a la que está sometido Gaza como plan de la solución final para el pueblo gazatí. El panadero le pedía los libros de su biblioteca para encender el horno y poder cocer pan. 

Pese a lo humillante de ese deshonroso ofrecimiento, el doctor Assaf reconoce que, dadas las penosas circunstancias en que vive, tal vez no tenga otra alternativa más que aceptar.

Para expresar sus sentimientos, el doctor Assaf se limita a decir: «Ojalá hubiera encontrado la muerte antes de este día: es como si estuviera viviendo un funeral dentro de mi corazón».

Ni la intención del médico es hacer literatura, ni la forma es esencialmente literatura, sin embargo, el tema y la elección de materiales para configurarlo, tienen un alcance simbólico que no es difícil considerarlo como de alto voltaje literario, porque en este caso, el tema, a saber, la importancia de subrayar la barbarie y el compadecimiento del dolor ajeno, tiene vocación de pervivencia, porque la literatura, también, y esto es quizá lo decisivo, es un alegato contra el olvido, o, dicho de otra manera y con otro matiz, es la huella que por humana debemos recordar para no olvidar nuestra condición. La literatura nos recuerda las cosas que no deben ser olvidadas.

Todavía no he tocado el asunto de la calidad, la buena y la mala literatura. Asunto curioso este el de la calidad, sancionada por instituciones socio-culturales, en este caso crítica y mercado, y en menor medida el canon cultural, configurado por universidad, intelectualidad y medios de comunicación. El gusto en literatura y en arte es de las cosas más complejas sociológicamente (como bien estudió Bourdieu), de forma que cuando uno valora un objeto artístico dice más de él que del objeto en sí. El libro biblia español, El Quijote, fue considerado una chufla por la crítica de la época, hasta que vinieron ingleses y alemanes a reivindicarlo como libro esencial. A lo mejor, paradójicamente, debemos la fama de un libro tan español a la mirada de los extranjeros. Qué cosas tiene la historia.

Jueves

De la mala literatura se aprende más de literatura que de la buena. Una novela mal hecha, o desafortunada, pone en relieve más la carpintería estructural que una buena novela que disimula todos sus recursos de construcción. Es como entrar a una casa en la que un mueble está doblado. Llama la atención y denuncia al mismo tiempo que las cosas así no se hacen. O un mal poema que abuse de rima previsible o no rime en algún verso en el que está prevista la rima. 

Y lo mejor de esto es que la mala literatura también puede ser interesante, incluso más que la buena. He descubierto a un escritor al que he tenido siempre oído en mi mundo literario y al que no había metido pata: Javier Tomeo, un aragonés lejano y hosco cuyos libros siempre he visto por ahí y nunca había hincado el diente. Leí en una entrevista a mi colega David Llorente que era un pedazo de escritor. Empecé con Amado monstruo en digital, me encantó el arranque y quise leerlo en papel. El libro se ha descatalogado y solo se puede encontrar en la segunda mano (ya hablaremos de esta catástrofe). Fui a la biblioteca y había una buena porción de libros suyos, menos Amado monstruo. Cogí La patria de las hormigas, en gran medida por lo sugerente del título. Es una novela fallida pero maravillosa, con muchas ideas sugerentes, muchas frases que se quedan claveteadas en la mente sin querer, muchas imágenes deslumbrantes sin que el autor se lo proponga. Es una novela mala pero que recomendaría a cualquiera porque el personaje, la atmósfera donde se mueve, deja poso. E inquietud y también ternura. 

Viernes

Alejarme quiero

De esta vida que yo vivo sin convencimiento

Y adentrarme en el tiempo de las luces

Barros vivos encendidos por la mano

Del misterioso alfarero

Qué bonita imagen cuaja aquí Manolo García. Gran letrista. ¿Literatura? Desde luego, adentrarnos en el barro lento de las manos del misterioso alfarero. Entrar en esa senda de desaceleración, en ese ritmo lento de la vasija creciendo en las manos del alfarero. En el tiempo de las luces, dice Manolo. “De quimeras me alimento/ de simplezas me contento”.

Alejarme quiero, por eso me adentro en la tortuosa senda literaria, pero la realidad no deja de golpear, no deja de salpicar y mi imaginación, que tendría que enredarse en las manos lentas del misterioso alfarero, se queda atrapada en unas vías, mil veces por mí, por los míos transitadas, cerca del pueblo toledano de Urda, el pueblo de mi amiga Elena y localidad muy cercana al pueblo manchego de mi madre.

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