
Jose Aurelio Martín
Sábado
Recién veníamos el sábado de ver La bola negra, el fenómeno cultural del año, y al poner la tele el lunes se coló en el sábado y lo que había sido un fenómeno estético, la peli, se estaba salpicando de realidad: unos chavales concentrados en la puerta del Sol, la plaza de todas las Españas, habían decidido quedarse a dormir como aquel lejano 15 de mayo de 2011.
Iba con mucho prejuicio a la peli, por el tema Javis (los), que habían cogido el timón de la cultura moderna en Madrid, como lo hiciera Almodóvar en los 80, esa modernura que siempre embadurna una capital llena de tiburones, de ranciedumbre aristócrata y de mucha gente amontonada en las periferias, gente clara y buena. Antes en teatro, ahora en el cine, Javis (los) se han entronizado como los faraones guays de la alta (y de la baja) cultura. Con La bola negra hay motivos para el faraonazgo.
Lunes
Una chavala, llamada Nora, de Irún, se vino a Madrid a trabajar de actriz. Está en la acampada. Cuenta en ELPAÍS que ella paga 400 pavos por una habitación en piso compartido. Hasta aquí, no hay noticia (hasta parece barato según se ha puesto la cosa), el asunto es que en su habitación hay una ventana que da a un muro, es una ventana ciega. Sin querer, Nora, construye una metáfora, “Madrid es como mi habitación con ventana (ciega), un espejismo”. Y a lo mejor la metáfora abarca a toda una generación.
Hace rato que Madrid secuestra la luz de la ventanas de los precarios (Esty diría las precarias), las ventanas en Madrid son ciegas, en Madrid las ventanas son muros donde no penetra la luz. Nora ha venido a Madrid a triunfar, porque en Madrid se viene a eso, a triunfar en lo tuyo. A triunfar a secas. En Madrid ocurre todo y eso se nota cuando uno ha vivido allí y luego, cuando la ciudad te echa, ves que, en efecto, fuera de Madrid hay nada, hay intemperie. Es precisamente ese anhelo de Madrid, que es cultural y simbólico, una de las causas de la eterna crisis de la vivienda: Madrid siempre desborda la demanda (de pisos, de recursos, de todo) y eso es el charco de cultivo propicio para los tiburones, que inocentemente llamamos especuladores y que son, de toda la vida, los abusones, los que pegaban a los niños pequeños en el patio, los hombres del saco.
Nora podía haber sido contratada por Javis (los) y entonces no estaría en Sol, estaría en las teles, en los podcast, en las alfombras rojas, pero no, está entre cartones durmiendo mal en una Quechua en la puerta del Sol, bajo la lluvia y con la eterna amenaza de los nazis. Si Nora estuviera en La bola negra hablaría desde su habitación con ventanas abiertas, penetradas de luz y alegría, y sus palabras serían las palabras del que triunfa, el único discurso que nos llega. A los anónimos que se quedan por el camino, con su discurso antiheroico, nunca los escucharemos hasta que algún Miguel de Cervantes (o el anónimo creador de el Lazarillo) aproveche su historia para contar de nuevo lo frágiles que somos y la ternura que arrancan siempre los fracasados.
Martes
La historia de La bola negra que conecta con la actualidad habla también de fracaso, de un chaval que, fracasado en el teatro, se vuelve sobre sí para explorar su identidad, es decir, sus raíces, y descubre que su abuelo, a pesar de haber vencido en la guerra (la incivil del 36), salió derrotado en lo más profundo y abarcador que tiene un ser humano: el deseo. Su abuelo, que hace un colosal Guitarrica de la Fuente, desgracia (por abandono) a la madre del dramaturgo fracasado y, por tanto, al propio dramaturgo, que sufre las consecuencias de que la guerra, la política, la moral o su puta madre reprima los deseos.
Y esa persistencia represora envuelve la historia de nuestro mito patrio, la del poeta Federico García Lorca, ahora también compartido por gente cuya ideología, paradójicamente, contribuyó al asesinato del poeta. Sobre la obra de Lorca planea un tema obsesivo que yo intento explicar en clase con poemas y obras de teatro: la frustración amorosa, la represión del deseo, la intolerancia a la alegría. Lorca era un ser que invocaba la alegría, la creación y el caballo de la libertad, justamente lo que más daba coraje a algunos de sus coetáneos, cuyos descendientes han estado escondidos en la democracia y ahora, que el sistema quiebra, empiezan a sacar pecho y a decir de nuevo barbaridades que poco a poco se convierten en normalidad. Los rinocerontes están aquí: incluso gente a la que queremos tienen ya pezuñas y un cuerno que les sale de la frente, como la inolvidable escena de Rhinocéros (1959) de Ionesco.
Miércoles
Sale en la tele un pequeño reportaje de la convención que se celebra en Madrid sobre la vivienda, pero desde el lado de los tiburones, The District, el mayor evento europeo del Real State (“sector inmobiliario”) desde la óptica del capital. Salen señores y se adivina lo lejos que están de Sol, aunque les separen muy pocos kilómetros. Están a años luz. Sale un promotor y habla de productos. Uno creería que está hablando de latas de sardinas, pero no, está hablando de viviendas. Las palabras a veces son síntomas, y a veces son dolencias crónicas. Los de Sol no hablan de piso, ni de casas, hablan de “vivienda”, de vivir; los de The District hablan de producto, la dolencia crónica de una democracia que no solo no ha resuelto el problema de la vivienda en 50 años, sino que manifiestamente lo han empeorado. Sol es también un síntoma muy serio de la quiebra que amenaza un sistema que empieza a dar igual porque no resuelve las cosas básicas, las cosas del comer, las cosas del vivir (etimológicamente “vivienda”).
Jueves
Nora ha ido a buscar sol a la plaza de todas las Españas, la que reúne a todos los españoles delante de la tele el día 1 de enero. Se ha quedado en Sol porque a su habitación propia le han secuestrado la luz. Somos seres orientados a la luz, por eso nos deslumbran las películas o los libros que iluminan, como La bola negra, porque su verdad centellea en el largo túnel de la realidad.
Miguel Hernández empieza oscuro un poema: “No pudimos ser. La tierra/ no pudo tanto. No somos/ cuanto se propuso el sol/ en un anhelo remoto.”
No pudimos ser.
Pero lo remata abriendo la ventana, como nosotros, como los chavales de Sol, (o de Palillero en Cádiz o de muchas plazas de ciudades no madrileñas de España) esperan abrir las ventanas de sus casas, al aire y a la luz, a la libertad de la alegría.
Amor: aleja mi ser
de sus primeros escombros,
y edificándome, dicta
una verdad como un soplo.
Después del amor, la tierra.
Después de la tierra, todo.
Después de la vivienda, todo.
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