Categoría: Jose Aurelio Martín

  • Semana VI (del 4 al 11 de octubre)

    Jose Aurelio Martín

    Sábado

    Que los fines de semana no nos salpique la realidad, por favor, que los fines de semana, la aristocracia obrera (los que no trabajan el finde y tienen medianas condiciones laborales) goce del ocio puro, del cine, del teatro y de una buena comida.

    Hoy sábado es ocio puro y hay una manifestación que recorre el país en nombre de la vivienda digna. Nos encontramos en el espacio público y hablamos de lo intolerable que se ha vuelto la situación para cualquiera, estés donde estés en la cadena social, salvo si tu familia obtiene rentas de varios inmuebles, entonces no saldrás a la calle porque creerás que eso no es que vaya contigo, es que va contra ti. Aunque tengas una plaza de garaje que alquilas por 120 pavos al mes. Incluso así cabes en la palabra propietario, como bien te ha hecho creer el poder, el gran poder.

    Un ministro del franquismo quiso fomentar la propiedad con una frase ingeniosa: vamos a crear un país de propietarios, no de proletarios. Trazar esa raya fue muy inteligente para desmovilizar un posible levantamiento popular cuando el franquismo diera sus últimos coletazos. Pero el franquismo tardó en morir si es que ha muerto, a la luz de las encuestas sobre intención de voto.

    Todavía en la cama, un sábado, permitiéndome media hora de pereza y, sin querer, se me cuela la realidad, la puta realidad. Escucho en la radio el testimonio de Olga, una mujer con dos hijas, de mediana edad y amenazada desde el 2010 por el cáncer del desahucio. Su marido no le pasaba pensión, perdió el curro precario que tenía y la mujer tuvo que pelear en la mierda, porque tratar con bancos, burocracia y caseros es chapotear en el fango, hasta que se cansó y se vio obligada, a pesar de sus hijas pequeñas, a quitarse la vida.

    Olga contaba, y lo escucho en mi cama de pereza, previamente a un desayuno alegre de luz matinal, que el psicólogo al que había visitado ocasionalmente cuando le tocó la cita le dijo que tenía un cuadro de ansiedad y depresión vinculado a su situación socio-económica. Dice Olga, tócate, una carrera para decirme eso. A mí me parece de una crueldad infinita, con lo fácil que hubiera sido ponerlo al revés, es decir, usted tiene un cuadro socio-económico intolerable y, en consecuencia, tiene ansiedad y depresión. Si le hubiera dicho eso, si los psicólogos empiezan a poner las cosas importantes primero, a lo mejor la receta quedaría más clara: reformar inmediatamente la realidad socio-económica, sostenida por la ley y protegida por la violencia (fuerza legítima) de los antidisturbios, dos poderosas herramientas del Estado.

    Basta ya de que los psicólogos apunten al individuo como causa y solución de sus males, que no son propios, son sociales, económicos en la mayoría de los casos. Las soluciones individuales, cuando los problemas son sociales, son un parche, un remiendo que va a reventar de forma inevitable. En el caso de Olga, que se mató cuando ya había entendido que la sociedad (en concreto los buitres: bancos y leyes injustas) la habían asesinado. Con Olga se pone de manifiesto el triunfo absoluto de los buitres: conseguir que sea el individuo el que se mate, y no que tengan que matarles ellos, con lo escandalosa que es la sangre y los crímenes.

    El sábado, este sábado, se ha salpicado de impureza y la tostada con jamón y aceite no me ha entrado con la luz habitual del Atlántico los sábados matinales y puros. Cuánta impureza.

    Domingo

    Obligo a que el domingo sea una tregua, a que el tiempo detenga sus caballos. Procuro estirar cada momento dominical, la cama perezosa, el desayuno profundo, la lectura larga, el comentario de mi turra dominical que envío a amigos y conocidos, la caña refrescante, la comida demorada, la sobremesa conversadora, la siesta que permite algún sueño…, todo por no pensar, por no querer pensar que mañana el presidente del gobierno va a convocar elecciones y que me gustaría desaparecer durante dos meses de aquí, de escuchar monstruosidades, de leer publicaciones envenenadas que replican personas que quiero, o peor, antiguos alumnos que conservo en las redes y que se dejan llevar por todos los cantos de sirena ignorando, como yo les había contado en clase, que Ulises tuvo la fortaleza, la determinación de evitarlos porque sabía que en ello se le iba la vida.

    Es muy doloroso leer en perfiles de alumnos cosas negras del tamaño del miedo, descomunales.

    Por la tarde, cuando el sol declina y anuncia la tormenta del lunes, suenan los primeros tambores. Leo en el canal de wasap de ELPAÍS que el presidente mañana saldrá a dar la noticia. Me retuerzo, el tiempo se me ha escurrido otra vez entre los dedos, ya no lo cojo, otra vez se me ha escapado y me lleva directamente al lunes, al más impuro de los días de la semana.

    Miércoles

    Hoy es fiesta local en Cádiz, la Stma. Virgen del Rosario. Cuando trabajaba fuera de Cádiz, en Medina, me daba mucho coraje este día; hoy que trabajo aquí, en la ciudad, soy devoto del Rosario. Así de fácil me vendo, por un día feriado, lo dé quien lo dé.

    Hay un difícil encaje cuando hay fiesta local, hay un desajuste que puede ser placentero si piensas que, en un día rutinario para el mundo, tú eres una burbujita de paz en el universo porque Dios ha querido que hoy se celebre a su Stma. Virgen del Rosario. Da una extraña fruición.

    Pero esa pureza pretendida empieza, otra vez, a mancharse. Voy al gym, tengo clase de canto y asisto a una asamblea política. La santísima Virgen del Rosario se ha salpicado del estiércol de cualquier miércoles.

    Y llega la puntilla: ha muerto Maricarmen. La mujer símbolo que ha sacado a mucha gente del sofá y de Netflix. A mucha gente joven. Parece que esta temporada de España está siendo interesante, muchos giros de guion, tantos que cuesta asimilarlos. Los primeros titulares me dejan pensando, «Ha muerto Maricarmen». No hacía falta más, todos reconocemos ese nombre que se había convertido en símbolo. Su muerte, en cambio, la volvió a convertir en cuerpo. Sus cenizas la lanzarán, de nuevo, al Olimpo de los símbolos y su nombre se quemará en la larga campaña electoral que nos queda y a la que no voy a poder evitar huyendo.

    Escribo en los estados, «si a Maricarmen no la hubieran desahuciado, ¿hoy seguiría viva? Me resisto a decir que ha muerto: la han matado. Sí, Urbagestión (los buitres) y la ley». Son líneas escritas al calor, y ya sabemos que el fuego deslumbra mucho, fascina y destruye a partes iguales. Observo que el personal y algunos periodistas están incómodos al decir, «Ha muerto Maricarmen». En el fondo todos sabemos quién la ha matado. En algunos titulares hay síntomas de que el titular objetivo no funciona del todo: «Maricarmen ha muerto desahuciada». Ya no es lo mismo. Las palabras tienen sentido si consuenan con la verdad del mundo. Las palabras siempre se abren camino a pesar de todo, y por tanto «Maricarmen ha muerto, pero desahuciada». No podemos decir que Urbagestión y la ley han asesinado a Maricarmen. No podemos decir que la situación socio-económica, protegida por la ley y la fuerza, mató a Olga. No podemos, pero tampoco podemos jugar las palabras en favor de los responsables más inmediatos de estas dos muertes. No debemos, si no queremos caer en la telaraña.

    Si no podemos todavía expresar lo que todos pensamos, habrá que convertir las palabras en síntomas, sembrar dudas sobre lo difícil que lo tienen algunas palabras (en los discursos concretos) por abrir brecha hacia la luz. La prensa extranjera lo sintomatiza, The New York Times, «Maricarmen, cuyo desahucio indignó a los españoles, muere sin llegar a volver a casa»; el diario argentino Clarín también, «La muerte de Maricarmen, la mártir de los inquilinos que reclaman por una vivienda digna…» Estos titulares se rebelan contra el titular informativo y aparentemente neutro: «Ha muerto Maricarmen». Las palabras siempre se orientan hacia la luz, hacia la verdad que consuena con el mundo. Siempre.

    Rafael Alberti escribió su poemario negro y surrealista en 1929, en pleno crack, al que tituló «Sobre los ángeles». El poeta crea el ángel negro, el ángel de la sombra, el ángel malo. Cuatro versos de un poema titulado «Desahucio» los aprovechó Ana Belén para dar ánimos antes del desahucio de Maricarmen: «Sola,/ sin muebles y sin alcobas,/ deshabitada», pero el poema sigue:

    Te pregunto:

    ¿cuándo abandonas la casa,

    dime,

    qué ángeles malos, crueles,

    quieren de nuevo alquilarla?

    Dímelo.

    Los ángeles malos, los buitres, han matado a Maricarmen y han suicidado a Olga, y no puedo decirlo, no podemos decirlo, hasta que esa luz que consuena con la verdad del mundo se abra paso, cedan las sombras, y la realidad duela como el acero de la espada.

  • Semana V (del 27 de septiembre al 4 de octubre)

    Jose Aurelio Martín

    Sábado

    Recién veníamos el sábado de ver La bola negra, el fenómeno cultural del año, y al poner la tele el lunes se coló en el sábado y lo que había sido un fenómeno estético, la peli, se estaba salpicando de realidad: unos chavales concentrados en la puerta del Sol, la plaza de todas las Españas, habían decidido quedarse a dormir como aquel lejano 15 de mayo de 2011.

    Iba con mucho prejuicio a la peli, por el tema Javis (los), que habían cogido el timón de la cultura moderna en Madrid, como lo hiciera Almodóvar en los 80, esa modernura que siempre embadurna una capital llena de tiburones, de ranciedumbre aristócrata y de mucha gente amontonada en las periferias, gente clara y buena. Antes en teatro, ahora en el cine, Javis (los) se han entronizado como los faraones guays de la alta (y  de la baja) cultura. Con La bola negra hay motivos para el faraonazgo. 

    Lunes

    Una chavala, llamada Nora, de Irún, se vino a Madrid a trabajar de actriz. Está en la acampada. Cuenta en ELPAÍS que ella paga 400 pavos por una habitación en piso compartido. Hasta aquí, no hay noticia (hasta parece barato según se ha puesto la cosa), el asunto es que en su habitación hay una ventana que da a un muro, es una ventana ciega. Sin querer, Nora, construye una metáfora, “Madrid es como mi habitación con ventana (ciega), un espejismo”. Y a lo mejor la metáfora abarca a toda una generación.

    Hace rato que Madrid secuestra la luz de la ventanas de los precarios (Esty diría las precarias), las ventanas en Madrid son ciegas, en Madrid las ventanas son muros donde no penetra la luz. Nora ha venido a Madrid a triunfar, porque en Madrid se viene a eso, a triunfar en lo tuyo. A triunfar a secas. En Madrid ocurre todo y eso se nota cuando uno ha vivido allí y luego, cuando la ciudad te echa,  ves que, en efecto, fuera de Madrid hay nada, hay intemperie. Es precisamente ese anhelo de Madrid, que es cultural y simbólico, una de las causas de la eterna crisis de la vivienda: Madrid siempre desborda la demanda (de pisos, de recursos, de todo) y eso es el charco de cultivo propicio para los tiburones, que inocentemente llamamos especuladores y que  son, de toda la vida, los abusones, los que pegaban a los niños pequeños en el patio, los hombres del saco. 

    Nora podía haber sido contratada por Javis (los) y entonces no estaría en Sol, estaría en las teles, en los podcast, en las alfombras rojas, pero no, está entre cartones durmiendo mal en una Quechua en la puerta del Sol, bajo la lluvia y con la eterna amenaza de los nazis. Si Nora estuviera en La bola negra hablaría desde su habitación con ventanas abiertas, penetradas de luz y alegría, y sus palabras serían las palabras del que triunfa, el único discurso que nos llega. A los anónimos que se quedan por el camino, con su discurso antiheroico, nunca los escucharemos hasta que algún Miguel de Cervantes (o el anónimo creador de el Lazarillo) aproveche su historia para contar  de nuevo lo frágiles que somos y la ternura que arrancan siempre los fracasados.

    Martes

    La historia de La bola negra que conecta con la actualidad habla también de fracaso, de un chaval que, fracasado en el teatro, se vuelve sobre sí para explorar su identidad, es decir, sus raíces, y descubre que su abuelo, a pesar de haber vencido en la guerra (la incivil del 36), salió derrotado en lo más profundo y abarcador que tiene un ser humano: el deseo. Su abuelo, que hace un colosal Guitarrica de la Fuente, desgracia (por abandono) a la madre del dramaturgo fracasado y, por tanto, al propio dramaturgo, que sufre las consecuencias de que la guerra, la política, la moral o su puta madre reprima los deseos. 

    Y esa persistencia represora envuelve la historia de nuestro mito patrio, la del poeta Federico García Lorca, ahora también compartido por gente cuya ideología, paradójicamente, contribuyó al asesinato del poeta. Sobre la obra de Lorca planea un tema obsesivo que yo intento explicar en clase con poemas y obras de teatro: la frustración amorosa, la represión del deseo, la intolerancia a la alegría. Lorca era un ser que invocaba la alegría, la creación y el caballo de la libertad, justamente lo que más daba coraje a algunos de sus coetáneos, cuyos descendientes han estado escondidos en la democracia y ahora, que el sistema quiebra, empiezan a sacar pecho  y a decir de nuevo barbaridades que poco a poco se convierten en normalidad. Los rinocerontes están aquí: incluso  gente a la que queremos tienen ya pezuñas y un cuerno que les sale de la frente, como la inolvidable escena de Rhinocéros (1959) de Ionesco.

    Miércoles

    Sale en la tele un pequeño reportaje de la convención que se celebra en Madrid  sobre la vivienda, pero desde el lado de los tiburones, The District, el mayor evento europeo del Real State (“sector inmobiliario”) desde la óptica del capital. Salen señores y se adivina lo lejos que están de Sol, aunque les separen muy pocos kilómetros. Están a años luz. Sale un promotor y habla de productos. Uno creería que está hablando de latas de sardinas, pero no, está hablando de viviendas. Las palabras a veces son síntomas, y a veces son dolencias crónicas. Los de Sol no hablan de piso, ni de casas, hablan de “vivienda”, de vivir;  los de The District hablan de producto, la dolencia crónica de una democracia que no solo no ha resuelto el problema de la vivienda en 50 años, sino que manifiestamente lo han empeorado. Sol es también un síntoma muy serio de la quiebra que amenaza un sistema que empieza a dar igual porque no resuelve las cosas básicas, las cosas del comer, las cosas del vivir (etimológicamente “vivienda”). 

    Jueves

    Nora ha ido a buscar sol a la plaza de todas las Españas, la que reúne a  todos los españoles delante de la tele el día 1 de enero. Se ha quedado en Sol porque a su habitación propia le han secuestrado la luz. Somos seres orientados a la luz, por eso nos deslumbran las películas o los libros que iluminan, como La bola negra,  porque su verdad centellea en el largo túnel de la realidad. 

    Miguel Hernández empieza oscuro un poema: “No pudimos ser. La tierra/ no pudo tanto. No somos/ cuanto se propuso el sol/ en un anhelo remoto.”

    No pudimos ser.

    Pero lo remata abriendo la ventana, como nosotros, como los chavales de Sol, (o de Palillero en Cádiz o de muchas plazas de ciudades no madrileñas de España) esperan abrir las ventanas de sus casas, al aire y a la luz, a la libertad de la alegría.

    Amor: aleja mi ser

    de sus primeros escombros,

    y edificándome, dicta

    una verdad como un soplo.

    Después del amor, la tierra.

    Después de la tierra, todo.

    Después de la vivienda, todo.

  • Semana IV (del 20  al  27 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes

    A veces, cuando leemos una novela o vemos una serie, irrumpe un personaje secundario que te roba la mirada. Expertos en secundarios son Dickens y en España  Galdós. Los dos, escritores realistas. Su acierto en estos personajes de acompañamiento de los protagonistas está fundado en el hecho de que en la vida todos somos secundarios. 

    Esa autenticidad del secundario suele contrastar con el  heroísmo del protagonista.  Un guerrero  (Aquiles), un alocado (Don Quijote) o un idiota (El idiota, de Dovstoievsky). En cualquier caso el protagonista tiene una patología, porque la guerra, incluso  la de Troya, es una patología, porque la guerra, aunque caigas  del lado del bien, sigue siendo una patología.

    Maricarmen era hasta hace poco una mujer anónima que ha irrumpido en el escenario social y nos ha robado la mirada. Nos ha fascinado su autenticidad, nos hemos condolido con su situación, nos  hemos retorcido con la injusticia que contra ella se ha cometido. Es una secundaria de lujo y hemos visto en su fragilidad lo que de carroña significamos para los buitres.

    Martes

    El fondo buitre es el animal mitológico que ha excretado (cagado) el capitalismo. O este capitalismo de abismo que vivimos con su aliento cada vez más cerca, con su hocico mojado husmeando en nuestra ropa. El fondo buitre es una criatura sin cuerpo, pero que ocupa un vasto espacio bajo el cual eres solo carroña, carne podrida. Su negror, su frialdad ocupa una infinita bóveda entre el cielo y la tierra y planea sobre los cuerpos enfermos (frágiles) y acecha contra los ojos asustados de los cuerpos plenos que saben, o empiezan a anidar en su pecho,  que ellos también pueden ser en cualquier momento carroña, carne podrida.

    Entonces Maricarmen se te mete en el pecho y  empiezas a ver con sus ojos cansados, porque Maricarmen eres  tú, ya no es que podrías ser tú, no, ya es que eres tú, tú eres Maricarmen, eres carroña para cualquier fondo buitre y van a picotear en tus ojos y escarbar en tu hígado. El fondo buitre no conoce las palabras, ni posibles soluciones, los buitres solo saben desgarrar carne podrida y dejar una limpia (por pelada) calavera. 

    Todos somos Maricarmen.

    No, tú eres Maricarmen. Tú solo. Tú, sola. 

    A veces los torpes novelistas fuerzan los personajes secundarios y nos lo meten hasta en la sopa, tal Ayuso, tal Sánchez. También, los novelistas de academia nos meten un personaje secundario envuelto de misterio, tal la anónima escritora que se ofreció a pagar los 2650 euros que le reclamaban los buitres a Maricarmen. Esa conocida escritora que prefiere no revelar su identidad no termina de funcionar como secundario, es un personaje que recomienda la técnica literaria,  pero no tiene aura de misterio, por mucho que se esconda luminosamente en el anonimato. Sin embargo, su gesto noble, que no lo ha tenido nadie, ninguna profesión, ni siquiera la mía,  la lleva al olimpo de la dignidad, si es que la dignidad admite jerarquías. 

    Miércoles

    Hay en toda esta trama unos personajes que ni siquiera son secundarios, que no tienen nombre y que suelen pasar desapercibidos para los ojos de los lectores corrientes. El corriente es un lector que corre, que se desliza por las líneas como los gibones por las lianas en la selva. Yo soy un lector corriente cuando me entusiasma la lectura, y al leer detenidamente esta trama observo que la secundaria Maricarmen va a ir al hospital, va a ser cuidada por enfermeros, médicas y profesionales de los cuidados. Son personajes que pasan desapercibidos en una lectura corriente, pero cuya  importancia, si fuéramos una sociedad en condiciones, no maleada por los buitres, les haría saltar al protagonismo de cualquier lectura social. 

    Al final es el Estado social el que de verdad acude al auxilio de ti, de mí, que somos Maricarmen.  Ni la escritora anónima, ni yo mismo hubiéramos cogido en nuestros brazos a Maricarmen para meterla en casa el día aciago en que los buitres, y todo el aparato estatal, la sacaron de su nido, del hueco que cualquier ser humano busca abrirse en su tiempo de vida. Y esa es la paradoja, el mismo estado que te salva, también te manda a los gorilas a dar palos y a los escribas a levantar acta de una injusticia. Y uno no sabe a qué atenerse, a qué parte del estado anfibio, social y policial-legal, quedarse. 

    Jueves

    Maricarmen no es, ojalá lo fuera, un personaje secundario. Maricarmen es una persona, a secas. Tiene 87 años, una discapacidad del 50%, lleva 70  años viviendo en un inmueble, al que llama su casa, de la que ayer la echaron, aunque técnicamente los medios de comunicación lo denomimen desahucio. Las múltiples posibles soluciones que se han ofrecido a Urbagestión, la empresa buitre que protagoniza el hecho, han sido rechazadas porque su claro objetivo era sacar al “bicho del nido”. Así  es como nos imaginamos que hablan los agentes inmobiliarios, los aprendices de buitre que dicen: tengo un inmueble muy interesante en zona Retiro, pero tiene bicho. Porque los carroñeros no ven personas, no ven animales, ven bichos para desgarrar con el pico hasta convertirlos en un montón de huesos. 

    Los buitres solo ven carroña y tú, y yo, y él, somos ya bichos que en cualquier momento nos pueden sacar del agujero.

    Viernes

    Después de la tempestad del trabajo y el calor salvaje  que se te pega a la nunca, uno necesita agujero, necesita grieta, necesita nido en el que apoyar la calma. Es muy  sencillo, decía Maricarmen el otro día que un fondo (buitre) compra paredes, pero no puede comprar viviendas porque la vivienda la hace uno. La palabra “vivienda” tiene un origen curioso, es el neutro del gerundivo latino y se traduce como «las cosas con que se ha de vivir», es decir, lo necesario para la vida. Nunca un fondo podrá comprar vivienda, compra paredes porque la vivienda la infundimos los bichos que vivimos dentro, los seres cansados que, después de una larga jornada de trabajo, necesitamos descansar los huesos a resguardo del pico de los buitres y con la calma en que debiera consistir la vida cuando uno cierra la puerta de su casa, de su hogar.

  • Semana III (del 13 al 20 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes
    Septiembre es un mes odioso, es cada vez más un agosto sin cañas, sin siestas largas y sin lecturas a pierna suelta. Septiembre es un verano salvaje y cabrón que te mete la pierna caliente en la cama en el inicio del año laboral. Esto no es buen tiempo, o clima de transición al otoño, es un calor mulo que se agarra en la nuca y te evapora como ser humano.

    Odio septiembre.

    ¿Y a quién coño le importa?

    Los profes, además, recibimos el horario que va a determinar los siguientes 9 meses, incluido el cabrón de septiembre y parte de octubre. Es el arado que hará surco en los próximos meses. Los que confeccionan los horarios son tan odiados como septiembre. Yo sería jefe de estudios para sentir el poder que temporalmente se me otorga para controlar el tiempo de cientos de personas, de cientos de vapuleados profesores. Solo Dios (en el sentido de Zeus) y el jefe de estudios tienen poder por el hecho de regular el tiempo humano, el tiempo de la vida, ese misterio salvaje que se agarra al corazón hasta que un día, también vapuleado, deja de latir.

    Odio y envidio a los jefes de estudios.

    ¿Y a quién ovarios le importa?

    Martes
    He recibido mi óbolo de tiempo para estos 9 meses que me quedan de curso. Estoy hundido. Es un mal horario. Mis compañeros dicen lo mismo. Es una mierda de horario. Odiamos al pequeño Zeus, zeusillo, que va a determinar la vida en estos 9 meses, incluso este confesionario, que ya no cuajará los viernes sino los jueves, que es el día asignado por dios zeusillo para estar más libre, más libérrimo de carga horaria.

    Estoy hundido.

    ¿Crees que a cualquier trabajador le importan tus cuitas privilegiadas, tus condiciones laborales envidiables y tu puto tiempo exquisito para la práctica de tu inútil literatura?

    Estoy hundido, estoy triste, estoy dolido.

    ¡Buah!

    Miércoles
    He ido a comer donde mis padres y he expresado mi hundimiento, mi tristeza, mi duelo. Mis padres me miran y entiendo su amor de no mandarme a tomar por culo. Mis padres, que no han dejado de currar asumiendo horarios salvajes. Largas jornadas de trabajo, sacrificios sin cuento. Me miran y en su silencio entiendo lo que me quieren significar.

    Mi padre dice: bueno, hombre, no está tan mal, al menos no tienes que ir por la tarde. Los jueves puedes dormir un poco más. Le digo que no me sirve de nada, que yo soy de levantarme pronto, como un pastor, que prefiero entrar todos los días a primera y salir pronto, no al revés, como este puto horario de mierda.

    Mi padre calla. Apenas veíamos al trabajador que era mi padre: se levantaba a las siete de la mañana y volvía muchos días a la una de la noche. Después de 9 o 10 horas de atender en una tienda de ropa, se iba a hacer trajes por encargo para sacarse un sobresueldo y mantener a una larga familia. Nunca recuerdo haberle escuchado quejarse más que una frase que la decía más de forma descriptiva que de queja: «El comercio es muy esclavo».

    Yo no me dedico al comercio.
    Tú te dedicas a la enseñanza.
    Tu padre tenía un horario esclavo.
    Tú no tienes un horario esclavo. No eres mano de obra esclava.

    Jueves
    La furia se amortigua en parte por el silencio de mis padres, dos trabajadores con horario esclavo, y en parte cuando conozco al alumnado con el que voy a hacer surco estos nuevos meses que me restan. Son mi debilidad. Es la parte más importante de este trabajo. El trato con los alumnos. Tener buenos compañeros está bien, pero para mí la clave de un curso es la chavalada, lo que pueda cosechar de ellos en estos nueve meses. Lo que podamos cosechar juntos.

    Son tan frágiles algunos, son tan inocentes que me arrancan vendavales de ternura. Y entonces se me olvidan los horarios, los zeusillos y las miserias blandas de la clase trabajadora docente. Esto lo saben los zeúses que confeccionan los horarios, saben que a algunos nos pierde la ternura y la juegan a su favor y en nuestra contra. También saben que somos animales de severa costumbre, que una vez que hacemos surco dos semanas ya no nos saca de ahí ni Cristo Rey.

    Apencar, no me queda otra.
    Apencar, no te queda otra.

    Arranco en cada clase con una pequeña ópera bufa para captar su atención, postularme como profe guay y para meter mi primer mensaje: el silencio.

    Utilizo el silencio como presentación, lo demoro, lo vuelvo significado, lo hago incómodo. No me conocen, luego no saben si tienen delante un loco o un mudo. Tensión. Risas mordidas.

    Lo voy rompiendo y cuando más o menos ven el plan, pregunto: ¿cuándo ha empezado la clase? La mayoría dice que cuando he empezado a hablar, para eso es una clase de Lengua. ¿Y el silencio? Pues es silencio. ¿No es Lengua? No. Pero tiene significado, ¿no? Sí, yo estaba incómoda. ¿Entonces? No sé. La mierda de la sintaxis esa que habéis dado, o cualquier parte de la gramática, ¿estudia el silencio? Sí (me dice una), porque me obligaban a estar callada (risas). No, no, perdón, profe, no se estudia. Sin embargo, en música el silencio se escribe, tiene notación. En Lengua, no. Es verdad (hay muchos músicos en clase, que simultanean estudios con el conservatorio). Solo hay una parte de la clase de Lengua donde se estudia el silencio: la literatura.

    Silencio.

    En los márgenes de cualquier poema, de los mejores (es decir, de los no olvidados), es donde habita el silencio, un silencio enloquecedor que habla con más fuerza que las palabras que decimos a vivo grito. Leed si queréis el mejor soneto de la literatura española, el de Quevedo (no el cantante), titulado Amor constante más allá de la muerte, y tras el último verso, en los márgenes, habla un silencio atronador, el del cosmos, el del universo todo.

    Silencio fruncido por el ceño.

    Profe, ¿tú a qué hora dejas salir? Bravo, compañera, bravo, un aplauso por la compi, has roto el silencio por la verdadera poesía, la del tiempo fuera del horario, la del tiempo azul de la vida, de vuestra vida, que con el tiempo será oro de recuerdo, pretexto contra el olvido devastador.

    ¿A y 20?

    Claro, a la que tú quieras.

    Viernes
    Ni dios ni Zeus, ni los zeusillos que abusan de nuestro tiempo, podrán contra la alegría de los viernes. Estamos hechos para la libertad del tiempo azul, aunque estemos pensados para el trabajo y el surco del horario laboral. Nadie podrá contra ese primer sorbo de la caña del viernes, que contiene toda la promesa del tiempo libre y azul, por mucho que el camarero repugne de tu alegría burguesa, por mucho que al camarero le quede un fin de semana de trabajo esclavo, mal pagado y sin posibilidad de que los clientes, como sí hacen tus alumnos contigo, esbocen siquiera una media sonrisa.

    Cada uno cuenta su historia según le va.

    Por eso, precisamente, hay historias.

  • Semana II (del 6 al 13 de septiembre)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes

    Vamos a ello, me hago con Claude de pago para que me ayude con la ferralla administrativa de principio de curso en el instituto. Detrás de Claude está Anthropic, esa empresa a la que pertenece el ingeniero que el otro día dijo que la IA nos va a exterminar antes de que acabe la década. Nos quedan cuatro añitos. Un suspiro, como cuarenta o cuatrocientos o cuatro mil millones de años. El tiempo es un suspiro. La vida es corta aunque las horas sean tan largas, decía Borges.

    El otro día el bicho de OpenAI resolvió uno de los siete problemas matemáticos del milenio en 88 horas, puso a currar a 10.000 agentes y anunció su resolución al tiempo que renunció al premio de un millón de dólares que otorga el Instituto Clay. El asunto, parece ser, son las ecuaciones Navier-Stokes, que parecen dar una solución matemática a una cosa tan cotidiana como es el movimiento de los fluidos, tales como la sangre o el agua. Evidentemente la historia es más compleja, pero no meto la pata ahí, no vaya a ser que la meta hasta el fondo.

    Al tiempo que dan la noticia de la solución final para la Humanidad, así, con mayúsculas, enuncian a continuación que los trenes de Wego (o algo así) van a subir de precio. Es fascinante: se nos anuncia el final y, a continuación, se da una noticia tan cotidiana que resulta hasta tierna. Los verdaderos nazis, cuya versión posmoderna ha vuelto a salir en Alemania, tienen que estar revolviéndose en las tumbas al saber que por fin han encontrado una solución final, con la cantidad de recursos y fatigas que emplearon ellos para su solución final particular, la mayor mancha moral de la humanidad, que ahora parece que va a llegar a su fin.

    Martes

    En octubre de 1938, un mes después de la invasión de los Sudetes, una cadena musical de la radio de Estados Unidos se vio interrumpida por un boletín de «última hora» en el que se informaba de la caída de una especie de meteorito. La programación siguió con normalidad y gradualmente se fue interrumpiendo con más boletines sobre una invasión extraterrestre. Fue un alarde narrativo de Orson Welles, adaptando La guerra de los mundos, que prendió como una mecha en unas mentes que ya se estaban moldeando para un posible conflicto en Europa como, en efecto, se produjo después. Welles supo conectar con ideas que había en el ambiente y les dio una forma narrativa para canalizar esa gasolina.

    Lo que ha dicho el ingeniero de Anthropic, Jacob Coxon, lo hemos repetido todos; hasta lo he oído en el DIA en el que compro, donde lo comentaba una chica en la cola. Algo hay en nuestro ambiente que conecta bien con la narrativa que nos promete Coxon. Literal. «No subestimen el poder de esta tecnología. Pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales. Todos hemos sido testigos de los avances en cada uno de estos ámbitos, y el progreso no se está desacelerando». Coxon ya no habla de IA, habla de sistemas sobrehumanos, lo que ceba aún más, como Welles, el dramatismo de la narrativa. Sus tweets (me niego a llamarlo X) alcanzan ya más de 140 millones de visualizaciones.

    Miércoles

    Resulta que he pagado a Anthropic, a mi propio verdugo, 20 pavetes para contribuir a la solución final. No es mucho, pero es mi aportación. Parece ser que ahora esa misma empresa va a salir a bolsa y va a batir todos los récords, incluido el de SpaceX de Musk, y va a crear un terremoto bursátil. Leo algo así como que la operación va a crear un efecto «succión de liquidez» que va a generar gran volatilidad en el sector, otra palabra emblema de este tiempo: volatilidad.

    Se supone que la inteligencia artificial está creada y alimentada por la inteligencia humana. La inteligencia natural del ser humano no siempre se ha conducido por la senda del bien. Abrió buena brecha con la Revolución francesa, pero luego se retorció y produjo monstruos, como bien vio Paco de Goya. También la inteligencia natural hizo su alarde de física y matemáticas en el Proyecto Manhattan, que luego se resolvió con el hongo que destruyó dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki. Si la inteligencia artificial está planteada sobre la inteligencia humana, es claro que necesita límites éticos para no salirse de las cinchas.

    Si los ingenieros informáticos, en su formación, tuvieran Ética y se dieran cuenta de que fuera de la ética solo hay naturaleza, es decir, intemperie, es decir, frío absoluto, no estarían anunciando ahora el fin del mundo. He contado muchas veces que en el año 2000 estuve trabajando para una empresa potente en la creación de programas informáticos para la reserva de aviones. Allí conocí a un libanés, formado en negocios, con el que hablaba mucho y nos hicimos un poco amigos. Un día, con gran frialdad, me dijo que él ahora estaba en esto, pero que mañana podía estar haciendo negocios con lo que sea, zapatos, comida, lo que sea. Le miré y sus ojos azules, dos faros de neón, se volvieron fríos cuando le dije de broma: «y con seres humanos si hace falta». Y me contragolpeó: «y con almas, si dan dinero, también me vale».

    Jueves

    En algún momento de la historia, la Ética se sacó de las escuelas de negocios, y de aquellos polvos, estos lodos de mierda. Parece que el nobelizado Milton Friedman y sus chicos, los Chicago Boys, pusieron el valor del beneficio por encima de cualquier otro valor, creyendo hipócritamente que el beneficio privado repercutiría en todo el cuerpo social. Ahora sabemos de sobra que no, y si tenemos alguna duda, nos damos una vuelta por el mercado inmobiliario. Los negocios y la tecnología necesitan la cincha de la ética y, en su defecto, la cincha del Estado en forma de regulación. Si no hay regulación, el desorden beneficia a los de siempre; si hay regulación, hay más orden, por mucho que algunos digan que no, que el único orden es el que da el (desorden) del mercado libre.

    Viernes

    El miedo es una poderosa herramienta de control social. Todas las dictaduras la han utilizado hasta la náusea, así la española, la franquista, que expandió el miedo de tal manera en la población que incluso los hijos y los nietos de aquellos que vivieron bajo su yugo sufrieron la colonización del miedo. Tampoco Trump hace ascos y agita el miedo cobarde contra el débil, contra el inmigrante, como hicieron los nazis contra los débiles, aquellos judíos que hoy se les partiría la cabeza si supieran que sus herederos más radicales están practicando otra mancha moral para la humanidad.

    La IA arranca miedos, y puede que fundados: su poder sobrepasa las capacidades humanas, siempre tan escalables y progresivas. La IA puede dinamitar el conocimiento, pero también puede dar luz sobre investigaciones médicas o soluciones al cambio climático. Lo que todavía no puede hacer la IA es hacer la cama y coger una escoba. La IA es inerme frente a la escoba, la fregona y el plumero. Mientras esas actividades, asociadas por desgracia a las costillas de la mujer, continúen, el avance tecnológico siempre será parcial o el exterminio una chapuza.

    Si por fin nos vamos todos al carajo, mi contribución de 20 pavos será irrisoria, pero me gustaría formar parte de la Historia, que por ese entonces será ya, como yo, polvo cósmico.

  • Semana I 30 agosto-6 septiembre

    Semana I 30 agosto-6 septiembre

    Jose Aurelio Martín

    Una década escribiendo. Digo de forma visible, en este blog, sin faltar una semana a la cita. Escribir por el placer de la actividad misma. Sin esperar nada a cambio. O sea, dinero a cambio. Escribir como resistencia. Resistencia a no sé qué. Escribir como postura, o mejor, como gesto. Como gesto supremo de desvergüenza. O sea para quitarme la vergüenza pública de saber que aquí me vierto, con toda la verdad que puedo, con toda la honestidad de que soy capaz.

    En septiembre de 2016 arrancamos este espacio al que llamamos Diagrama de Venn. Lo iniciamos Cristina Ramírez, Elena Romero, Antonio López Piña y un servidor. Conjuntos que en la intersección se encontraban para sumar capacidades o habilidades. Lo más difícil de un proyecto es la persistencia. Decía Cela que en España el que resiste, gana. A esa frase nos hemos aferrado para que, a pesar del desgaste, del tiempo, de la falta de reconocimiento, la escritura reviente cada semana en forma de flor de artículo, de confesión, de mirada.

    No sabemos para qué sirve la literatura salvo para conjurar el olvido. No soy especialmente memorioso, tengo una memoria frágil. No recuerdo ideas, ni el detalle de muchos momentos vividos, ni fechas, ni nombres. Pero no me pesa, son mis condiciones, con las que tengo que partir para construir mi escritura: son mis cartas, y para eso uno escribe quizá, para saber cuáles son su cartas y no hacerse trampas jugando al solitario. Porque la escritura es un sacerdocio solitario, habitado de fantasmas en el que no caben las trampas ni conviene jugar con las cartas marcadas. Mi escritura se nutre de la memoria pero no se agota en la memoria, se complementa con la imaginación.

    Landero utiliza una metáfora lograda para explicar esto: el unicornio es un caballo soñado, recordado, al que el recuerdo le ha puesto un cuerno. Ese cuerno recrecido es la imaginación complementando los estragos de la memoria. Del caballo solo queda un eco, pero la nueva criatura es asombrosa. El unicornio es la literatura, que llega donde no llega una memoria quebradiza. La literatura es el oro de la memoria, por naturaleza infiel, pero un destilado de vida soñada, de sueño vivido. Me asombran los memoriosos, pero los compadezco porque no pueden hacer literatura, solo informes, una escritura que duplica una realidad recordada de forma exhaustiva, o sea, agotada en sí misma.

    A pesar de todo el desparrame de géneros y todo el despilfarro de escritura a lo largo de mucho tiempo, creo que he encontrado un órgano de expresión, el confesionario, un género a medio camino. Y eso es lo que me gusta, el medio camino. Un género fronterizo con otros géneros: la narración, el ensayo, la poesía, el teatro. Admite todo, pero a medio camino. Y ese es quizá, paradójicamente, mi camino. Agotar un género me da miedo porque supone un camino totalmente recorrido, sin posibilidad de retranqueo. El medio camino abre posibilidades de exploración, permite un descanso para levantar la cabeza y ver cuál es el paisaje y qué sentido tiene el camino. 

    Publicar libros es un momento culminante, un subidón glorioso. Pero no deja de ser el oropel de la literatura, la alfombra roja fugaz. La escritura tiene una cocina y un cotidiano que, aunque no entra en el foco de lentejuelas de lo público, me interesa más que cualquier otra cosa. Mi cocina es esta, mi cotidiano es cada semana desgranada en escritura, para conjurar al olvido, para ordenar lo que pienso y para actualizar semanalmente mi condición frágil, mi ser quebradizo. Escribir mis mierdas en la madrugada, con la luz todavía levantándose la falda, recopilando el tiempo vivido, el tiempo leído y el tiempo soñado, me produce una extraña fruición, un placer físico y mental que me da sentido, que me hace más consistente en este reino de fantasmas que es la literatura y el arte de la escritura. 

    Así que pasan cinco años es una obra de Lorca, Así que pasen otros diez años es mi obra personal, que no quedará en libro presentado en alfombra roja. Bueno en realidad sí, porque como conté a principios de junio, mis hermanas me editaron todo el confesionario, casi 600 páginas en las que yo sentí que ahí estaba mi obra definitiva, un texto a medio camino, sin la gloria del oropel, sin grandes críticas en grandes periódicos, enmarcado por el prólogo de gente que de verdad me importa, Antonio López y Helena Prado. La edición de Rocío Martín y Sagrario Martín es una delicia que rebosa amor. Se nota en cada detalle. La idea es corregir el libro y  ponerlo a la venta a demanda de quien lo quiera. Así que los lectores de ese libro también serán especiales, porque hay que tener ganas para comprarse ese troncho de 600 páginas.

    Este verano me he dedicado a corregir el libro, así que me he leído a mí mismo. Lo hacía en el momento de más placer del día, con una caña, en mi plaza, a la sombra de las jacarandas tamizando la luz atlántica. No me extraña que mucha gente llame al confesionario la turra dominical, porque, en efecto, da la turra. A veces, es verdad, va ligerito y fluyente, pero otras veces se encalla y avanza como un paquidermo. Pero está bien, la única manera verdadera de aprender a escribir es escribiendo, no hay otra, como la  única manera de aprender a pintar es pintando, a tocar la guitarra, tocando, y así. No caben atajos. Descubrir esta evidencia con 50 años es un poco tarde, pero es un descubrimiento al cabo.

    Para celebrar estos díez años de turra, hemos migrado a otro lugar, a otro dominio (más profesional, puag) que, se supone, va a ser más visible. Nos enteramos hace poco que la visibilidad de este blog de wordpress es nula. Así que escribíamos para ciegos. Estábamos ciegos en el mundo de ojos salvajes que es internet. Estos diez años nos han servido para aprender y por eso ahora nos dejamos ver por ese ojo de colorines que es google, que es el masca de los buscadores, el  ojo del imperio. En diagradevenn.com ahora somos más visibles, lo que no quiere decir que google nos prefiera, tan solo sabe que estamos ahí, que tenemos nombre, que tenemos ojos. 

    A  partir de ahora haremos nuestra mierda en este dominio no ciego. Seguimos Antonio y yo, y cada mes (o quince día, ya veremos) invitaremos a un escritor/escritora a que vierta aquí también sus mierdas, con libertad de tema, de estilo, de extensión.  Nos da igual, solo queremos que se vierta, que haga conjunto, que sea otra intersección de venn. La sección se llamará  El empleado del mes y haremos que el ajeno se emplee a fondo, se vierta de verdad  y honestamente.

    Y  poco  más, a que caigan las semanas y el tiempo las agaville en décadas y en libros. Y en eso consistiría el ir viviendo, en vivir día a día hasta que la escritura ordene y dé sentido al tumulto del tiempo. 

    Gracias a vosotros, cómplices y obligación última de todo escritor. No os llamo lectores porque es una degradación, prefiero cómplices; gracias cómplices por entender este ojo que os guiña.

  • SEMANA XXXXVII (del 19 al 26 de julio)

    Jose Aurelio Martín

    Lunes
    Cerramos chiringuito, cerramos año. Otro. Ya van 9. En septiembre haré 10 años escribiendo esta entrada puntualmente cada fin de semana. 10 años. Eso es persistir. Sin nada a cambio. De dinero, digo; de prestigio. Estoy fuera del sistema. Todo lo que no cae bajo su luz, es sombra. Es borrón. Ni siquiera es dato. Estoy fuera de todos los radares del poderoso faro de internet porque estos artículos no se han convertido nunca en dinero. Son datos de cementerio, un pecio en el océano que, salvo familiares y amigos, vosotros, conocéis el mapa de los fondos para encontrarlo. Sin querer, soy antisistema, sin proponérmelo.

    Ayer ganamos la Copa del Mundo de fútbol. Ganamos. Un juego y unas reglas (torcidas) nos permitieron por segunda vez decir “ganamos”, así, en plural por fin inclusivo, acercando lo que de natural y de común está lejanísimo, o sea, Serrano por ejemplo, el barrio de Madrid, con Paterna de Rivera, uno de los pueblos con rentas más bajas de Cádiz. Ambos habitantes de dos sitios tan lejanos, tan nuclearmente diferentes, pudieron decir ganamos sin romper la sintonía, desde una garganta común. Y claro, sentirte perteneciente y sentirte ganador es una tentación a la que es muy difícil renunciar. Yo no pude, lo confieso, porque además vengo de un tiempo, de una infancia, de nato perdedor en el mundo, de todas las citas mundialistas y europeas; criamos una conciencia de perdedor que es imposible no decir, “Ganamos, coño, ganamos hostia puta, ganamos joder”. Imposible, yo no pude, confieso, confesionario. 

    Uno de los condicionantes de ganar, claro, es reducir al rival a mero enemigo, despojado de todo sentimiento y de todo bien posible. Es el mal puro. Es injusto, claro, pero son los implícitos de un juego que tiene una dimensión global. Puedes desconocer a Pedro Sánchez pero nadie en el mundo desconoce a Lamine Yamal. Nadie. Hasta en la aldea más remota de África, sobre todo en la aldea más remota de África. Creo que no somos del todo conscientes de lo que supone ganar la Copa del Mundo. Esos 26 jugadores están bendecidos para siempre. Pueden no hacer nada el resto de su carrera, pueden echarse a dormir si quieren: siempre serán los campeones del mundo. En otro tiempo te valía ser Alejandro Magno o Carlos Magno o Rodrigo Díaz de Vivar, ahora te basta con ser Ferrán, Olmo o Lamine. Aquellos dejaron de ser personas para ser mito, para ser leyenda; estos ya han entrado por el arco de la gloria: el tiempo hará el resto. 

    Me dio mucha pena no compartir con mis alumnos la victoria porque del partido y de la actitud de la Selección española se pueden desprender muchos pensamientos. El juego verdaderamente en equipo hizo que Lamine no fuera una estrella, sino una parte del mecanismo. España juega lejos del star-system del fútbol internacional, sistema que tienen calcado los americanos hasta la náusea, desde el béisbol hasta el 
    básquet, y que Europa, el Real Madrid por ejemplo, han copiado estúpidamente. 

    Martes
    España juega bien porque es un equipo. Porque, como dice el entrenador, juegan para el bien común. Lo ha dicho muchas veces. El bien común. Tan aprendido se tenían la lección que incluso Ferrán dijo que el gol lo habían hecho 48 millones de españoles. Esa exageración revela la idea del “bien común”. Argentina venía con la idea del star-system, Messi y diez más. Perdieron en los fundamentos pero eso no te hace ganar en el fútbol. De hecho creíamos, los criados en la conciencia del perdedor, que otra vez se iban a salir con la suya. Porque si Argentina hubiera ganado el domingo, no habría ganado sino que se habría salido, otra vez, con la suya. Y mola que de vez en cuando, aunque sea en lo simbólico del juego, los malos no se salgan con la suya como siempre, que alguna vez, aunque sea en lo simbólico, muerdan el polvo y se obliguen a un reflexión interna. Porque perder te obliga entre otras cosas a reflexionar, cosa que se evitan los ganadores, que solo celebran. De ahí nace el pensamiento, la reflexión, la filosofía, de la conciencia del perdedor. 

    El partido lo vi con mi padre, como lo vi en el 2010, como vi los mundiales de mi infancia, cuando jugaba Arconada y mi padre me regaló el traje, no sé muy bien por qué, de Arconada, quizá porque era el más barato, el caso es que yo jugué de portero durante mucho tiempo por culpa del traje de Arconada; incluso la primera vez que me subí a un escenario, en el colegio, fue con el traje de Arconada (hay documento gráfico), ese portero silencioso, resiliente y duro. Un vasco rodeado de misterio, de verdad. Un portero que falló en los momentos decisivos y que, solo por eso, se hizo más grande a nuestros ojos. Un mito (este de la pérdida). Mi padre vibró con el partido y con el gol de Ferrán, claro. También con el juego de la Selección y con el hecho de ser capaz de ganar a la mítica Argentina, la Argentina de Maradona y Mario Alberto Kempes. 

    Miércoles
    Hoy, con mi padre también, me toca ir a la notaría. Del campo, del juego, a otro campo no menos ficticio y a otro juego, no del todo verdad. Se trata del reino de la verdad que soportan las leyes, las verdades construidas para que todo lo demás no se caiga, los puntales sobre los que edifica la complejidad de la convivencia, en este caso entre españoles. Nos hacen esperar en dos sillas, nos convierten en espectadores totales de lo que allí pasa. Mi padre comenta los trajes del notario y sus pasantes. Yo me fijo en la luz atronadoramente blanca, en la aparente impolutez del lugar y en la gestualidad de trabajadores y clientes. Los gestos, para mí, revelan a la persona, como los gestos revelan al personaje en la literatura. A través de los gestos construyo a los personajes en literatura y reconstruyo a las personas en la vida. Aquí los gestos son ritualizados, formales y es más difícil ver el aliento humano. Se me revela un detalle.

    Una de las personas que trabaja en el mostrador moviendo papeles pronuncia un nombre. Un nombre con sus dos apellidos. Dice que es un testamento. Me quedo enganchado del nombre. Es una cáscara vacía. Un nombre sin cuerpo. Entramos en uno de los despachos a que el notario dé fe y rubrique. Casualmente es el mismo notario con el que firmé la hipoteca de mi casa (y la compraventa) y con la que mi hermana firmó la hipoteca de su casa (y la compraventa). Es un ser fascinante, con las orejas en pico, espigado y con un proceder tan atrayente como repulsivo. Estaría horas viendo cómo lee los documentos y, sobre todo, cómo firma. Coloca la mano de una manera, la tumba, como si fuera un nigromante, y rubrica el documento para que, a partir de este momento, el papel respire la magia negra, la rúbrica que atravesará la combustión del tiempo. En el despacho hay ficheros desde 2010 al menos. Pienso que el nombre que se acaba de pronunciar como cáscara vacía, el del testamento, será pasto de un colosal archivo, como lo será el nombre de mi padre, como lo será el mío algún día, cuando el olvido nos despoje del cuerpo. Lo último que seremos será un nombre vacío, una cáscara en un archivo, ordenado por años, hasta que la ley permita quemar esos nombres que algún día fueron algo, que algún día fueron cuerpo.

    Escribir, también este confesionario en sombra fuera del radar del sistema, es trabajar contra el olvido. Inútilmente. Todo será polvo sin duda. Polvo cósmico. Mas polvo enamorado, como quería el poeta. Todo lo bello ocurre en la superficie, en la playa hay cuerpos esplendentes, a pleno pálpito; en los fondos hay seres ambiguos, monstruosos por la falta de luz. Y también hay pecios que algún día fueron barcos de añil y que hoy solo atraen a los grandes exploradores, como tú, que indagas en este pecio fuera del radar, en sombra, con los ojos grandes, como los niños que descubren en cada momento, en cada minuto el mundo. Gracias y en septiembre espero que me acompañes en el año diez de este confesionario.