Semana II (del 6 al 13 de septiembre)

Jose Aurelio Martín

Lunes

Vamos a ello, me hago con Claude de pago para que me ayude con la ferralla administrativa de principio de curso en el instituto. Detrás de Claude está Anthropic, esa empresa a la que pertenece el ingeniero que el otro día dijo que la IA nos va a exterminar antes de que acabe la década. Nos quedan cuatro añitos. Un suspiro, como cuarenta o cuatrocientos o cuatro mil millones de años. El tiempo es un suspiro. La vida es corta aunque las horas sean tan largas, decía Borges.

El otro día el bicho de OpenAI resolvió uno de los siete problemas matemáticos del milenio en 88 horas, puso a currar a 10.000 agentes y anunció su resolución al tiempo que renunció al premio de un millón de dólares que otorga el Instituto Clay. El asunto, parece ser, son las ecuaciones Navier-Stokes, que parecen dar una solución matemática a una cosa tan cotidiana como es el movimiento de los fluidos, tales como la sangre o el agua. Evidentemente la historia es más compleja, pero no meto la pata ahí, no vaya a ser que la meta hasta el fondo.

Al tiempo que dan la noticia de la solución final para la Humanidad, así, con mayúsculas, enuncian a continuación que los trenes de Wego (o algo así) van a subir de precio. Es fascinante: se nos anuncia el final y, a continuación, se da una noticia tan cotidiana que resulta hasta tierna. Los verdaderos nazis, cuya versión posmoderna ha vuelto a salir en Alemania, tienen que estar revolviéndose en las tumbas al saber que por fin han encontrado una solución final, con la cantidad de recursos y fatigas que emplearon ellos para su solución final particular, la mayor mancha moral de la humanidad, que ahora parece que va a llegar a su fin.

Martes

En octubre de 1938, un mes después de la invasión de los Sudetes, una cadena musical de la radio de Estados Unidos se vio interrumpida por un boletín de «última hora» en el que se informaba de la caída de una especie de meteorito. La programación siguió con normalidad y gradualmente se fue interrumpiendo con más boletines sobre una invasión extraterrestre. Fue un alarde narrativo de Orson Welles, adaptando La guerra de los mundos, que prendió como una mecha en unas mentes que ya se estaban moldeando para un posible conflicto en Europa como, en efecto, se produjo después. Welles supo conectar con ideas que había en el ambiente y les dio una forma narrativa para canalizar esa gasolina.

Lo que ha dicho el ingeniero de Anthropic, Jacob Coxon, lo hemos repetido todos; hasta lo he oído en el DIA en el que compro, donde lo comentaba una chica en la cola. Algo hay en nuestro ambiente que conecta bien con la narrativa que nos promete Coxon. Literal. «No subestimen el poder de esta tecnología. Pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales. Todos hemos sido testigos de los avances en cada uno de estos ámbitos, y el progreso no se está desacelerando». Coxon ya no habla de IA, habla de sistemas sobrehumanos, lo que ceba aún más, como Welles, el dramatismo de la narrativa. Sus tweets (me niego a llamarlo X) alcanzan ya más de 140 millones de visualizaciones.

Miércoles

Resulta que he pagado a Anthropic, a mi propio verdugo, 20 pavetes para contribuir a la solución final. No es mucho, pero es mi aportación. Parece ser que ahora esa misma empresa va a salir a bolsa y va a batir todos los récords, incluido el de SpaceX de Musk, y va a crear un terremoto bursátil. Leo algo así como que la operación va a crear un efecto «succión de liquidez» que va a generar gran volatilidad en el sector, otra palabra emblema de este tiempo: volatilidad.

Se supone que la inteligencia artificial está creada y alimentada por la inteligencia humana. La inteligencia natural del ser humano no siempre se ha conducido por la senda del bien. Abrió buena brecha con la Revolución francesa, pero luego se retorció y produjo monstruos, como bien vio Paco de Goya. También la inteligencia natural hizo su alarde de física y matemáticas en el Proyecto Manhattan, que luego se resolvió con el hongo que destruyó dos ciudades japonesas, Hiroshima y Nagasaki. Si la inteligencia artificial está planteada sobre la inteligencia humana, es claro que necesita límites éticos para no salirse de las cinchas.

Si los ingenieros informáticos, en su formación, tuvieran Ética y se dieran cuenta de que fuera de la ética solo hay naturaleza, es decir, intemperie, es decir, frío absoluto, no estarían anunciando ahora el fin del mundo. He contado muchas veces que en el año 2000 estuve trabajando para una empresa potente en la creación de programas informáticos para la reserva de aviones. Allí conocí a un libanés, formado en negocios, con el que hablaba mucho y nos hicimos un poco amigos. Un día, con gran frialdad, me dijo que él ahora estaba en esto, pero que mañana podía estar haciendo negocios con lo que sea, zapatos, comida, lo que sea. Le miré y sus ojos azules, dos faros de neón, se volvieron fríos cuando le dije de broma: «y con seres humanos si hace falta». Y me contragolpeó: «y con almas, si dan dinero, también me vale».

Jueves

En algún momento de la historia, la Ética se sacó de las escuelas de negocios, y de aquellos polvos, estos lodos de mierda. Parece que el nobelizado Milton Friedman y sus chicos, los Chicago Boys, pusieron el valor del beneficio por encima de cualquier otro valor, creyendo hipócritamente que el beneficio privado repercutiría en todo el cuerpo social. Ahora sabemos de sobra que no, y si tenemos alguna duda, nos damos una vuelta por el mercado inmobiliario. Los negocios y la tecnología necesitan la cincha de la ética y, en su defecto, la cincha del Estado en forma de regulación. Si no hay regulación, el desorden beneficia a los de siempre; si hay regulación, hay más orden, por mucho que algunos digan que no, que el único orden es el que da el (desorden) del mercado libre.

Viernes

El miedo es una poderosa herramienta de control social. Todas las dictaduras la han utilizado hasta la náusea, así la española, la franquista, que expandió el miedo de tal manera en la población que incluso los hijos y los nietos de aquellos que vivieron bajo su yugo sufrieron la colonización del miedo. Tampoco Trump hace ascos y agita el miedo cobarde contra el débil, contra el inmigrante, como hicieron los nazis contra los débiles, aquellos judíos que hoy se les partiría la cabeza si supieran que sus herederos más radicales están practicando otra mancha moral para la humanidad.

La IA arranca miedos, y puede que fundados: su poder sobrepasa las capacidades humanas, siempre tan escalables y progresivas. La IA puede dinamitar el conocimiento, pero también puede dar luz sobre investigaciones médicas o soluciones al cambio climático. Lo que todavía no puede hacer la IA es hacer la cama y coger una escoba. La IA es inerme frente a la escoba, la fregona y el plumero. Mientras esas actividades, asociadas por desgracia a las costillas de la mujer, continúen, el avance tecnológico siempre será parcial o el exterminio una chapuza.

Si por fin nos vamos todos al carajo, mi contribución de 20 pavos será irrisoria, pero me gustaría formar parte de la Historia, que por ese entonces será ya, como yo, polvo cósmico.

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