
Jose Aurelio Martín
Lunes
Las prisas. La aceleración de la historia. La rueda de hámster. La bulla. La locura. El tiempo que no da, la vida que se agota. No dormir porque hay que respirar en algún momento: por la noche, y ni siquiera. Las tareas que ahogan, las series o los libros que se acumulan, los amigos que debes ver. Y luego la compra, hacer la cama, fregar los cacharros, limpiar la parte de arriba de la campana, sacar lustre a los muebles por si alguien te visita inesperadamente, los niños (que no tengo), el jefe (que tampoco tengo) que te manda un mensaje en mitad de la noche, y ya lo has abierto y te ves en la obligación existencial de contestar. Y así transcurre nuestra vida, así se escapa como el agua entre los dedos.
Después del accidente de Urda, salió un señor a carta cabal y nos dijo las cuatro verdades. El hombre habló con calma, sin vísceras, se las acababan de arrancar al perder a su mujer en el tren. Dijo como un profeta que lo que había pasado era producto del capitalismo con prisas. Las palabras que nacen como amapolas en la intemperie de la comunidad tienen más eficacia que las que nacen, medio moribundas y asistidas, en las academias. La academia habla de tecnocapitalismo, capitalismo neoliberal y los más refinados hablan de Capitaloceno; Jason W. Moore acuña este término frente a «Antropoceno» y señala el capitalismo como una crisis que pone en solfa a la humanidad entera. No, es mejor capitalismo con prisas.
Martes
El puente de los Santos, ahora Halloween, nos íbamos a Madrid pero el accidente nos cortó el paso. El lunes nos hubiéramos vuelto, y el billete nos había costado 6 euros. Era la primera vez que iba a gozar de un billete tan barato. He viajado mucho a Madrid desde Cádiz y la media que he pagado siempre ha sido de 120 euros. Siempre. Últimamente pagaba un poco menos, y últimamente también llegaba un poco más tarde. Creo que lo de llegar tarde tiene remedio, muy fácil, y es anunciar que en lugar de tres horas, el trayecto va a durar cuatro. Eso calmaría la prisa; si llegamos siempre tarde, eso crea una especie de ansiedad, de que te roban un tiempo que de la otra manera sería diluido en el tiempo del viaje. ¿No?
En los horarios asfixiantes (al menos el mío, no así el de otros) de los profes hay pequeños respiraderos que aprovechamos para no respirar y seguir currando. Estoy en la sala de profes, junto a otra profe de cara a la pantalla. En este caso es mi compi María con la que puedo tener una conversación, es decir, un respiro. Ponemos en común el asunto del capitalismo de las prisas, la locura que supone vivir hoy en día, con un espíritu esclavo de productividad infinita, que no descansa ni por la noche, ni respetando los ciclos naturales del día y la noche, por eso no dormimos, o no dormimos bien.
¿Nos podemos bajar del tren? Tenemos que hacerlo, esto no es vida, esto es peor, esto es prisas sin descanso. Correr. Como locos, sin saber muy bien dónde tenemos que llegar. La mejor metáfora que se me ocurre es la cinta de correr del gym. Correr para quedarte en el mismo sitio, sin llegar a ningún sitio. Correr puro, descabalgado de propósito. Hay que hacerse esa pregunta, para qué corremos. De verdad, hay que interiorizarla. María me completa: esa es una buena pregunta, la otra es para quién. Qué bueno, María, ¿para quién corremos?
Miércoles
Caigo en la cuenta de una cosa que tenía medio prefigurada en mi memoria pero todavía no tenía forma. Por eso es bueno hablar (o escribir), porque las cosas cogen forma, las cosas se ordenan en palabras. Caigo en la cuenta de que el verano pasado decidí, ayudado por las circunstancias, a no viajar. ¿Para qué?, ¿para quién? Y lo mejor no fue eso, lo mejor es que no me sentí culpable. María me recuerda una cuestión que yo empiezo a disfrutar y de la que todavía no tenía la palabra: JOMO.
Lo contrario que FOMO, el temor a perderte algo se convierte aquí en el disfrute de perderte algo. Últimamente confieso que disfruto con fruición el hecho de perderme cosas. Por ejemplo, vivo en una plaza muy transitada en carnaval, la gran fiesta de Cádiz, de la que disfruto muchísimo. Bien, pues, ya me ha pasado alguna vez de disfrutar perdiéndomela, aunque la tuviera debajo de mi casa. Aquí la palabra disfrutar hay que precisarla: disfrutar es no sentirse culpable. Tienes que ver no sé qué serie, tienes que leerte no sé qué libro, tienes que, tienes que, tienes que… Las prisas no respetan ni el ocio, ni el disfrute. Hasta en el disfrute tienes que ser productivo, no me jodas. Pues empiezo a jomoficar esos «tienes que». No me da la gana, y me da igual.
No quiero construir una épica de esto, del no hacer. Cada uno sabrá cómo hacer frente al capitalismo de las prisas. De momento, en mi caso, estoy ensanchando los respiraderos para ir cogiendo aire, llenándome los pulmones, y ver sin melancolía cómo me pasan todos los trenes. Sobre todo, quitarme esa nostalgia de las cosas que incluso no hemos hecho y que a veces punza más que la nostalgia de las cosas hechas. Dice Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió».
Jueves
Mi manera, también ridícula, de afrontar el capitalismo con prisas es admirar y practicar los asuntos que impliquen proceso. Estoy en un idilio con la guitarra. Cuando empiezo un tema, sé que el primer día no va a sonar nada, o muy poco, especialmente porque busco temas que me amplíen las destrezas. El segundo día, los dedos empiezan a encontrar su postura. El tercer día ya suena el estribillo. Y en los días restantes, siempre que haya persistencia, surge el click: los dedos se enlazan con las neuronas y tejen una madeja mágica de ritmo y armonía. Es mágico, diría, si no supiera que hay detrás un largo proceso.
Escribir es también proceso. La literatura siempre ha sido un largo proceso de maduración. Cervantes escribió el libro en dos partes, la segunda parte, la más lograda, la escribió según todos los estudios en menos de un año. Son muchas páginas. La primera parte, sin embargo, parece que le costó más tiempo de maduración. Quizá 7 años. Dar con la idea es mucho más procesual que continuarla. El personaje fue madurando en su cabeza, poco a poco apareció el lugar, el escenario que ese personaje necesitaba y, sobre todo, su acompañante, la clave de toda la novela, la aparición del otro, el símbolo de la humanidad toda: Sancho Panza. Pero eso no se concibió solo en 7 años, porque Cervantes vuelca aquí toda su experiencia vital; cualquiera que se adentre en la vida de Cervantes entiende que el Quijote es una biografía en negativo. Este libro, que es un libro de libros, es el producto de toda una vida.
Viernes
Hago pan de masa madre. El primer paso es coger la masa madre que vive aletargada en la nevera, refrescarla con harina y agua, dejar que pasen de 8 a 10 horas, luego hacer la mezcla, harina, agua y semillas, mezclar, dejar reposar 30 minutos para que se haga la autolisis (que la masa esté más domesticada), meter la mezcla en el frigo un mínimo de 24 a un máximo de 48 horas, hacer pliegues de vez en cuando, para sacar el aire que genera el hervidero de bacterias de la masa madre, luego sacar el pan, formarlo, dejarlo reposar otra media hora, encender el horno, hornear durante una hora y cuarto, sacar el pan, dejarlo enfriar y cortarlo para congelarlo y que esté listo para todos los desayunos de la semana. Es un largo proceso de mínimo 3 días. Es un pan con una técnica que me descubrió Ibán Yarza: el tiempo es el que amasa, tú no, el tiempo. Y en efecto es un pan sin amasado, el que amasa es el tiempo.
Es una buena metáfora para rematar. Un pan hecho con prisas es mierda, un pan hecho con tiempo es hogar, es rico, es un prodigio. Las prisas han corrompido muchas cosas, también el pan y los tomates (que ya no saben a tomate), quizá deberíamos abrir brecha en esas pequeñas cosas que, maduradas por el tiempo, son las que nos han hecho humanos: la música, la escritura y el pan. Y empezar a disfrutar un poco.
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