Semana VIII (del 18 al 25 de octubre)

Jose Aurelio Martín

Semana VIII (del 18 al 25 de octubre)

Domingo

Ayer tuvimos boda y cuando desperté, todavía arrastrado por la neblina de fantasía, la realidad me dio un par de hostias que me dejaron en el sitio. Arde París. Ardía París y Francia. En medio de las llamas, una pantera rosa de IA se abría paso para intentar construir relato. Todo muy distópico. Todo muy de hoy, en el que la realidad convive con la irrealidad de la IA. Dudo de la imagen de la escultura en homenaje a la República, vestida con un chaleco amarillo, con un fondo de nubes de humo negro que recortan el azul del cielo de París. Parece que esa sí es verdad, el chaleco ondea, se activan imágenes revolucionarias en nuestra cabeza: la Libertad guiando al pueblo y todo ese lore.

Mi algoritmo me conoce y me nutre con imágenes de antidisturbios retrocediendo ante el aluvión de piedras de los manifestantes. Las hostias cambian de bando y lo celebro, acostumbrados a que siempre les caigan a los mismos, a activistas antidesahucios, a profesores y a cualquier persona que se manifieste reclamando un bien público. Recientemente había escuchado a militares en Ceuta celebrando lo bien que sabía pegar hostias sin guantes a un inmigrante. En mi ánimo había sed de reparación, o de compensación, no podía ser que siempre los más débiles, los más frágiles, pagaran las hostias de un sistema que puede ser monstruoso.

Lunes

Y pienso en la fuerza, y pienso en la violencia. Y pienso también en el monopolio de las palabras que tienen los que tienen el poder. En cómo se aprovechan de nuestras palabras para usarlas a su antojo. En la raíz de la palabra violencia, habita el formante vis (fuerza) y -olentus (abundancia). No es la misma raíz que vir (varón), de donde vienen viril y virtud, pero las palabras las han hecho convivir: virtus significó primero fuerza y valor, y eso ya era cosa de hombres. La fuerza, desde siempre, ha tenido género. Es claro que en Francia ha habido violencia, que son actos violentos los que han estallado por todo el país, que se ha desatado una fuerza inusitada, que implica una intensidad extraordinaria (3ª acepción de “violento”), que implica un uso de la fuerza física o moral (4ª acepción). Y ahí está la clave de todo, fuerza física o moral.

Hay una fuerza física que es violenta y que es muy fácilmente documentable y espectacular. La imagen retrata muy bien el estallido, la alteración violenta de la realidad. Es la herramienta de nuestros medios de comunicación, las redes. En un clip de 10 segundos, se puede registrar (aparentemente) un estado violento. Lo que es más difícil, porque requiere un relato y no solo imagen, es retratar la violencia moral. 

Martes

Intermón Oxfam ha publicado un informe cuyo título tiene un rasgueo poético: Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural. Habitar la incertidumbre. El informe viene a decir obviedades que todos sabemos, incluso pronunciamos en el café aun sin  datos para respaldar esa evidencias: que el acceso (o más bien la falta de acceso) a la vivienda mata, que derrumba la salud mental y que está enterrando a una generación de gente joven (y no solo). Eso también es violencia, no física, pero sí material. Es la fuerza moral de la que habla la acepción cuarta del Diccionario de la RAE. Es violencia difícilmente documentable con imágenes. No es tan espectacular como un campanario de una iglesia viniéndose abajo por efecto de las llamas, como en Limoges. Es una violencia más tremenda que eso, más terrible y horadadora, pero que requiere otros medios de expresión para comprenderla: el relato, la literatura. 

Miércoles

La literatura soporta mal la llamarada del espectáculo: 10 segundos de literatura no te da nada, es que ni te abre el apetito; la literatura exige tiempo, tiempo material, y un cuerpo que ha de someterse al gesto monstruoso de leer, de tener paciencia, de calmar la aceleración del tiempo de las redes. Pero la literatura es la única que puede generar relato para entender la violencia material a la que se somete a mucha gente en la actualidad. 

Cuando las condiciones materiales de existencia empiezan a menguar por goteo, el hilo que cose una vida es el miedo, es la humillación social, es el sufrimiento callado, es la soledad sin esquinas. Eso es un proceso que difícilmente cabe en un clip, pero sí en la literatura, que tiene instrumentos muy afilados desde hace tiempo para convertir el sufrimiento en relato.

Hubo una época paralela a esta, quién lo diría, de gran crecimiento económico (para algunos) con enormes tasas de pobreza (para casi todos), fue la Inglaterra victoriana, a mediados del XIX, con la primera Revolución Industrial. Un chaval de la época, cuyo padre estaba en la cárcel por deudas, tiene que trabajar largas horas en una fábrica de betún, seis chelines a la semana, o sea, 72 peniques (un pan pequeño valía dos peniques). Trabaja diez horas en una casa ruinosa cerca del Támesis, con los suelos podridos e invadida de ratas. Tiempo después solo recordaría los chillidos de las ratas grises del sótano, las cuales no cesaban en sus gritos. 

Charles Dickens sufrió una enorme violencia material y eso le marcaría para siempre, como refleja en sus mejores libros, Oliver Twist y David Copperfield, como los ejemplos más señeros. Es muy significativo que ese desamparado que sufriera Dickens, diera a la humanidad el cuento que más abriga en lo más profundo del invierno: Cuento de Navidad. Dickens se vale del relato, cuajado en la literatura, para expresar lo que supone la violencia material contra el individuo, cómo deja marcas indelebles en la vida a la que condiciona para siempre.

Viernes

Así que nos faltan relatos y nos sobran clips, nos falta literatura y nos sobran panteras rosas en medio de la distopía. A lo mejor el género distópico (del que soy gozador desde que leí 1984) ya no vale, ya está más del lado del mal que del bien, a lo mejor lo más sensato es contar historias transparentes, sencillas y conmovedoras. No sé, leo esto de hace más de 200 años y me sigue conmoviendo, no sé a vosotros:

La sala donde se daba de comer a los niños era un gran salón de piedra (…)

Los cuencos nunca necesitaban fregarse. Los niños los bruñían con las cucharas hasta dejarlos relucientes; y cuando habían terminado esta operación (que nunca llevaba mucho tiempo, porque las cucharas eran casi tan grandes como los cuencos), se quedaban sentados mirando la caldera con unos ojos tan ávidos como si hubieran podido devorar los mismos ladrillos de que estaba hecha, ocupándose entretanto en chuparse los dedos con el mayor esmero, por si atrapaban alguna salpicadura de gachas que hubiera caído en ellos. Los niños suelen tener un apetito excelente. Oliver Twist y sus compañeros sufrieron durante tres meses las torturas de una lenta inanición; al fin se pusieron tan voraces y enloquecidos de hambre que un muchacho, alto para su edad y que no estaba acostumbrado a aquello (porque su padre había tenido una pequeña casa de comidas), dio a entender sombríamente a sus compañeros que, si no le daban otro cuenco de gachas al día, temía que alguna noche acabaría comiéndose al niño que dormía a su lado, que resultaba ser un chiquillo enclenque de tierna edad. Tenía una mirada salvaje y hambrienta, y le creyeron a pies juntillas. Se celebró un consejo; se echó a suertes quién se acercaría al encargado después de la cena aquella tarde para pedir más; y le tocó a Oliver Twist.

Un niño hambriento que es capaz de comerse a otro niño enclenque e igual de hambriento. Leo esto y veo a la pantera rosa y me doy cuenta de lo necesaria que es la literatura y la mucha falta que hace, y de lo mucho que sobran las redes. Por mucho que me lubriquen el scroll con antidisturbios retrocediendo ante las piedras, que son la materialización de la violencia invisible.

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