
Antonio López Piña
Amigo, llevas ya hoy muchas horas de clase. Te toca ahora con el curso en el que hay un grupito de cuatro alumnos que no paran de hablar en toda la hora. No participan, no responden a tus preguntas, no plantean cuestiones, no leen los documentos que cuelgas en la plataforma, no hacen la tarea, no estudian para los exámenes, no presentan los trabajos a tiempo, no dejan de interrumpir. Son tenaces en su persistencia. No están ya en un curso obligatorio, podrían faltar a clase si quisieran, pero no, se toman la asistencia en serio. Llegan con rigurosa puntualidad a clase. Sabes que su comportamiento no forma parte de una confabulación contra ti ni contra tu asignatura, eso por lo menos te otorgaría cierta jerarquía, una diferencia de grado que al menos revelaría alguna lógica. Su comportamiento es absurdo porque no busca ningún fin. A veces les has preguntado cuál es el objetivo de que se comportaran así, esperando, al menos, una entrada al cauce de la lógica discursiva. Nada, responden con vaguedades que no permiten avanzar hacia una argumentación. Les has planteado un reto de honestidad proponiendo que digan sin tapujos qué les mueve verdaderamente a no atender jamás, a interrumpir constantemente. No me interesa, me aburro, se me hace muy larga, es un rollo. Les preguntas qué les interesa y la respuesta, cuando la dan, es igualmente vaga. Casi siempre empieza y termina con un no sé. Piensas en la cantidad de tiempo que le han hecho perder al resto de la clase. Entras por ahí, apelas al compañerismo. Preguntas si tienen amigos dentro de la clase. Pues claro, responde una chica. ¿Os importa que vuestros amigos no puedan nunca asistir a una clase completa? No sé, responde el que responde. Los relatos de valor y dignidad de los delincuentes de los años 80 tampoco logran romper la carcasa de indiferencia. Les cuentas que los atracadores de bandas de aquella época eran despreciados y perseguidos por su crueldad, su violencia y la falta de compasión que demostraban con sus víctimas. Les dices que eran conscientes del miedo y el desprecio que provocaban en la población. Debe ser muy duro el hecho de no ser querido por nadie, afirmas intentando abrir un hueco. Los delincuentes sabían que solo tenían dos cosas, nada más. El botín que conseguían con sus crímenes y la dignidad de no delatar jamás a sus compañeros de banda. Cuando los cogía la policía, sufrían terribles torturas en las comisarías de las que salían con el cuerpo destrozado, pero con la sonrisa en la boca del que ha aguantado la paliza sin chotarse. Te preguntan qué significa chotarse y les respondes. No se chivaban jamás, eran fuertes en su honestidad, en su respeto al grupo. Dejas unos segundos de silencio esperando que establezcan una analogía con la historia y se vinculen emocionalmente con los delincuentes, los antisistema, los fuera de la ley, los bandidos honestos con sus colegas, pero el silencio se espesa y uno saca el móvil para mirar la hora. Piensas que sería muy fácil echarlos a todos de forma sistemática de clase, que todos lo agradecerían, ellos también, pero amigo, te pesa tu humilde filosofía. Te parece que sacarlos de clase es una derrota para ti y también para ellos. ¿Quién gana con que se vayan al patio a seguir haciendo nada? Ganaría la clase, la continuidad, el aprendizaje de los que han venido a aprender, pero piensas que quien verdaderamente ganaría serían los que provocan estructuralmente esa situación, los que quieren convertir la escuela pública en un nido de problemas, los que reducen el gasto a propósito para propiciar la degradación y el desconsuelo. Caminas sobre el filo de la dignidad que merece el ser humano. Lascasas, Rousseau, Kant, Marx, Rawls, te están observando desde el otro lado de la cuerda floja. ¿Qué vas a hacer? Te preguntan. Qué precario equilibrio, qué doloroso dilema sobre la tela de una araña. Expulsar o no expulsar, esa es la cuestión. Quitártelos de encima o mantener un finísimo hilo de esperanza. Continúas la clase, obvias el runrún, te diriges con energía a los que sí te escuchan. Suena el timbre, miras a esos chavales que venían a tomar apuntes y que guardan sus cuadernos con la página de hoy en blanco. Tragas saliva y no te atreves a sentir orgullo al decirte a ti mismo: veinte años y un día sin expulsar a nadie.
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