
Jose Aurelio Martín
Una década escribiendo. Digo de forma visible, en este blog, sin faltar una semana a la cita. Escribir por el placer de la actividad misma. Sin esperar nada a cambio. O sea, dinero a cambio. Escribir como resistencia. Resistencia a no sé qué. Escribir como postura, o mejor, como gesto. Como gesto supremo de desvergüenza. O sea para quitarme la vergüenza pública de saber que aquí me vierto, con toda la verdad que puedo, con toda la honestidad de que soy capaz.
En septiembre de 2016 arrancamos este espacio al que llamamos Diagrama de Venn. Lo iniciamos Cristina Ramírez, Elena Romero, Antonio López Piña y un servidor. Conjuntos que en la intersección se encontraban para sumar capacidades o habilidades. Lo más difícil de un proyecto es la persistencia. Decía Cela que en España el que resiste, gana. A esa frase nos hemos aferrado para que, a pesar del desgaste, del tiempo, de la falta de reconocimiento, la escritura reviente cada semana en forma de flor de artículo, de confesión, de mirada.
No sabemos para qué sirve la literatura salvo para conjurar el olvido. No soy especialmente memorioso, tengo una memoria frágil. No recuerdo ideas, ni el detalle de muchos momentos vividos, ni fechas, ni nombres. Pero no me pesa, son mis condiciones, con las que tengo que partir para construir mi escritura: son mis cartas, y para eso uno escribe quizá, para saber cuáles son su cartas y no hacerse trampas jugando al solitario. Porque la escritura es un sacerdocio solitario, habitado de fantasmas en el que no caben las trampas ni conviene jugar con las cartas marcadas. Mi escritura se nutre de la memoria pero no se agota en la memoria, se complementa con la imaginación.
Landero utiliza una metáfora lograda para explicar esto: el unicornio es un caballo soñado, recordado, al que el recuerdo le ha puesto un cuerno. Ese cuerno recrecido es la imaginación complementando los estragos de la memoria. Del caballo solo queda un eco, pero la nueva criatura es asombrosa. El unicornio es la literatura, que llega donde no llega una memoria quebradiza. La literatura es el oro de la memoria, por naturaleza infiel, pero un destilado de vida soñada, de sueño vivido. Me asombran los memoriosos, pero los compadezco porque no pueden hacer literatura, solo informes, una escritura que duplica una realidad recordada de forma exhaustiva, o sea, agotada en sí misma.
A pesar de todo el desparrame de géneros y todo el despilfarro de escritura a lo largo de mucho tiempo, creo que he encontrado un órgano de expresión, el confesionario, un género a medio camino. Y eso es lo que me gusta, el medio camino. Un género fronterizo con otros géneros: la narración, el ensayo, la poesía, el teatro. Admite todo, pero a medio camino. Y ese es quizá, paradójicamente, mi camino. Agotar un género me da miedo porque supone un camino totalmente recorrido, sin posibilidad de retranqueo. El medio camino abre posibilidades de exploración, permite un descanso para levantar la cabeza y ver cuál es el paisaje y qué sentido tiene el camino.
Publicar libros es un momento culminante, un subidón glorioso. Pero no deja de ser el oropel de la literatura, la alfombra roja fugaz. La escritura tiene una cocina y un cotidiano que, aunque no entra en el foco de lentejuelas de lo público, me interesa más que cualquier otra cosa. Mi cocina es esta, mi cotidiano es cada semana desgranada en escritura, para conjurar al olvido, para ordenar lo que pienso y para actualizar semanalmente mi condición frágil, mi ser quebradizo. Escribir mis mierdas en la madrugada, con la luz todavía levantándose la falda, recopilando el tiempo vivido, el tiempo leído y el tiempo soñado, me produce una extraña fruición, un placer físico y mental que me da sentido, que me hace más consistente en este reino de fantasmas que es la literatura y el arte de la escritura.
Así que pasan cinco años es una obra de Lorca, Así que pasen otros diez años es mi obra personal, que no quedará en libro presentado en alfombra roja. Bueno en realidad sí, porque como conté a principios de junio, mis hermanas me editaron todo el confesionario, casi 600 páginas en las que yo sentí que ahí estaba mi obra definitiva, un texto a medio camino, sin la gloria del oropel, sin grandes críticas en grandes periódicos, enmarcado por el prólogo de gente que de verdad me importa, Antonio López y Helena Prado. La edición de Rocío Martín y Sagrario Martín es una delicia que rebosa amor. Se nota en cada detalle. La idea es corregir el libro y ponerlo a la venta a demanda de quien lo quiera. Así que los lectores de ese libro también serán especiales, porque hay que tener ganas para comprarse ese troncho de 600 páginas.
Este verano me he dedicado a corregir el libro, así que me he leído a mí mismo. Lo hacía en el momento de más placer del día, con una caña, en mi plaza, a la sombra de las jacarandas tamizando la luz atlántica. No me extraña que mucha gente llame al confesionario la turra dominical, porque, en efecto, da la turra. A veces, es verdad, va ligerito y fluyente, pero otras veces se encalla y avanza como un paquidermo. Pero está bien, la única manera verdadera de aprender a escribir es escribiendo, no hay otra, como la única manera de aprender a pintar es pintando, a tocar la guitarra, tocando, y así. No caben atajos. Descubrir esta evidencia con 50 años es un poco tarde, pero es un descubrimiento al cabo.
Para celebrar estos díez años de turra, hemos migrado a otro lugar, a otro dominio (más profesional, puag) que, se supone, va a ser más visible. Nos enteramos hace poco que la visibilidad de este blog de wordpress es nula. Así que escribíamos para ciegos. Estábamos ciegos en el mundo de ojos salvajes que es internet. Estos diez años nos han servido para aprender y por eso ahora nos dejamos ver por ese ojo de colorines que es google, que es el masca de los buscadores, el ojo del imperio. En diagradevenn.com ahora somos más visibles, lo que no quiere decir que google nos prefiera, tan solo sabe que estamos ahí, que tenemos nombre, que tenemos ojos.
A partir de ahora haremos nuestra mierda en este dominio no ciego. Seguimos Antonio y yo, y cada mes (o quince día, ya veremos) invitaremos a un escritor/escritora a que vierta aquí también sus mierdas, con libertad de tema, de estilo, de extensión. Nos da igual, solo queremos que se vierta, que haga conjunto, que sea otra intersección de venn. La sección se llamará El empleado del mes y haremos que el ajeno se emplee a fondo, se vierta de verdad y honestamente.
Y poco más, a que caigan las semanas y el tiempo las agaville en décadas y en libros. Y en eso consistiría el ir viviendo, en vivir día a día hasta que la escritura ordene y dé sentido al tumulto del tiempo.
Gracias a vosotros, cómplices y obligación última de todo escritor. No os llamo lectores porque es una degradación, prefiero cómplices; gracias cómplices por entender este ojo que os guiña.
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